martes, 3 de noviembre de 2020

Cuadro de un pobre huérfano a las puertas de la tebeolatría

A continuación ofreceremos a nuestros telespectadores el drama cotidiano de un aficionado español que comprueba el verdadero peso de un tebeo y el coste real de un envío postal argentino oculto a la mirada de su pareja tras las cortinas del comedor. 

Este relato podría herir la sensibilidad del consumidor español de comic books en su formato antinatural absoluto e integral lujurioso y no ser apto para menores de edad o adictos olímpicos a la bande dessiné desconocedores del magisterio impartido por François Froideval en materia fantástica. (Todas las omisiones y errores de bulto que pudieran encontrarse en este programa son el resultado de una lobotomía profunda: la Iglesia de los Rugidores de la Santa Motosierra parlante admite rogativas, y cualquier tipo de donativo, para la salvación de las almas que acompañarán esta cosa.)

Un elemento común, entre muchos consumidores de historieta, es el de adjudicar la condición de excentricidad a la obra de cualquier autor apenas conocido tras una fortuita y eventual zambullida en mitad de su tebeografía. Un descubrimiento tan feliz como aventurado suele inducir este tipo de caracterizaciones que poco bien hacen por el conocimiento y la divulgación dentro del propio medio. La proyección de ese autor o el alcance mismo de su obra. De algún modo, muy lejos de aparecer como esa invitación a continuar sumergidos en la recompensa constante de una sofisticación absoluta y hallazgos cada vez más portentosos, no logrará nada distinto de volver aún más impenetrables a esos autores y a sus obras. Mediatizándolos quizás por la dificultad de acceso y lo desconocido de su labor en el campo de la historieta. Y bastante grave resulta ya observar como de año en año se multiplican ciertas miradas apáticas cuando se cuestiona la postergación de algunos dibujantes españoles que deberíamos ser capaces de reconocer aunque solo fuera a partir de alguna sucinta nota biotebeográfica, con la que probablemente pudimos darnos de bruces mientras leíamos esas revistas mil veces recordadas; si bien ahora muy rara vez salgan a tomar el aire fuera de las cajas, bolsas o altillos, en los que permanecerán hasta que alguno de nuestros familiares consiga hacerlas desaparecer de una u otra forma. Puede que se tratase de una columna dedicada a Pedro Alferez. O a Julio Ribera. A Florenci Clavé, Antonio Parras, Adolfo Usero... todos artistas olvidados en mayor o menor medida. Por no decir desconocidos en su verdadera dimensión como profesionales de la historieta.
Precisamente una omisión parecida, también con connotaciones catastróficas para los aficionados españoles, implicaría la obra incomparablemente extensa de no pocos creadores extranjeros de los que ni un solo título podríamos encontrar dentro de los catálogos de nuestros editores. Naturalmente, cargas tan grandes como la relevancia de un autor en un marco concreto y el interés por ver publicada su obra en nuestro país no pueden obviar la relación vasallática y clientelar de los editores españoles hacia sus señores japoneses, estadounidenses y franco-belgas. Mercados todos que orientan el gusto por un determinado modo de hacer y consumir historieta en buena parte del mundo. Labrando tierra ajena, por así decir, hasta limitar de modo miserable la capacidad de elección de un público lector cada vez más sumiso a la labor misionera de una serie de editores apenas responsables por la simple traducción de tebeos a los que, además, muy raramente serán capaces de añadir algún nuevo valor de edición aun cuando se trate de realzar su posible autoría española. La habitual celebración de ver a fulanito dibujando Superman. O el éxito como creador de menganito entre los franceses y ese acontecimiento que supone para el lector hispano su segura y pronta traducción. La naturalidad con que han asimilado su condición de meros donatarios de un gran señor, para el caso es igual si francobelga, japonés, o estadounidense, dificulta incluso imaginar cuán poco  serían capaces de hacer a la hora de avivar deseos de compra entre el público consumidor esta estirpe de editores en su paternal vigilancia del mercado español si por una casualidad acabasen publicando cualquier historieta brasileña, o argentina, creación de un autor que concurriera por primera vez en nuestro mercado. El fundamento de esa política de sometimiento a un mercado global lo encontramos en Marcelo D'Salete, cuya obra Angola janga se presentó a los lectores españoles en 2019 únicamente por tratarse de un artista ganador del premio Eisner, en 2018, aunque por una obra anterior, Cumbe, con sorprendente edición en catalán como Fugim!). En estas condiciones, nuestra propia tradición y una situación de inferioridad interiorizada explicaría el ostracismo que los editores españoles reservan a aquellos autores extranjeros que sin embargo mejor podrían revitalizar sus catálogos mediante propuestas que no acaban de imitar, o que, al menos, no lo hacen con una total fidelidad, los distintos modelos y formatos de historieta establecidos mucho más congruentemente dentro de industrias que ejercen su dominio poniendo a disposición de otros mercados una producción segura, mejor dirigida y presta a asentarse de una manera rápida a la vez que duradera por el gran volumen de producción que son capaces de disponer para su licenciamiento o contratación. Un panorama casi tan desafiante como para disculpar que se nos acabe acusando de simonía por reclamar ediciones españolas de tal o cual artista milagroso al que nadie parece echar en falta. Todo es espiritual cuando se trata de editoriales españolas. Así pues, tampoco se acordarán de nosotros cuando dejemos de prestar atención a la procesión de nuestros santos editores y todo su cristo. Si es que nos atrevemos a abandonar de una vez a esos editores, críticos y comentaristas, al frío de su sagrarios y sus celebraciones, desconfiando de quienes irreflexivamente nos han estado vendiendo lo portentoso y diversificado del mercado español de la historieta desde los tiempos de Toutain a hoy mismo. De lograrlo nos abriríamos a mejores esperanzas de lectura. (O como mínimo acabaríamos cumpliendo esos deseos muchas veces postergados tras años y años de espera.)  


Seguramente todavía es posible dar con algunos miles de lectores, ya aficionados ya profesionales, que incluso a esta hora siguen siendo capaces de creerse aquello de que Josep Toutain habría descubierto a Juan Giménez. Como también a esos otros dispuestos a imaginar que cierta historieta de Trillo y Mandrafina se habría publicado por primera vez en nuestra lengua gracias a la perspicacia de un editor español. Y a los que en su arrogancia la historieta les debe de parecer una especie de lengua materna. Inventada aquí, en España, para ellos.
La superación de esos primitivos obstáculos en los que caen los lectores aficionados de invernadero pasa por aplicar una violencia minuciosa y crítica que constantemente nos lleve a visitar aquellos otros jardínes en los que nadie fuera a pensar jamás abandonar un trozo de carne al sol. En que en principio ni siquiera haya un plato vacío, solo malas hierbas y unos hilos de papel que apuntan a la línea de algún frente desde donde se alcanzaría a ver todo lo que la radiación afectiva de las modas y las aspiraciones sociales de consumo nos niegan, incluso en las más grandes y abigarradas librerías especializadas del país. Seguramente un batallón de historietas y tebeos abiertos de a dos como filetes de mariposa esperando la ávida mirada de un lector casi improvisado. De tenedor y puñal finos. Ya que todavía está por nacer ese tipo de autor capaz de preveer de forma infalible quienes constituirán un día su público. Lo cual es a la vez terrible y maravilloso y no deja espacio a una felicidad pasable, vulgar o gris, que se baste solo con lo "posible". Pues el mismo carácter singularísimo de un autor pasaría a ser entonces una fuerza más a proclamar como reflejo incompleto de los otros muchos que se echan en falta. Enseguida nos recordará a otros, y sus historietas se irán sumando en un listado de ausencias quizás interminable. Así sucederá que ya no podremos volver a reclamar únicamente la presencia continuada de muchas de las obras de Víctor de la Fuente, Flavio Colin, o Enrique Alcatena, en nuestras tebeotecas y librerías. A estos se acabarán por sumar nombres como los de Jesús Redondo, Jefferson Costa, y Lucho Olivera. También muchos más autores y obras que tal vez tuvieran existencias separadas pese a mantener estrechas y más o menos olvidadas relaciones. En cuanto a esta influencia entre distintos artistas es obvio que se acaban por generar multitud de historietas de gran originalidad mediante las que ni siquiera se habría intentado una aproximación al modo de representación o el contenido de ninguna otra obra anterior, pero a través de las que sí sería factible establecer alguna clase de asociación desde una perspectiva cuando menos puramente afectiva. Como parece ocurrió con la serie que da título a este grueso tebeo argentino, Metallum Terra, que proponemos como plato de apreciación al abandonado lector español y acerca de cuya inspiración podemos leer lo siguiente: 

"Fue una propuesta que nos hizo Javier Doeyo para participar con una historieta en su flamante Revista Cóctel. Metallum  Terra es fundamentalmente una fábula: en vez de animales son seres metálicos los que representan el drama y la comedia humana. Ya desde niño me gustaba el tópico de los robots, los androides, las criaturas artificiales. Una de mis historietas favoritas había sido Metal Men de DC en los años 60. Me gustaba mucho el concepto de seres metálicos con sentimientos, con personalidades muy delineadas." (Tomado del prólogo de Diego Arandojo.)

Con todo, esta participación no nos traslada a la tradición superheroica, sino a un territorio de rango fantástico que desde la óptica del lector actual solo participaría de un género como el de la ciencia ficción de manera accesoria. Un modelo, si se puede tener por tal a lo que probablemente no sea otra cosa que la aplicación de una delicada y fina imaginación para representar orígenes y mundos maravillosos, capaz de cimentar la reputación de Eduardo Mazzitelli y Enrique Alcatena desde su primera colaboración en 1989 hasta hoy. Mediante una producción que por sí sola habría resultado ideal para entretener por décadas a erúditos tan peleados y distintos como Vladimir Propp y Claude Lévi-Strauss, sin que ninguno de estos dos insignes contendientes lograra jamás acabar de elaborar una deducción del todo categórica sobre el desarrollo de la ambigüedad retórica de clichés inherentes a las narraciones fantásticas como las pergeñadas por esta dupla argentina de maestros de la historieta. Un tropel de historias tan formidable que hasta la peor caricatura que pudiéramos hacernos de Todorov caería en un sueño lúcido de mil años antes de llegar a examinarlas una por una. Aunque sin duda podremos imaginar a cualquier otro ujier de los que hoy todavía custodían las puertas de la imaginación con menor severidad y disciplina que aquellos sabios disponiéndose a disfrutar series como Acero líquido, Shankar, Travesía por el laberinto, o Barlovento, sin coartadas ni alegatos demasiado trascendentes.
Metallum Terra es una serie compuesta por varias historias conclusivas de apenas ocho páginas de extensión que fueron producidas expresamente para la revista de historietas argentina Cóctel en 1991: originalmente se trató de cuatro historietas, publicadas en los números uno, tres, seis y siete, a las que acabó por sumarse una quinta (de paginación algo más amplia) a modo de colofón de ese mundo entre fantástico y maravilloso poblado por metales animados al que dieron forma Mazzitelli y Alcatena tras su recopilación en formato álbum. Constituido en un hito dentro de su tebeografía con los años. Por más que aquel tebeo de 1993 llegase ya en una situación de crisis para las publicaciones periódicas argentinas, y, en consecuencia, de cortocircuito en la recepción de las obras que iban a producir muchos de los mejores guionistas y dibujantes desde Argentina para los editores italianos; una falta que los lectores sufrirían impasibles, marcando una nueva brecha generacional que solo muy recientemente ha comenzado a restituirse gracias a la generosidad de los propios autores y a la labor conjunta de algunos pocos libreros y pequeños editores. Tal vez de similar forma a como las distintas editoriales de aquel país lograron mantener algún tipo de presencia continuada según lo requería el circuito de comercialización de los quioscos por aquella época de los años noventa todavía tan insuficientemente comentada. Mediante métodos tan arteros como la creación de unas deslavazadas pero insólitas colecciones armadas casi siempre a partir de un modelo de álbum de escasa prestancia. Apenas lo suficientemente consistente como  para soportar la sustitución de sus cubiertas por una o dos veces de tal forma que el editor consiguiera justificar la salida comercial de un mismo libro camuflado bajo la apariencia de reedición ante los distribuidores. Una bella historia más de las tantas que circulan por el mundo al hablar de tebeos e historietas. Pero precisamente son este tipo de penurias en las que mejor nos reconocemos españoles y argentinos más que por compartir una lengua o sufrir de una misma fiebre deportiva. Además, y por tratarse de una publicación de Doedytores, solo tuvimos que esperar un par de años o menos para que comenzaran a aflorar remesas de ejemplares de aquella primera recopilación de Metallum Terra en algunas selectas "comiquerías" españolas a través del mercado del saldo. Para satisfacción de todo tipo de entusiastas y afortunados lectores. Incluso entonces prestos a reconocer la firma y hasta la peculiar impronta de Quique Alcatena, gracias sobre todo a la implantación narcótica de personajes como Batman o Conan y sus inagotables traducciones españolas, aunque en nada preparados para valorar el trabajo de Eduardo Mazzitelli. Guionista de aquellas historietas de desusada fantasía, siempre asombrosas, al que una mayoría de aficionados españoles solo habrán tenido ocasión de leer en un par de cabeceras que, por su breve existencia y lo distante de sus temáticas y géneros, seguramente ni serían capaces de encontrar ahora mismo a través de las librerías del arrope comiquero. O de la mismísima internet. 

Aquel álbum y su doble vida


Cualquier otra imagen sobre los gustos del público español y nuestro limitado conocimiento de la historieta argentina constituyen una simpleza seguramente interesada. Que permitiría seguir soslayando a editores y divulgadores el carácter feudatario [1] de nuestra industria de la historieta. Contribuyendo por añadidura a prolongar el descrédito que el género fantástico todavía arrastra en nuestro país desde los tiempos en que las rebuscas miopes de Toutain y las martingalas editoriales de Rafael Martínez en favor de sus representados dieron en crear el clima idóneo para el cultivo de las más injustificadas omisiones y abusos sobre la conciencia del público lector. Con el que además poder magnificar la falsa idea de una condición superior tanto del aficionado español respecto al público de otros países como de la inteligencia de aquellos dos colosos editoriales. Y de otros muy posteriores a los que también acompañan una nueva corte de divulgadores predispuestos a desechar toda historieta o autor argentino cuya obra no goce del favor absoluto del mercado franco-belga. Sin duda un gran logro para la industria de la bande dessinée. Que una vez más encadena y amansa al público lector español imponiéndole los antojos y los caprichos de sus editores. Hasta el punto de fomentar una historia adulterada de la historieta argentina mediante la inclusión de textos introductorios traducidos con desgana, y, a veces, por añadidura, preñados de errores que ya muy pocos aficionados sabríamos descubrir en su traducción para las ediciones españolas. Por no hablar de otras situaciones más surrealistas, y hasta degradantes para la composición del mercado español, tales como que cualquier aficionado brasileño consiga estar a la última con la obra del historietista Salvador Sanz de un modo que jamás alcanzaría a soñar un aficionado madrileño o de Albacete. Y que leer El Eternauta dibujado por Alberto Breccia en una moderna edición ya sea posible en portugués y todavía no en un hermoso tebeo editado en España. "Oiga... ¡también están publicando gibis de personajes de Rubén Meriggi que aquí ni conocemos!"

(Pero sigamos fingiendo que todo va como la seda en el reino de nada de nada.)

La historieta ambulante

En este viaje inexcusable que el aficionado español debe emprender para independizarse de las necesidades que editores y comentaristas mercenarios implantan de continuo en forma de aspiraciones (o sueños de consumo) a través de premios inanes, falsos reportajes e informaciones predigeridas, no puede dejar de aprovecharse el ánimo compilador con que muchas editoriales y librerías argentinas han logrado superar el freno que venía suponiendo para el desarrollo de su propia producción el asalto de todos esos desechos en forma de saldo con que hasta hace muy poco algunos editores españoles obstruían el circuito comercial de la historieta de un país que llegó a ser señalado en los mapas como Terra Argentea. Un lance propio de bribones nunca suficientemente contestado por los autores y aficionados españoles, por cierto. Aunque incluso desde España sería de una simpleza y una benignidad extremas presentar como un movimiento sin precedentes la alianza entre editoriales y librerías a la hora de colaborar en la edición de tebeos. Pues se trata de un fenómeno ni siquiera único de Argentina, como tampoco sería exclusivo de países con una deficiente industria historietística, y del que además nos habríamos estado aprovechando los coleccionistas españoles desde hace muchísimo tiempo; El Eternauta. El mundo arrepentido, Hoover, Parque Chas, son solo algunos de los muchos títulos que compartirían un origen editorial semejante y que han acabado por hacerse un hueco en las estanterías de las tebeotecas de más de un coleccionista. Si bien es ahora cuando esta forma de coedición, o financiación, pues a veces resulta difícil distinguir un modelo de otro al no aclararse las tareas que ocuparían a cada uno de los implicados en tales economías, ha llegado a formalizarse como un sistema más asequible y rentable de lo que pudo ser en el pasado. Puede pensarse que sea debido a un abaratamiento de los costes de edición y al abandono del clásico formato álbum en favor de un tipo de libro de mayor paginación, y unas dimensiones algo menores, como los que los editores argentinos suelen lanzar mayoritariamente en la actualidad. Pero quizás tenga una importancia similar el control que sobre la tirada de cualquiera de sus obras puede ejercer hoy cualquier autor gracias a la información que estas pequeñas editoriales siempre garantizan en cuanto a los procesos de reedición y redistribución tanto dentro como fuera del territorio argentino. Una confianza que se traslada de los editores a un público ávido por adquirir nuevos títulos de unos artistas ya casi desconocidos tras años de ostracismo en su propio país. Guionistas y dibujantes que al menos, ante la falta de un rendimiento económico objetivo, se sentirían así compensados solo por el hecho de ver traducidas unas obras difícilmente divulgadas en su totalidad fuera de los países en los que se gestaron, como puede ser el caso de las historietas de origen italiano que completan el recopilatorio Metallum Terra.
Ahora, ¿necesitarían algún tipo de presentación los autores de este tebeo?  Puede que la imaginación de las sirenas no nos haya preparado para caer en un charco de tal profundidad.

Como español de bien, ni siquiera puedo estar seguro de que estos sean Mazzitelli & Alcatena.

El caso de Enrique Alcatena es el de un ilustrador e historietista fascinante, regalado, enorme, capaz de alentar la creación de una línea propia dentro del sello Utopía, convenientemente titulada Colección Alcatena, de manera que se hace difícil o casi imposible recordar alguna editorial argentina que no disponga en su catálogo de al menos una de sus obras en estos momentos. Lógicamente, se trataría de un autor objeto de rescate para muchos de esos editores que, a juzgar por las fechas de lanzamiento y el número de reediciones de algunos títulos, han sabido ver en sus obras una rentabilidad casi inmediata; probablemente, con Acero líquido a la cabeza de todas ellas. Siempre recordado como uno de los puntales de los sucesivos intentos de renovación de autores y contenidos que llevaron a cabo Record y Columba en sus revistas durante los años ochenta y principios de los noventa, y tras su paso por los mercados inglés, estadounidense e italiano, de forma preponderante en este último país gracias a una original e ingente producción que aún permanece inédita en España (no sé si lo dije antes...), Alcatena también ha redoblado sus esfuerzos de antaño por elevar la difusión de la historieta argentina prestándose a colaborar en  nuevas antologías y proyectos colectivos de muy distinto cariz y objetivos a veces ni siquiera comerciales. Puede que gracias a ello, y como si del cuento de La Bella y la Bestia se tratase, recorriendo las huellas de tanta gratitud la rubrica de Alcatena haya sido capaz de sumar nuevos devotos a ese otro público de siempre al que a veces algunos tratarían de olvidar en sus recuentos. Lectores que todavía no han necesitado distanciarse del fabuloso espíritu de buhonería con que se vendían y promocionaban tebeos e historietas en un tiempo en el que el mérito de un autor no se medía únicamente por los temas que abordaba o su fidelidad a una estructura artística inescrutable o socialmente autojustificada. De este modo la razón del lápiz convertida en talismán, sin ritos ni iglesias ni sacramentos, también está siendo reconocida en países como Uruguay y Chile en los que cada vez se hace más habitual encontrar ediciones de algunas de sus series y personajes. —Y todavía habría que sumar a esos territorios el reciente interés de algunos editores franceses por la obra de este dibujante, único motivo de esperanza para los aficionados españoles a día de hoy. 
Eduardo Mazzitelli queda del otro lado del plato como uno de los mitos más callados dentro del ámbito historietístico. Ya que por su condición de guionista se nos aparece a la manera de un demonio expulsado del cielo, o un ser transparente capaz de transformarse en aire, del que tras trescientos años de proyectar tentaciones mano a mano con artistas como Gerardo Canelo, Lucho Olivera, Arturo del Castillo, Carlos Gómez, Enrique Breccia, Lito Fernández, Alberto Saichann, Rubén Meriggi, y a saber cuántos más dibujantes sensacionales, hasta hace unos años solo habríamos tenido una mínima idea acerca de su labor inagotable junto a Quique Alcatena. Habiendo desaprovechado la oportunidad de conocer la mejor expresión de muchos de los atributos genéricos que a la historieta breve se le suponen. Y a su vez de algunos de los tratamientos sobre la imagen del héroe más singulares por divergentes respecto de los personajes promovidos entre editores e historietistas españoles bajo el marchamo del antihéroe durante los años ochenta, con todo aquel feo abandono de la potestad y dominio de la fe infantil ya por entonces casi exclusivamente característico de una historieta superheroica que comenzaba a arraigar comercialmente de un modo nada gradual ni reflexivo también en España. Cuyo enfoque y planteamientos argumentales tal vez incluso se pueda sospechar que todavía cicatrizarían como marcas indelebles los usos y preferencias de muchísimos jóvenes guionistas y dibujantes de nuestro país en estos días. De ahí la urgencia de hurgar a cucharadas en la obra de un guionista con unos códigos tan personales como Mazzitelli.

Minas de fantasía y tinta

"En este libro somos testigos directos de narraciones intensas; contemplamos a personajes que narran sus sueños y locuras. Experimentamos el amor, el odio, la soberbia, la compasión. Nos deleitamos con una travesía hacia lo más recóndito del espacio, y también del alma." (Diego Arandojo.)

Empecemos diciendo que este tebeo, lanzado en 2015 a iniciativa de la editorial Napoleones Sin Batallas y la librería Entelequía, cuenta con un prólogo de Diego Arandojo. Al que algunos aficionados reconocerán por el lanzamiento a cargo de Marmotilla ediciones y Back to the culture de su libro José Luis García López. Una vida entre superhéroes, y algunas de las series infantiles publicadas (incluso en lengua gallega) por distintos editores en España. Pero a quien también debemos la realización de varios documentales sobre el medio, incluido uno dedicado a Enrique Alcatena que actualmente todavía se encontraría disponible en línea en el canal de YouTube de este realizador. Debe valorarse convenientemente la figura del prologuista, Diego Arandojo, por sus conocimientos acerca de los temas y autores a tratar y la actitud sintética y capacidad de juicio y buena exposición de aquellos datos que se consideran esenciales y debieran ser expuestos ante un aficionado no necesariamente al tanto de las vicisitudes de la obra y el destino de sus autores, ya que la inclusión de algún tipo de texto introductorio no es algo tan frecuente como uno esperaría entre los editores argentinos que hoy se entregan a la recuperación de autores consagrados. Tres páginas son suficientes. Nada que acabe por encarececer la edición del libro. Y tres páginas como sangre y carne y hueso son las que acompañarán este tebeo cada vez que alguien vuelva a leerlo. Así podemos afirmar que por una vez no fue la suerte que guio la mano del editor.
Por si fuera poco, también se dispuso un DVD (en edición limitada) dedicado a Metallum Terra con ocasión del lanzamiento del tebeo. Un objeto tan inalcanzable que ni braceando de nube en nube podría soñar con conseguir ningún aficionado español. [2]
Como suele suceder cada vez que se aborda la lectura de cualquier historieta que realice el tándem Mazzitelli & Alcatena, a uno le parece imposible distinguir entre quien talla, pica y cava en cada elemento que surge de sus viñetas. Cuentan que en un inicio Quique Alcatena echa a rodar el canto hasta los pies del guionista, y, ahí, Eduardo Mazzitelli comienza a pulir la piedra y dar forma a una historia que el dibujante entrevió escondida entre la dureza y la fuerza de un simple guijarro. Con el que el dibujante habría tropezado por casualidad, o hace muchísimo tiempo, aunque casi siempre de forma enigmática y bajo el consejo de una infancia antigua y secreta; así se ejempilifica con su respuesta a la creación de Metallum Terra y el recuerdo de aquellos extraños superhéroes de su niñez. Un procedimiento audaz y de difícil explicación. Podemos recurrir a los Metal Men, aquel supergrupo de robots creado por Robert Kanigher y Ross Andru en el seno de la compañía DC Comics, o, incluso, buscar en la literatura pulp hasta dar con los fantásticos seres de metal viviente que imaginara el escritor Abrahma Merrit. Por lo demás, de su cargo de creadores se van a deslizar unas aventuras más sutiles por el sacramental y nada mundano heroísmo de sus protagonistas. Diferentes de las ligadas a algún componente estrictamente heroico como los que todavía centraban la acción en muchas de las historietas dibujadas por Alcatena con anterioridad a la primera de sus infinitas colaboraciones con Eduardo Mazzitelli, en concreto, la serie titulada Pesadillas. Una obra todavía insuficientemente articulada en cuanto a desarrollo argumental y personalidad gráfica, pero ya tan distinta de las historias realizadas por Alcatena junto a Ricardo Barreiro poco antes, como La fortaleza móvil y El mundo subterráneo, o incluso El mago, sin duda menos determinantes en la trayectoria de este historietista e ilustrador pese a gozar de mayor fama entre el público español precisamente por haber facilitado su entrada en el mercado estadounidense del comic book. En cualquier caso, con las cinco historias que componen la serie Metallum Terra se consolidó el arsenal de motivos y representaciones simbólicas tan reconocibles en este autor. Y el crisol que después condensa las historias que guionista y dibujante se encargan de sellar con llamas fabulosas y cristales de zulaque a base de un molido muy exacto de mitología, folclore, literatura y arte, identificables con esferas culturales y períodos históricos como los mostrados en Travesía por el laberinto, Shankar, Imperator, Rakhassas, Kinnara, y tantas otras series por suerte desconocidas de los inquisidores españoles. También a veces humedeciendo gota a gota hasta restar dureza a delirantes escenarios por otros nuevos mundos fantásticos no menos extraños y llenos de posibilidades propias distintas a las que circundan paisajes y épocas de la historia humana como los de las obras antes mencionadas. Universos que crecerían casi de la nada y de una imaginación más retumbante, tal vez hasta pomposa por su renuncia a aspectos más concretos como los que serían susceptibles de quedar arrollados por el tiempo o las modas, a los que Mazzitelli y Alcatena suelen dejar al fuego en pisos inferiores. Dentro de un horno desde el que sus historias adquirirían una perspectiva más amplia, capaz de corporeizar las pasiones humanas en metales o dar consistencia a un universo ferroviario demoníaco que recibiría la estimación de los lectores de Stefan Grabinski más punkis y perturbados.
Es ese segundo tipo de alquimia historietística en el que se encuadrarían la totalidad de historias reunidas en este recopilatorio. Tanto la serie principal que le da título como las diecisiete historietas presentadas bajo el epígrafe "Otros mundos imposibles". Sin que se desprenda de ello un plano preciso de los subgéneros que se les pueda atribuir ni de las funciones que prevalecen en sus protagonistas, todos muy dispares entre sí, aunque estas historias puedan encontrarse ligadas por unidades temáticas como los fenómenos meteorológicos o naturales. E incluso por patrones y dicotomías como son las máscaras y los arquetipos, que han venido sirviendo historietas de género palpadas y cacheadas por aficionados y autores en toda época y lugar, sobre los que se imponen la dramatización de lo sombrío y lo misterioso antes que el mero suspense o el desarrollo de cualquier acción sumaria. Pues en manos de Alcatena y Mazzitelli incluso una fantasía aparentemente tan delimitida por la caracterización de unos personajes como los protagonistas de la serie Tenebra, estereotipos de los envoltorios del horror gótico, abarca algo más que el desarrollo de un final intenso como se esperaría de cualquier historieta de horror al uso.


Queda bien patente que las orientaciones de los autores se abren a lo extraño ya desde la primera sección del libro mediante esta portadilla. Cuya ilustración de tan inaudita pudiera ser definida como el principio de una especie de cratofanía papirofléxica de las que impulsan a un dibujante a derrochar tinta y mostrar cualquier tipo posible de textura. Y que dentro de la obra de Alcatena sirven de entrada a un mundo perceptivo donde lo inmoderado distinga a todas sus criaturas. Garantes de intranquilidad y asombro por igual. Dando así forma a un universo que se desease parejo al de las ilustraciones de algún chapbook hasta ahora impensable. Un punto de partida, una elección o una búsqueda, destinado a dar vida a causas aún más insólitas incluso que los robots o los autómatas medievales como sería el de las gestas y soledades de unos caballeros metálicos. Donde los dragones pasarían a ser bestiales locomotoras de vapor y el óxido de las armaduras rivalizaría con los ropajes azafranados de sus princesas de bronce.
Como para no imaginar que los personajes de esta serie fuesen meras meditaciones o ensoñaciones, el veneno caliente de la palabra acaba por dar solidez a las imágenes dualistas con que se manejan los autores en este universo de luchas y batallas nada gloriosas. Donde todo es material y proclive a su destrucción. Así, elementos de cuento como la recompensa de una simple rosa o los caprichos de una princesa a modo de retos imposibles justificarían cualquier estrago concentrando la tristeza o el desamparo de los protagonistas de historietas como Denso amanecer y Ojos dorados. Ya en el asedio a la fortaleza en que consiste la primera de estas dos historias, se enfatiza la capacidad de impregnación de sus cartelas de texto al disponerlas de tal forma que actuen como catalizadores fundamentales de la atención del lector mediante unos rebordes ornamentales, conseguidos bien mediante líneas irregulares que simulen un cortante trozo de metal o por el contorno de una serie de remaches como los que ensamblarían cualquier plancha metálica. Dentro de una composición que además prescinde de pesadas onomatopeyas como las que podrían haber acompañado los relámpagos que Molibdeno el Mago lanza contra los ejércitos comandados por el caballero Rutenio. Onomatopeyas que jamás podrían igualar la atracción irreal que Mazzitelli va sumando según avanza la batalla y que la pericia de Alcatena logra sustituir dibujando a partir de la misma línea de algunas de las cartelas pequeños ribetes o salientes según el contorno de unos relámpagos semejantes a los que funden los cuerpos de soldados y guerreros. Otro aporte también clásico en la partitura del dibujante a la estructuración narrativa lo encontramos en la delicadeza y refinamiento del entintado y la geometrización de los fondos hasta enfatizar elementos casi accidentales respecto a las acciones que llevan a cabo los personajes de Ojos dorados. En esta historieta de amor cortés en clave metálica, que la imaginación de Mazzitelli aborda en base a elementos educativos más macabros y fabulosos que líricos o místicos, Plumbum junto a su compañero Ferrum tratará de hacerse merecedor de ese amor puro que inspira en él la princesa Aurum en un juego masculino de competiciones y pruebas cada vez más inasequibles que acabarán por desfigurar al propio caballero y, por supuesto, en la muerte de la princesa inalcanzable. Figura perfecta sobre la que el dibujante opera con un trazo que contradice las formas más espesas, a mano libre y llenas de volumen y texturas, con que representa al apasionado caballero Plumbum. Mostrando la distancia entre un personaje y otro también a través de distintas perspectivas y la insistencia en esos rebordes que a partir de elegantes pespuntes y finas orlas componen las viñetas dedicadas a la princesa Aurum.

Denso amanecer


Las otras tres historietas que completan Metallum Terra nos abren a nuevos escenarios alquímicos también al borde de lo dramático y lo grotesco. Unos escenarios que incluso acabarían por encontrar su eco en obras posteriores de Mazzitelli y Alcatena, pues no resultará difícil acordarse de las monstruosas locomotoras de Rumor de estruendo una vez nos aventuremos en el delirante universo ferroviario de una serie como Transmundo. Para el mismo propósito no es inútil añadir que Brillo en la oscuridad y El filo del universo pueden ser apreciadas como un anticipo de la clase de esclarecimiento que ambos autores propondrían a la mítica geografía de la mucho más ardorosa y violenta crónica fantástica de Acero líquido. A este nivel, y aun no tratándose de la primera colaboración entre guionista y dibujante, Metallum Terra representaría un hito de extrema importancia dentro de su tebeografía conjunta. Y una elección inmejorable para cualquier lector aficionado español que pudiera sentirse tentado de iniciarse en el reconocimiento de las claves y el tipo de representaciones predilectas de ambos creadores.
Pero la colaboración entre guionista y dibujante no debe reducirse a un único origen, después de todo, quién podría  asegurarnos que seríamos capaces de escoger una sola obra absolutamente determinante para su trayectoria por más que lo intentásemos. Tal vez lleguemos a constatar temas y regeneraciones de distintos motivos y materias llamados a enlazar uno u otro título, de entre los más apreciados a los menos conocidos, hasta llegar a discutir la importancia y repercusión de una historieta concreta. Ya es mucho. E incluso así seguramente tendamos a destacar cualquiera de las series de mayor extensión, obviando que algunos de sus mismos logros pudieran testimoniarse con igual o mayor atrevimiento a lo largo de pequeñas historietas no tan renombradas. Y a poco que profundizásemos en la tebeografía conjunta de guionista y dibujante, comprobaríamos que la estructura episódica de buena parte de las series que la componen vuelven mucho menos tentador prescindir de esas otras historietas breves que tanto parecen haber cultivado Enrique Alcatena y Eduardo Mazzittelli. Por el momento, deberíamos sentirnos felices de que a alguien se le ocurriera reunir tras una sobria portadilla otras diecisiete historietas agrupadas bajo el título Otros mundos imposibles [3] como complemento para este libro. Si bien es de lamentar que el editor no se tomase la molestia de indicar el año de publicación de todas estas historias (seguramente producidas para el mercado italiano en su mayoría); un mal bastante común en las ediciones argentinas, que en nada facilita enmarcar el recorrido y la evolución de un autor.    

Apenas humo

Al menos podremos ver la manera en que los universos totemistas tan caros a la faceta como ilustrador de Alcatena potencían relatos y argumentos sencillos, casi clásicos, propios de historias con un final férreamente oportuno. Aquellas que todo aficionado conoce y desea seguir leyendo de vez en cuando en busca de procedimientos y audacias difícilmente exhibidos a través de un tipo de lectura mucho más inflexible y artificiosa como el que actualmente se nos está proponiendo por medio de obras de una extensión mucho mayor. A ese tipo de consumo puede oponérsele una historieta de nueve páginas como Apenas humo donde la intensidad dramática se traduce plásticamente en los grandiosos obstáculos y estructuras de realidades imaginarias que cercan a sus protagonistas mientras intentan escapar del oficio (y el tiempo) en que han caído: en un mundo de humo y carbón paradójicamente la única salida pareciera poder alcanzarse gracias a un extraño ingenio volador a través del aire tóxico en que se vive y sueña la megaciudad primordial. Urbe sin término donde las fábricas imponen las innumerables actividades que de forma infinita ocupan a sus operarios. Como el deshollinador Asarbach, un individuo igual a todos los demás solo en apariencia, que espontáneamente acabará sacrificando esa posibilidad de escape que le brindarían las alas mecánicas en favor de un desconocido. En resumen, una de esas historietas que de haber caído en manos de cualquier otro autor olvidaríamos tras haber acompañado a sus protagonistas hasta la justa conclusión de la historia. Pero que el talento de Alcatena logra transformar imponiendo una escenografía confiada al fiero camino de lo colosal y permite a Mazzitelli analizar la atmósfera de ese efecto de eternidad que solo la desmesura del dibujante logra despertar en el lector. Así de extraño y fantástico es este método imposible que dota a cada historieta de una escenografía propia retomándola página a página sin desmayo.
No me atrevería a detallar cada una de las historias, pero tampoco a escoger solo mis favoritas. Incluso una aparentemente poco atractiva como la titulada Viaje alrededor del centro, catorce páginas con las que los autores pareciera hubiesen adaptado un verdadero cuento tradicional por nadie más que ellos conocido, acaba captando la atención del lector de un modo u otro. Quizás se trate de las analogías que Mazzitelli es capaz de establecer entre las estructuras secretas que rigen una ciudad y la interpretación de ese orden social junto a la manera en que este detona mediante una última declaración nada absolutoria para el protagonista. O por la medida en que Alcatena acierta a representar esa fuente de calamidades que Ulixes atraviesa de un emplazamiento a otro por una ciudad pesada y laberíntica en la que el mayor monstruo viene a ser la forma misteriosa de ese individuo dispuesto enfrentar cualquier prueba. Pues el personaje central de esta historieta no ansía otra cosa que penetrar en una jerarquía cuya existencia solo se justifica en su propio encierro. Sobre la construcción de este significado el dibujante dispone viñetas opresivas que un aficionado poco vigilante podría caracterizar simplemente como abigarradas al pasar por alto la actitud del narrador. Además de los particulares encabalgamientos de una a otra viñeta y esas otras amplias ilustraciones en las que Alcatena condensa el relato de las idas y venidas de Ulixes entre un escenario y otro. Un ejemplo de wonderland que también parece abundar en motivos tradicionales y folclóricos nos lo ofrece el relato que se nos narra en Del otro lado y Más que roca, dos historietas que tienen en común no un protagonista sino a unos enigmáticos encapuchados que desde la sombra marcan el destino y las decisiones de hombres y monstruos. Veintiocho páginas por las que circulan variopintos personajes y criaturas que abarcan diseños de lo más toscos y prototípicos a los más estilizados de que Enrique Alcatena es capaz cuando no usa de referentes demasiados explícitos y en historietas que en rigor no implican una dimensión heroica incondicional. Los rasgos característicos de este tipo de fantasía permiten que Alcatena ejecute su oficio entre el prodigio y la curiosidad, completando viñetas mediante elementos que escapan a la trama o al papel principal de los personajes. Detalles que despiertan asombro y gozo entre muchísimos de sus admiradores. También una impresión de reposo que quizás dota a estas historietas de mayor amplitud por la suma de elementos que ayudan a dar cobertura y ampliar la inclinación del relato hacia lo fantástico. Las aguas que surcan los pasajeros del buque perteneciente a la historieta Inmensidad son ejemplo de ello. Esta historieta se centra en un tema que aparece igualmente tratado en otra historia de las aquí contenidas, la titulada No será, que, contra lo que anteriormente se pudiera haber escrito en la línea setenta y dos del párrafo treinta y tres de este escrito bloguero, perfectamente podría enmarcarse dentro de la ciencia ficción y los viajes temporales, a ejemplo de aquel mítico e imposible regreso que una y otra vez emprenden todos los pueblos perdidos.
Cabe destacar, fuera del contexto de las historias que transitan de la fantasía heroica a la fantasía feérica, e incluso la ciencia ficción, las tres historietas consagradas a la serie Tenebra que con ese u otros títulos añadidos se recopilan en este tebeo. Por una razón bien simple, o por simple gusto personal, qué más dará... su materia es el horror. Una atmósfera gótica que puede prender entre quienes apreciaron a ciertos dibujantes hoy ya considerados clásicos como los que se homenajea por estas páginas. Y por encontrar esa vida natural que Enrique Alcatena consigue en no pocos de los monstruos que alumbra y con los que ahoga su imaginación mientras consigue alimentar la nuestra. 


Segunda de las historias de Tenebra 


Todavía quedarían por aclarar las condiciones verdaderas de la inclusión de la última de las historietas contenidas en Metallum Terra y otros mundos imposibles (tebeo (22 x 15) en rústica): Esquizoopolis. La gran noche en que todos se harán ricos. Ya que en realidad se trata de una serie mayor y parece escapar a las premisas en las que pudieran fundirse el resto de historietas agrupadas bajo el epígrafe "Otros mundos imposibles". Además de haber sido serializada en revistas cuya adquisición podría suponer hoy una hazaña del todo prohibitiva. Se tiene por leyendas vivientes a los pocos españoles que atesorarían un número de Hacha; algunos de ellos desaparecidos en extrañas circunstancias junto a parte importante de sus tebeotecas. Por lo que hubiera sido preferible esperar a una recopilación mucho más provechosa en la que se reunieran las historias de Esquizoopolis ya difundidas con anterioridad junto a la que, según parece, o dice internet, se trataría de una aventura inédita. Así que nada deseo anticipar sobre la misma a quienes todavía no tuviesen la fortuna de disfrutar al menos una mínima muestra de esta desopilante serie a la que, por sus desenfrenados y enloquecidos personajes, únicamente otras creaciones como son Dr. Paradox o Dugong y Manati podrían asemejársele. Eso y que se trata de la única historieta humorística de Mazzitelli que conozco... "Si existen más como esta, pónganme tres toneladas."

 

[1] He aquí mi lamento: la degradación funcional del mercado español de la historieta y sus agentes como meros feudatarios de sistemas editoriales foráneos ha encontrado en la segregación del público, dividido en un lector medio al que estigmatizar y un lector denominado ocasional de incierta ubicación y difícilmente mensurable, el marco con el que justificar éxitos y fracasos editoriales. Y así poder señalar como verdaderos triunfos incluso las limitaciones logísticas y económicas de sus empresarios. Llegando al ridículo de calificar de innovación, y un avance dentro del ámbito editorial, campañas de financiación colectiva llevadas a cabo por editoriales totalmente dependientes de licencias extranjeras como ECC ediciones (actualmente responsable por las publicaciones de los superhéroes de DC Comics en España) como el que culminó con la traducción de la kirbyesca Kamandi en uno de esos mamotretos buenos para partir nueces y hacer leña. 
[2] ¿¡Cómo es que la sanidad pública no cubre los descalabros psicológicos que sufrimos los aficionados!?
[3]  Apenas humo
Camaradas del desierto
Aventura celestial
Fuego y hielo
El reino astillado
Un soldado
El viaje
Las voces sibilantes
No será
Viaje alrededor del centro
Inmensidad

Del otro lado
/ Más que roca
Tenebra / Tenebra / El hombre feliz (¿existirían más episodios de esta serie?)
Esquizoopolis (capítulo inédito de una serie publicada en las revistas Hacha y El Tajo)

sábado, 22 de febrero de 2020

Sobre el tráfico ilegal de pterodáctilos y su misterio.

Mejor impreso que muchos modernos integrales

El alma universal de la historieta española de derribo de finales de los años setenta y comienzos de los ochenta, en la que germinaron no pocos editores grotescos y publicaciones de singular envoltura, solía rodearse de un vaho halitoso en el que no era infrecuente encontrarse ediciones piratas de casi cualquier clásico de entre los cuadernillos de aventuras. Colecciones que deberían figurar en una historia secreta del coleccionismo antes que en la crónica general de la piratería por lo que tuvieron de labor recuperadora para tantos autores y series. Que aun mediante una precaria y pobre circulación sirvieron para el reconocimiento de una historieta para entonces ya extinguida. Aquellas ediciones facsímiles no solo sobrevivieron a la desaparición de Bruguera y Valenciana, tenidas por editoriales profesionales pero más esforzadas en devaluar sus propios personajes y menospreciar también a sus creadores, sino que probablemente son la única razón por la que muchísimos lectores pudimos conocer a autores como Iranzo o a personajes como Bengala sin la menor responsabilidad de estar preservando un tesoro para la posteridad. O sentir que con ello volvíamos a ganarnos ningún último pedazo de un paraíso que realmente nunca conocimos, salvo en aquellos pocos recuerdos revividos por nuestros progenitores o abuelos al vernos leer otros tebeos muy distintos de los que ellos recordaban intercambiar con sus amigos.
La auténtica piratería es siempre mucho más audaz y no suele tener que apelar al consumo nostálgico. Tampoco necesita de las maldiciones, conjuros y evocaciones, que despierta el estudio del medio entre coleccionistas, aficionados o investigadores, sino de la masticación vampírica de quienes remueven terrones de tierra a los pies de algún autor. Para los de mi quinta el caso más famoso de piratería podría ser la recopilación de la serie El baile del vampiro llevada a cabo por Proyectos editoriales Crom sin conocimiento de su creador (Sergio Bleda) en 2002. Y que tuvo que ser retirada del mercado. De todas maneras el recopilatorio era tan cutre que ni siquiera llegó a constituirse en un verdadero objeto de coleccionismo tras su retirada del circuito comercial; pudimos gozar de una más digna recopilación algunos años después de la mano de Aleta ediciones, por suerte.

[EN OTRO LUGAR... ¡AHORA MISMO!]

Todo joven anacoreta reconvertido en coleccionista de tebeos desearía poder sumar a su tebeoteca ediciones raras. Tebeos raros de verdad. Tebeos que casi den grima. Que resulten especiales no por tratarse de productos de gran exclusividad, alto precio y tirada limitada, o que tal vez puedan haberse caracterizado por una distribución muy restringida como sucede con catálogos o tebeos emitidos por asociaciones e instituciones de todo tipo. Más bien publicaciones que arrastren tras ellos una historia de suspense y misterio tal que pueda presentirse algún fantasma o cadáver mutilado al final de la misma. Para ello podríamos salir a la búsqueda de tebeos que sufrieran algún tipo de censura y no vayamos caer en el error de pensar únicamente en política y destape, en España hasta personajes como los Pitufos y Espiru (Spirou) la han sufrido en sus cubiertas—. Si es que contamos con el suficiente dinero. "¡Pero que muchísimo dinero!" De no ser el caso, probablemente tengamos que conformarnos con tirar de alguna cutrez y buscar ediciones piratas como esta:  


























Todavía alguno será capaz de adivinar al primer vistazo qué popularísima serie de la historieta francesa tiene aquí la más chusca edición jamás realizada en nuestro país; hacia el año 1983, se supone. Y no serán pocos. Todos los demás dispónganse a seguir atentamente las siguientes instrucciones para averiguarlo:  

"Olvidénse del título y traten de centrar su atención en la ilustración de portada durante no menos de cinco segundos; no se mareen, no se rasquen... ¡ya falta poco! Ahora vayan achinando los ojos muy despacio, como siguiendo el ritmo de una antigua persiana enrollable o los giros de un pollo asado en una de aquellas máquinas que.. ¡Pero no dejen de respirar! (Resoplen, respiren; resoplen, respiren; resoplen, respiren.) Sigan tan lentamente como puedan hasta que solo alcancen a enfocar el subtítulo y entonces debería venírseles a la cabeza el nombre de ______" 

Efectivamente, el coleccionista siempre gana, se trata ni más ni memos que de una traducción de la primera aventura de este personaje tan de folletín. Unas aventuras que fueron propularizadas por obra y gracia de los señores editores de Norma editorial en nuestro país desde los años ochenta hasta hoy. Primeramente a través de su colección de álbumes Cimoc extra color, y, mucho después, justo a rebufo de su adaptación cinematográfica, en una nueva colección de libros recopilatorios en cartoné que algunos debieron comprar con cierta nostalgia y satisfacción. Se sabe del caso de un niño de once años (natural de Badajoz) que falleció en 2012 tratando de comprender qué podía haber llevado a su tía a regalarle un tebeo como ese por su cumpleaños. La influencia del cine llega a ser terrible a veces. Incluso la cinematografía francesa puede resultar perjudicial para la salud cuando se le permite traspasar sus fronteras naturales sin las debidas precauciones. Y bien sabe Hergé lo permisivas que han sido siempre nuestras autoridades con el cine y la historieta franco-belga. También entre los intelectuales y artistas españoles pueden contarse por miles los infiltrados siempre dispuestos a trocar nuestras costumbres y tradiciones por cualquier cosa con regusto a sobaco franco-belga. Ramón de España, Bertín Osborne, Raimon Fonseca... esa lista es importantísima para nuestros planes. Algún día detallaremos por lo menudo toda esta confabulación en torno a la historieta española y el cuento completo de sus primitivos instigadores. Pero lo que cuenta es que no fue Norma editorial la primera empresa en servir en nuestro país las aventuras de la celebre escritora Edith Rabatjoie protagonista de la saga de historietas que encumbraría a su creador en el Festival de Angulema al otorgársele el Gran Prix el año de 1985.


Álbum original (1976, Casterman) y sus traducciones españolas de 1980 y 1982.

En 1980, un año antes de que la barcelonesa Norma editorial retomara la publicación de las cabeceras Cimoc y Hunter, y de la marca CIMOC, por tanto, entonces todavía en posesión del editor madrileño Riego ediciones tras la deserción (escalonada) del mercado historietístico del sello editorial San Roman con el que se había iniciado la primera andadura de la revista de historietas Cimoc, se traducía al español la primera entrega de la serie Les Aventures Extraordinaires d'Adèle Blanc-Sec con el título de Adele y la Bestia. Un modesto álbum en rústica impreso en blanco y negro por Riego ediciones con el que se abría la colección Super Cimoc en 1980; de la que se llegó a anunciar un segundo número, El demonio de la Torre Eiffel, también perteneciente a la misma serie creada por Jacques Tardi. Finalmente utilizado por Norma editorial para dar inicio a su colección de álbumes Cimoc extra color en 1981, comenzando así una nueva edición de la serie Las extraordinarias aventuras de Adèle Blanc-Sec en color que se extendería dentro de esta colección hasta 1999 con la publicación del álbum titulado El misterio de las profundidades. Todos ellos recopilados posteriormente en la edición que de 2010 a 2012 se llevó a cabo para reunir de forma íntegra esta saga junto a su última aventura (Le Labyrinthe Infernal) y otras tres obras relacionadas con el universo de Adèle Blanc-Sec, como eran las historias protagonizadas por Lucien Brindavoine y la titulada El demonio de los hielos. Este tipo de epopeyas editoriales eran bastante comunes y no fueron pocas las series que disfrutaron de una publicación tan azarosa como la creación de Tardi. Turbando a los aficionados que pudieran haber comenzado a leer las aventuras de Adèle a partir de la edición de Norma, iniciada con El demonio de la Torre Eiffel y seguida por El sabio loco y Momias enloquecidas, es decir, los álbumes segundo, tercero y cuarto de la serie, antes de poder hacerlo en 1982 con el primero, Adèle y la bestia. El sentido de lo sublime, de lo ideal y lo invisible, que experimentaban aquellos lectores aparecerá como un acto de devoción insuperable a ojos de los coleccionistas de hoy en día.

[A LA MAÑA SIGUIENTE...]

La cuestión a abordar en este punto podría formularse de muchas maneras o solo mediante una sencilla pregunta. Ahora bien, probablemente no exista una clave o respuesta dada que permita asegurar que Pterodáctilo. Las extraordinarias aventuras de Edith (titulo tras el que se ocultaba la aventura original Adèle et la Bête, recordemos) fuese lanzado con posterioridad a la traducción que Norma editorial acabó por publicar bajo el título definitivo de Adèle y la bestia, como se ha indicado a veces al datar el lanzamiento de esta burda publicación pirata en 1983. Aun pudiendo partir esta fecha de alguno de los listados de novedades que logremos encontrar en los mejores y más puntillosos fanzines teóricos, dotados ya en aquella época con secciones regulares dedicadas a informar sobre el lanzamiento de tebeos y otras publicaciones relacionadas con la historieta, podría imaginarse que, al igual que sucede con no pocos títulos actuales para los que es posible encontrar diferentes fechas de salida según las fuentes consultadas, y a que incluso todavía existen publicaciones que escapan a cualquier seguimiento, podamos llegar a dudar que ese fuese el año en que se lanzase una publicación como Pterodáctilo. ¿Qué beneficio podrían haber obtenido los impulsores de una edición tan inferior como este tebeo más de un año después de que Norma editorial pusiera en circulación un álbum en color de esa misma historieta? ¿Acaso no sería más lógico imaginar que quienes estuvieron detrás de esa edición pirata no intentaron otra cosa que aprovechar la ausencia en el mercado de aquella primera entrega de la saga de Adèle Blanc-Sec antes de que la editorial dirigida por Rafael Martínez se decidiera a llenar ese hueco para regocijo de sus lectores en 1982? La piratería editorial conduce a pensar en el oportunismo y en alguna clase de beneficio con que rentabilizar una actividad tan ilegal como mediocre cuando parte de una empresa obligada a hacer registro de todas sus actividades y no de la iniciativa individual de un coleccionista emisor de facsímiles. Y Pterodáctilo precisamente no parece tratarse de una publicación que floreciera como resultado del amor a la historieta. O el respeto al autor y algún cierto fervor incondicional hacia el personaje de Adèle Blanc-Sec. No solo porque la ilustración de portada y el título dado a este tebeo apenas puedan resultar estimulantes y catalizadores del interés de un público concreto, que difícilmente sabría reconocer la obra allí contenida, sino por resultar más sencillo voltear el tebeo, o buscar en sus créditos, reparando en la distancia existente entre cualquier facsímil de un cuadernillo de aventuras y este... ¡este estropicio!
Hasta aquí apenas sí ha aflorado el problema, sin embargo capital cuando nos encontramos ante un caso claro de piratería: el editor. Aparentemente Pterodáctilo fue editado por Editorial Finhaxel, S. A., su logotipo figuró así en la contracubierta del tebeo junto a la indicación del precio. No obstante libros como Diferencia entre joder y hacer el amor, Acierte las quinielas, Digitopuntura sexual, Curso de detective privado, The penis, manual de desarrollo del miembro viril, Arregle su coche usted mismo, La cría moderna de caracoles, y otros tantos títulos muy propios de la época de exploración democrática en la que fueron publicados por este sello se presentan como obras acreditadas a Finnaxel, S. A. en vez de a Finhaxel, S. A. en la base de datos del ISBN del Ministerio de Aquello y de Deporte. Que bien pudiera tomarse por una errata si todos esos treinta y nueve títulos no apareciesen registrados con fecha de edición para el año 1982, en distintos meses desde enero a noviembre; por supuesto, no existen registros de más actividad de este editor tras ese año de 1982. Aunque tampoco las publicaciones emitidas por Editorial Finhaxel se agoten con los libros que uno puede encontrar en la base de datos del ISBN. Incluso un chusco tebeo como Pterodáctilo cuenta con su propio número de registro, 84-8575-9-23-0, y también contamos con el nombre de un impresor, Producciones gráficas Exporfilm, S. L., presumiblemente ubicado en Barcelona. Si es que se trataba de la misma imprenta asociada a la editorial y la marca Editorial Finaxel, S. A./Finnaxel, S. A. responsable de las labores de impresión de una gacetilla publicitaria titulada Don Anuncio directamente implicada en uno de esos fraudes que se hicieron tan famosos durante los años ochenta, y que todavía de cuando en cuando sirven para rellenar algún pequeño espacio documental sobre aquella época en cualquier televisión nacional, la estafa de Almacenes Canarios. Una estafa de venta por correo acerca de la que se puede leer incluso en internet:


Una presunta estafa cuyo importe a elevarse a más de 1.000 millones de pesetas ha sido descubierta por la policía madrileña a instancias de los servicios municipales de información al consumidor de Madrid, que recibieron durante el mes de mayo varios centenares de denuncias de que no recibían los productos comprados. La estafa está relacionada con una empresa de venta por correo, Almacenes Canarios, que tenía oficinas en Madrid y Las Palmas de Gran Canaria y captaba clientes a través de una revista de anuncios. [...] La revista Don Anuncio, que proclama en su cabecera efectuar una tirada de un millón de ejemplares y disponer de dos millones y medio de lectores, parece haber sido el soporte para que la empresa Almacenes Canarios [...] Don Anuncio es una publicación que opera fuera de los circuitos comerciales habituales y que no es conocida en medios publicitarios. La editora de la revista es Finhaxel, SA, con domicilio en la madrileña calle de San Delfín 2, local B, según consta en sus páginas, aunque se imprime en talleres gráficos de Barcelona.


De modo inmediato, sean cuales sean las razones por las que Editorial Finhaxel, S. A. figure con un nombre distinto en el registro de ISBN, gracias a este artículo podemos comprobar que la dirección de la entidad nombrada como Finhaxel coincide con el de la registrada en el sitio web del Ministerio de Cultura y Deporte con el nombre de Finnaxel. Hacia el final del mismo artículo nos encontramos además con que uno de los cachibaches anunciados a través de Don Anuncio consistía en viveros para la cría de caracoles. Siendo La cría moderna de caracoles  uno de los pocos libros que encontramos publicados por Finhaxel/Finnaxel, no queda mucho más que añadir sobre las actividades de esta editorial pirata amiga de estafadores. Apenas que habría publicado otros dos tebeos durante 1982, basados en figurones como Julio Iglesias y Lola Flores. Pura anécdota.
E, insisto en ello, no puedo creer que Pterodáctilo se publicase con posterioridad al lanzamiento del tebeo que traducía la misma obra por parte de Norma editorial. Ninguna estafa se improvisa. Y cualquier estafa del tipo que nos ocupa debería de ser fácilmente descubierta dentro de un círculo tan minúsculo como el tebeístico. La simple necesidad de controlar la publicidad otorgada a una obra, y estar al tanto de las informaciones que sobre la divulgación de una historieta o de un álbum pudieran llegar a difundirse en cualquier momento o lugar, deberían haber llevado a los editores y redactores de Norma editorial a denunciar al menos ante su público la existencia de una edición pirata de una de sus licencias, como era la traducción de Adèle et la Bête. Así obraban cuando nos advertían que la labor de un crítico como Javier Coma en cierto periódico tenía poco que ver con un auténtico afán divulgador y mucho con el rencor y un interés más que personal por dar relevancia únicamente a aquellas revistas y editores con los cuales trabajaba. También cuando elogiaban la existencia de publicaciones teóricas como El Wendigo y Sunday o dedicaban algún amplio espacio a dar cumplida información sobre algún festival o salón de la historieta. Sin embargo no parece que, ya a través de una de las columnas escritas por su propio director ya como una simple nota dentro de la sección de actualidad conducida por Joan Navarro, se llevase a cabo ningún anuncio acerca de la existencia de Pterodáctilo desde la estructura organizativa de Norma. La espontaneidad y lucidez que caracterizaban las relaciones entre un editor y su medio ambiental no dan razón a pensar que Rafael Martínez no habría puesto igualmente el grito en lo alto de una de sus columnas de opinión de haberse publicado la edición pirata de marras incluso después de 1982 con la misma presteza que si Josep Toutain le acabara de pisar el dedo gordo del pie.
La localización de una fecha como 1983 quizás deba buscarse en el nacimiento aquel mismo año del boletín Tribulete, y en sus detallados sumarios de novedades (si hay alguna verdad debe encontrarse ahí), publicación a la que realmente muy pocos tendrán acceso. No pudiendo uno soñar con ver algún ejemplar ni tomando pastillas, más bien nada seremos capaces de imaginar sobre lo que en esta publicación informativa pudo llegar a comentarse de Pterodáctilo. Quizás, por ello, algunos coleccionistas han acabado optando por dar como fecha de publicación de Pterodáctilo. Las extraordinarias aventuras de Edith el año 1980. Puede que estos últimos aficionados expertos se fijasen en que la traducción y la rotulación de este tebeo pirata y el álbum publicado por Riego ediciones eran idénticas; aunque poco más difieren ambas que en unas cuantas palabras o frases respecto a la edición que Norma acabaría realizando de Adèle y la bestia, también con una diagramación de los textos algo mejor ajustada que sus precedentes. Que tanto la edición pirata de Editorial Finhaxel como la de Riego ediciones fuesen en blanco y negro. Y que la diferencia de precio entre una y otra bien podría deberse a su distinto formato: el álbum con encuadernación rústica, en la edición legal de Riego ediciones, y el cuaderno encolado con cubiertas semirrígidas, para la edición pirata de Finhaxel. El precio de esta última era incluso inferior al de los otros tebeos publicados por Finhaxel en 1982, aquellos otros dos tebeos con formato de cuaderno grapado e impresión en color que llevaban por título facial los nombres de los cantantes Lola Flores y Julio Iglesias, que constando de treinta y dos páginas indicaban un precio de ciento cincuenta pesetas. Frente al de ciento veinticinco que aparece impreso en la contracubierta de un tebeo que llega a alcanzar las cincuenta y dos páginas de extensión como esta traducción ilegal de Adèle et la Bête cuya inquietante naturaleza nos mantendrá en vilo hasta el día en que nos encierren en algún sanatorio mental y acaben por depositar nuestra colección en un vertedero.
Y todavía existirían incluso otros pocos aficionados que datan Pterodáctilo en una fecha tan lejana como 1984.


[POR LA TARDE, EN SU CASA...]

Todos nos encontramos afligidos por el mismo problema al tener que contemplar este feísimo tebeo pirata día tras día sin una respuesta. Un tebeo sobre el que, además de polvo, migas de pan y algunas cuantas manchas de chocolate, se va acumulando la angustia humana primitiva de la que jamás lograremos librar a una generación futura de lectores aficionados cada vez más menguada en número. ¿O que quizás ya desaparezca con nosotros? Cómo explicar entonces lo mucho que fuimos capaces de divertirnos con un tebeo del todo asqueroso, y que nos costó menos de dos euros, a los pocos que nos sobrevivan de entre los consumidores españoles de historietas.

"¡Anda y que vayan a comprarle un tebeo de a cincuenta euros (Omnigoldo supure edition) a Panini!" 

domingo, 2 de febrero de 2020

Panceta manga: magro español para "iberotakus"

"¡El manga avanza que es una barbaridad!" 

Los momentos más contemplativos de un coleccionista de tebeos se concentran alrededor de las zonas dedicadas al manga de cualquier librería mientras se da cuenta que no hay arma en los cajones de la cocina que pueda impedir su victoria final sobre el resto de tradiciones historietísticas. Por más que tampoco deje de ser desconocida la cancelación de varias revistas japonesas en los últimos tiempos. O la noticia sobre la suspensión de alguna distribuidora y el éxito creciente de la puesta en juego de aplicaciones para la lectura gratuita de una infinidad de títulos. Quizás un envite de los propios editores japoneses por reforzar sus cifras de venta a través de la expansión digital hacia mercados extranjeros. Ya se trate o no de un modelo editorial novedoso, este ajetreo empresarial agrandará el hoyo que la omnipresencia de las representaciones y reproducciones de la cultura japonesa en el mundo del ocio viene puliendo a los pies de mercados historietísticos como el español desde hace décadas. Y contaría así con una labor de ingeniería y un listado de enormes bichos incluso dentro del medio, tales como Kodansha y Shueisha, pertrechados para custodiar por muchos años más ese otro mundo desconocido donde sus habitantes parecieran vivir eternizándose lejos de la arruga del tiempo que amenaza con tragarse a supermanes y tintines. De modo que su industria de la historieta solo pueda ser descrita como una realidad paralela al resto de mercados; a los que quizás aspira a solapar desde la novedad y el exotismo. Además de seguir constituyendo una plaza infranqueable para autores y editores extranjeros que no estén dispuestos a ceñirse del todo a los modos y formas tradicionales de consumo del público japonés. Motivos que llevan a emplazar a estos editores y autores occidentales en un trance de armas desigual. Absurdamente, perdido o no en su oficio de consumidor y en mitad de esta tempestad de bits y celulosa, el lector aficionado solo acertará a imaginar la ingente disponibilidad y variedad de publicaciones que podrían provocarle aquel vértigo mortal tan deseado; y eso aunque no se trate del más alienado de los consumidores occidentales de tebeos, sino de un tipo más o menos hundido en la normalidad (con sus varios televisores y puede que algún grueso felpudo promocional a la puerta de casa indicando su pertenencia al "club" Netflix).

El embajador Doraemon tras la firma de compra de Alaska el verano pasado.
  
Hace muchos años comenzó a decirse que entre el cielo y el infierno existía algo llamado manga. Y hoy casi no queda lector en el mundo por someterse al poder económico y el potencial creativo de la historieta japonesa en una u otra forma. Incluso quienes se abstengan de leer historietas de origen japonés difícilmente conseguirán evitar asistir a películas y teleseries directa o indirectamente inspiradas en algún manga. Comprar una figurita, algún videojuego, o un extraño atuendo relacionado con personajes dibujados. La combinación entre esta particular atención de los editores japoneses en el tratamiento comercial de sus producciones y la aureola de exotismo y sofisticación cultivada entre los adeptos occidentales hacia toda forma de expresión de apariencia japonesa ha sobrepasado aquellas condiciones iniciales que conformaron tratamientos imitativos de los más aberrantes y básicos. Mediante los que autores y editores occidentales buscaban recuperar y robustecer su posición y la estima de sus obras en medio de la irrupción del manga. Cuando la búsqueda siempre incierta de nuevas alternativas de licenciamiento capaces de gratificar a un público remiso a la lectura, tanto como la necesidad de aferrarse a algún contenido lo suficientemente asequible dentro de un mercado historietístico copado por los superhéroes, como el que sobrevino tras el hundimiento del resto de publicaciones periódicas y sus editores a comienzos de los años noventa, acabó por fructificar en la oleada de lo que acertadamente fue bautizado como cutremanguismo por algún crítico español. Una época de rarezas editoriales por fortuna ya sepultadas del todo, con modelos de revistas de historietas tan diferentes entre sí como Shonen Magazine (Planeta-DeAgostini) y Sukebe (Camaleón ediciones), o publicaciones informativas de alcance tan relativo como Otaku (Norma editorial), pero donde pudieron probar suerte algunos pocos autores españoles mucho antes de profesionalizarse. Mateo Guerrero, Nacho Fernández, Raule y Roger Ibáñez, Nuria Peris, y otros pocos que conseguirían igualmente superar el objeto a imitar labrándose así una carrera propia por la que acabarían alejándose de un ámbito tan limitado. En aquel entonces todavía incomprensible para muchos lectores a quienes en nada lograba atraer un fenómeno como Dragon ball. Menos incluso que la desacertada aproximación de los editores nacionales al universo del manga: con la adopción de fórmulas editoriales casi bastardas (el cuaderno grapado, principalmente) respecto de los formatos originales. A la postre triunfantes frente al resto de modelos de serialización al ser adoptados por los editores, y asimilados con fruición por los consumidores, como la mejor manera de trasvasar la historieta japonesa a cualquier otro mercado. Hasta hacer de sus denominaciones japonesas, tankōbon, kanzenban, o bunkoban, nombres tan habituales y generalizados entre el público español actual como por entonces pudieran serlo los de comic book o TPB.


Parodia y pornografía acompañaron los primeros años de implantación del manga durante el cutremanguismo.


Todo aquello ocurrió y nadie escribirá un libro para contarlo. E incluso el padre de Mortadelo y Filemón sobrevivió a la epidemia de cutremanguismo; qué más que eso podríamos haber querido de la vida por entonces. Después de aquello cualquier futuro parece posible, ya acabe ahogando al resto de modelos editoriales, ya envenenándonos mediante un nuevo proceso de asimilación, pero nada como un fruncir de miradas con que borrar cualquier recuerdo de aquel tiempo innominado. De ahí la consecuencia más firme, y, también, sin esperanza, pasa por repetir lo que ya ocurrió cuando se tomó por cierto que cualquier creación extranjera era superior a los cuadernillos de aventuras, o al TBO y los Mortadelos, dando paso a aquel pufo del cOmic adulto de finales de los setenta y comienzos de los ochenta. Y, por fin, a desvaríos terminológicos como pretender igualar los formatos tradicionales mediante los que se popularizaron el Capitán Trueno o El Guerrero del antifaz con los cuadernos superheroicos de Forum y Zinco como acostumbran nuestros divulgadores más proteicos y acomodadizos. Y, ahora, a ponderar la eficacia del manga en sus supuestos poderes refractarios (?) como última solución a la quiebra de confianza entre el público y el medio de la historieta en nuestro país precisamente gracias a una revista. ¿Puede alguien dispararme a las rodillas y echarme a rodar hacia algún despeñadero?

Solo nos queda caminar sobre las brasas de viejos autores. Meditar bajo helados estantes repletos de fríos tebeos de viejo. Ascender por las escaleras de alguna biblioteca cargando a las espaldas con una colección completa de las revistas de Toutain. Y esperar con la paciencia de unos sabios chinos a que todo acabe transformándonos en otro más de esos lectores exclusivos de historieta japonesa que se mantienen ciegos a cualquier tradición y a otras formas de consumo distintas de la impuesta por la industria del manga. Como quiera que todo final atroz debe comenzar en algún punto doloroso, hablemos de...


LA GRAN REVISTA JAPONESA HECHA EN ESPAÑA



La editorial Planeta-DeAgostini se ha atrevido a producir una nueva revista de historietas según la fórmula de las cabeceras con personajes fijos que rehuye cualquier parecido con las macroantologías patrias de irregular aparición (productos como Barcelona TM (Norma editorial) o Panorama (Astiberri)) con las que suelen abastecerse mercados historietísticos tan menguados como el nuestro a la hora de abrir su catálogo al mayor número posible de autores locales. Un lanzamiento que no por haber sido anunciado desde hace meses dejará de asombrarnos dada su enorme semejanza con las revistas japonesas. A las que imita de un modo asombroso, y, además, a partir de contenidos originales (creación de guionistas y dibujantes españoles), reproduciendo muchas de sus características básicas. Entre las que a primera vista destaca una paginación desmesurada que hace que este primer número de la revista cuente con un grosor inusual para los usos occidentales, 320 páginas y 2,5 centímetros que hacen un lomo como de... ¡novela gráfica! [1]— impresas en blanco y negro, superior incluso al de algunas publicaciones niponas de este tipo a las que también sigue en la ordenación de sus contenidos y la distinta extensión que concede a las historietas según su importancia. De hecho, a la salida de la revista también se ha anunciado la intención de ir recopilando algunas de las series principales que comienzan ahora a serializarse a través de Planeta manga. Aumentando la apuesta ya de por sí suficientemente osada de otras editoriales españolas que habituan a incluir como parte de sus catálogos tebeos de producción nacional de autores acogidos a las formas y la expresión propias de la historieta japonesa desde sus inicios dentro de la profesión. Baste recordar el concurso para la creación de mangas que Norma lleva celebrando desde hace años y que culmina con la publicación de esos pequeños tebeos que cualquier aficionado a la historieta reconocerá como "mangas" aunque solo sea por su formato y dimensiones.
Planeta manga destaca no solo por el interés que puedan despertar sus historietas entre un público joven, tradicionalmente distanciado del resto de propuestas editoriales, sino también por un tratamiento editorial serio a nivel formal y en cuanto a sus contenidos. Que realmente parece tener en cuenta los gustos de los lectores mayoritarios que siempre han sostenido las traducciones de los tebeos japoneses más exitosos en nuestro país. Pues a esa fidelidad con el modelo original y las ediciones japonesas, que poco o nada difiere de las exigencias más comunes y reconocidas entre muchos de los lectores españoles de más edad todavía fascinados por los superhéroes y la bande dessinée, se suma un precio reducidísimo y la promesa de una periodicidad trimestral que iguala esta revista con colecciones y series que ya son legendarias en los estantes de cualquier librería especializada. Los 4,95 euros que cuesta esta primera entrega son una puerta abierta para los lectores adolescentes a los que se orientan los contenidos de Planeta manga; tanto al público femenino como al masculino, ya que las temáticas y géneros que tratan los colaboradores de esta nueva publicación se adscriben al shōnen y al shōjo. Pudiendo pasar de la lectura de una comedia romántica, más o menos realista y siempre divertida, a las aventuras más exageradas o fantásticas a desarrollar desde cualquier subgénero posible. De un modo mucho más descabellado, podremos celebrar la existencia de una especie de crónica en forma de serie de historietas sobre la historia de la difusión del manga en nuestro país cuya orientación todavía está por descubrirse.
La revista, eminentemente juvenil, no dejará de ser atractiva para los lectores talluditos pero dispersos en su atención a las modas. Siempre que busquen más papel del que nutrirse podrán encontrar en Planeta manga una opción ciertamente asequible respecto a lo que se nos suele ofertar dentro de un mercado inflado a base de recopilatorios a lo bonzo, reediciones perpetuas, y  todos los otros atropellos endémicos propios de cualquier editor español hecho a la moda de la supervivencia a costa de los demás. —Sé qué fue de todo el papel que tirasteis el último verano. "¡Ñec, ñec, ñec! ¡Ñec, ñec, ñec!"  Pudiendo hasta encontrar un cierto interés en ver reunidos a tantos autores españoles dentro una misma publicación, un grupo de numerosos dibujantes y guionistas a los que incluso los más inveterados de los lectores de historietas no podrán dudar de que vayan a encontrar aquí por vez primera. Y ese constituirá nuestro pequeño secreto. Darnos el gusto de contar otra batallita, quizás mañana o puede que mucho tiempo después, acaso cuando la moda sea ya otra y empecemos a contar cómo fuimos nosotros quienes descubrimos antes que nadie a Luis Montes o a Lorena Calderón hace la tira de años en no sé qué vieja revista que tú dejastes pasar de largo. Porque todo coleccionista es en parte descubridor de nuevos continentes y cazador de trofeos tanto o más que lector.
Todo lo apuntado indica que próximamente podríamos dar con la respuesta a si el apasionamiento por la historieta japonesa superará o no el gradual abandono de sus lectores, como parece suceder con el público español afín a la historieta estadounidense y franco-belga, gracias a iniciativas editoriales tan inusitadas como Planeta manga. Por precio, paginación y disponibilidad, no será que dejen de comprarla quienes ya son lectores de historieta japonesa en nuestro país. Y veremos si su distribución a través de todo aquel establecimiento que dispense productos de Planeta-DeAgostini no acaba sumando a otros muchos; en general, a todo aquel público extraño al circuito de librerías especializadas. Aunque todavía parecerá complicado para artefactos biológicos tan chuchurrios como unos sesos y ojos que apenas sean capaces de vanagloriarse de haber acabado de leer un algo titulado Chroniques du temps de la vallée des Ghlomes hace dos días, serie que, por cierto, ni siquiera le debemos a la mano de Jiro Taniguchi o de un anciano Tezuka. Siempre nos lo han puesto así de difícil, formatos chiquitos, sin color... ¡del revés! Pero ahora más barato y grande. (!) Justo cuando por primera vez en la historia hasta en Japón parece no les queden muchas más habas por contar que a nosotros. En fin, se trate o no de un artificio más o menos inspirado como de un modelo de futuro y prosperidad para autores y editores españoles, pareciera que una nueva era de prodigios nos aguardase a los que acertemos a adaptarnos al reinado de la máquina del manga. "¡Manga!" "¡Manga!" "¡Manga!" Aunque quizás nadie que aspire a comprar más tebeos de Julio Ribera conseguirá adaptarse a este nuevo orden mundial por completo. Pues siempre quedará alguna herida por cicatrizar. Y más o menos aquí es cuando debería haber empezado a recitar aquello de que vendrán con antorchas y rastrillos para quemar nuestras tebeotecas personales y obligar a nuestras abuelas a prepararnos tortillas de arroz... y sin duda la auténtica trama folletinesca comenzaría a partir de una extravagante y más chocante premisa, como la de ver alguna vez licenciada esta revista española que es Planeta manga por un editor japonés. Ya sé que suena increíble. Y todavía parecería cosa de embuste si no fuera por unas fotos robadas a la internet. Porque conviene destacar que es cierto, lo es, miren si no la foto, y existe en algún lado una pequeña tirada de cortesía de esta revista nacional de Planeta-DeAgostini completamente diagramada y traducida al japonés mediante la que los editores de la isla atómica podrán valorar la posibilidad de llevar adelante una edición nipona de la misma. 
Planeta manga podría así invadir Japón y comerse a todos sus mangakas [2] el año que viene. ¿Y quién nos iba entonces a dibujar las aventuras de Nobita y Doraemon? ¿Enrique Vegas?, ojalá.

¡Contemplen el genuino y colosal Tebeo de Troya!


 
Tal vez no lo parezca pero Doraemon puede dar por completada su misión imperialista.


 
Yo consumí Panceta manga y viví para contarlo

De primeras uno se cae de espaldas al encontrarse con un diseño de cubiertas más sobrecargado que realmente impactante, según la costumbre japonesa, y, es de suponer, al gusto de los lectores de manga españoles, pero que resulta de poco interés para que el logotipo de la revista despunte, relegando así la portada a una especie de anunciación del plantel de colaboradores. Como ilustración de portada aparecen algunos de los personajes cuyas aventuras desarrollará el historietista Luis Montes en su serie de fantasía heroica Gryphoon; y tengamos al resto de figuras encajadas tan discretamente para deslucir al máximo la labor del ilustrador como una suerte de logoformas de las series e historietas con las que el director de esta revista y sus diseñadores tratan de acoquinarnos. Si esta es la forma más común de hacer atractiva una publicación periódica en Japón, quizás los editores japoneses tengan en mayor estima a sus técnicos editoriales y diseñadores gráficos que la labor de un buen portadista. Y, no obstante, alguien acostumbrado desde chico a la divertida observación de libros hormigueros como ¿Dónde está Wally? sabrá sacar provecho de tan poca atrayente portada divirtiéndose con la búsqueda de los nombres de Belén Ortega, Kenny Ruiz y Laia López entre el montón de grafismos de esta maraña ilustrada. Aunque probablemente les sorprenderá enterarse que esos tres dibujantes solo colaboran con una ilustración, como para celebrar el bautismo de esta revista y apadrinar al resto de autores hacia un futuro apasionante, a pesar de que se optase por destacarlos precisamente a ellos al inicio de la promoción de Planeta manga.

Marie Kondo, ¿¡dónde estás!?

Diría que es importante "leer" la revista hasta el final para ver a quién hay que golpear, dado que de antiguo siempre hubo un responsable por la imagen general así como de los contenidos de este tipo de publicaciones. El "dire", incluso, un director artístico. Aunque ya se sabe que desde Planeta cómic nunca han acertado a asumir la relevancia que en la mente del lector aficionado tiene una figura a la que se puede llegar a amar u odiar. Son meros calificativos, sin duda, pero la ausencia de un nombre al que dirigir esas energías que pueden transformarse en un sentimiento de fidelidad y preocupación sincera por el rumbo de una publicación periódica junto a un interés muy concreto por llegar a conocer todos los secretos sobre su realización cimentaron el éxito o el fracaso de muchas otras revistas en el pasado. Ese papel parece quedar relegado a la participación de un articulista, iLu TV: divulgador a la moda dedicado al manga y la animación japonesa que vive más que divulga a través de su canal de YouTube. Un éxito de muchacho. Parece ser capaz absorber agua como un árbol mientras habla de su vida y de todo aquello que le gusta. En el fondo, nada excesivamente execrable. Pues viene a ser el mismo oficio de articulista profesional que ejercían los estranguladores Thugs de los que Roberto Rocca, Toutain, Rafael Martínez y Joan Navarro se sirvieron en sus revistas para asfixiar con pañuelo de seda a los lectores durante los años ochenta. —Cabe objetar que Ramón de España podría merendarse a manías al iLu TV con la ayuda de Javier Coma e Ignacio Vidal-Folch dentro o fuera de un ascensor en pocos segundos; y eso que han ganado los lectores de Planeta manga. 
  
Gustos, manías y poca ciencia pasando por divulgación ayer y hoy.

Luego tienen a Kalathras, un famoso youtuber que ha ejercido como guionista de tebeos, labor que retomará dentro de poco en esta misma publicación con una nueva serie, ejerciendo también de articulista por este número. Como cronista de su propia vida, al igual que el iLu. Las tres ilustraciones de los tres ilustres padrinos anteceden tan poco afortunada sección textual, que, gracias a quién sea, apenas llega a ocupar las últimas páginas de este pedazo de panceta de algo más de dos centímetros de lomo. Con un único acierto, el acabar con un índice de contenidos y un par de páginas mediante las que se adelantan las novedades historietísticas que arrollarán al lector en la próxima entrega de Panceta magna. Nada extraordinario, lo aseguro. Aun así en estos tiempos le sirve a uno de muestra de que tal número podría llegar a ser una realidad en algún momento en el futuro. La esperanza es lo último que un buen aficionado coloca en la estantería antes de irse a la cama cuando colecciona tebeos.
Otro dato interesante acerca de la salubridad y viabilidad comercial de este producto para jóvenes (que podemos probar a fumar incluso los lectores más resabriados) se encuentra entre la publicidad alojada en la revista. Que no es poca si se tiene en cuenta que se trata de una publicación tan inusual como lo son las revistas de historietas hoy en día. Entre todas las entidades y productos que se publicitan a través de sus páginas encontramos desde juegos de mesa a material de dibujo, figuras, videojuegos y anime, sumando un total de cinco anunciantes. Probablemente ya sean más que todos los que pudieron desfilar por las páginas de los ciento setenta y seis números de Cimoc. Y un motivo al que agarrarse con la esperanza de poder añadir un segundo número y todos los que le sigan para nuestras tebeotecas. Hasta que el piso de la casa se hunda o los servicios sociales y la policía tiren la puerta abajo y nos ingresen en un asilo para supervillanos.
Sus pesadas historietas de riguroso blanco y negro lo son en algunos casos en cuanto a la cantidad inverosímil de páginas que llegan a ocupar por cada episodio o entrega, del todo inimaginable incluso entre las obras más afamadas y sobresalientes que pudieran haber serializado Cairo o el Víbora. Cualquier otra revista reflotada del diluvio ochentero, por ejemplo, Comix internacional (1992, Zinco), Viñetas (1994, Glénat) y Top comics (1994, Ediciones B), o, también, entre cabeceras más recientes como Cthulhu (2007, Diábolo ediciones). Sin embargo su enfoque juvenil y el abordaje elemental de tramas y personajes por parte de los autores resulta en ese tipo de lecturas ligeras que demandan más y más páginas por parte del lector. Capaces de generar seguidores desde el primer momento y de fijar la atención del público sobre el nombre de un autor por largas temporadas. Así podría acabar ocurriendo con la primera de las series que se nos presenta en la revista, Gryphoon, un mundo fantástico de aventuras y acción que entronca con la fantasía heroica (desviándose hacia la science fantasy) más convencional según la entienden muchos lectores y editores japoneses. Mundos extensos capaces de aglutinar el universo de hechicería y monstruos ancestrales de una serie como Fairy Tail y las peleas y búsquedas interminables de los piratas de la saga One Piece. La protagonista de la serie creada por Luis Montes responde exactamente al prototipo más elemental y exitoso dentro de este subgénero, siempre jovial, imprudente, y capaz de reunir a su alrededor a un buen montón de personajes, aliados o antagonistas, que por su contraste y disparidad tanto se prestan para resolver cualquier trama aventurera proporcionando suspense ante un primer encuentro o aquel alivio cómico necesario que dispensa a la protagonista de la carga de gravedad que suele recaer sobre el personaje central de cualquier historia. Como en casi cualquier obra de esta especie Noha Argonnar, la prota, resulta ser... ¡huérfana! "Con mucho menos se valió Kenny Ruiz para empezar en esto de los tebeos." Poderes, invasores de incierta naturaleza, una multiplicidad de razas y el intento de alistarse en una milicia de guerreros en calidad de novatos bastan como fogonazo que dé comienzo a la aventura; con una narración resolutiva y un diseño de personajes y ambientes más exhaustivo de lo que suele ser común en muchos shonens de éxito, y, además, composiciones de página que no decrecen en interés una vez se resuelve un combate o una secuencia de acción. Ahora resulta difícil entender que no me haya molestado en escanear alguna página.
¡Ese solo será otro más de los enigmas con los que uno se enrollará al hablar de Planeta manga cuando cumplamos ciento y más años!
 

... imágenes del proyecto en 2015 (blog del autor).
Gryphoon, una creación muy anterior a Planeta manga...




















De nuevo superando de largo las treinta páginas de historieta, y en atención a su disposición dentro de la revista, Alter ego parece presentarse como la segunda serie en importancia para los editores de Panceta magna. Se trata de un típico romance según los parámetros del shōjo cuyas adolescentes protagonistas facilitan esa instántanea identificación que envuelve el mundo del manga juvenil. De gratificante actualidad, se diría, por la profusión de títulos de esta clase licenciados entre nuestros editores. Que abordan también no solo el amor adolescente sino las relaciones amorosas tanto de parejas de hombres como entre mujeres. Puede que por ello quién sea (e hizo bien) buscó una obra de esta temática, en concreto, un romance lésbico. O, según la denominación para enteradillos, yuri. Seguramente algunas de las lectoras de Esther soñaron con poder leer algo parecido durante su adolescencia.
Parece que estuve generoso y robé un par de páginas de esta inocente y entretenida historieta:


No existe culebrón malo si es dibujado.

Nola y June son los nombres de las dos protagonistas de esta serie creada por Ana C. Sánchez llena de equívocos, y cierto tono de comedia, que sus incondicionales y practicantes suelen asimilar con el trabajo de autoras como CLAMP. Si el dibujo es sencillo y el uso de tramas no resulta abusivo ni compromete la ambientación, suele asegurarse el reconocimiento inmediato del público devoto a este subgénero; las reacciones al trabajo de la historietista española en redes sociales han sido entusiastas. Y habrá capítulo doble de la serie en el próximo número de la revista de Planeta-DeAgostini.
Tebeo autoeditado en 2018.

Amén de por su buena acogida, Alter ego reclamará la atención de los aficionados más tiquismiquis de otra manera no menos importante cuando descubran que entre el pequeño catálogo de autoediciones de Ana C. Sánchez (también conocida por Anakris) se encuentra un tebeo de título homónimo. Un libro publicado durante 2018 cuya ilustración de portada y páginas interiores dejan a las claras que se trataría de la misma obra que hoy se serializa a través de Planeta manga. Si bien las páginas publicadas dentro de esta nueva cabecera podrían corresponder a una reformulación o abarcar un sinfín de matices editoriales que hayan acabado diferenciándola de su edición original, como una mayor extensión y cambios en la composición y diagramación del conjunto de la obra. De una u otra manera, este agravio confirmaría la existencia de algún tipo de inteligencia superior tras la coordinación de los contenidos y todas las otras minucias que implica la dirección de una revista. Alguien tuvo que acechar a Luis Montes para que este dibujante rescatase un antiguo proyecto planteado por primera vez (entonces todavía en color y al gusto franco-belga) en 2012, como tampoco debemos dejar de pensar que ese mismo acosador no anduviese tras el rastro de Ana C. Sánchez desde hace el mismo tiempo. Así pues, y aunque no se trate del método ideal, es posible encontrar pruebas de que algo parecido a un ser humano dirige Planeta manga. Son todos gente peligrosa estos editores cuando publicitan sus productos de forma tan ladina y al ocultarnos información relativa a sus autores y a sus obras.
Requiere mucho esfuerzo, sí, pero sigamos comprando tebeos hasta que se cansen de publicarlos o nos toque a nosotros la lotería y también podamos meternos a editores.
Pero no todo son grandes series ni autores a descubrir dentro de la revista. Nombres como los de Ken Niimura, Ana Oncina y Santi Casas son bien conocidos por buena parte del público consumidor de historietas y podemos encontrar en Panceta magna una muestra de su labor dentro del medio. Y ya sabemos lo raro que resulta poder disfrutar de una obra producida en España y para un editor español.


Rondallas: La Bruja es una de las historietas conclusivas que amplían la gama narrativa y el estilo característicos de las series y personajes principales que acabarán acaparando la atención de la mayor parte de los lectores de la revista. Y, tal vez, la mejor historieta de fantasía heroica producida en España durante 2019. Obra del dibujante y docente Santi Casas, que recupera la matriz subterránea últimamente un tanto devaluada dentro del subgénero al relevar las sensaciones de inevitabilidad y tránsito que tradicionalmente acompañaban a los protagonistas de estas historias mediante simplonas fórmulas aventureras en las que priman la autonomía y la fuerza de un héroe, por lo general, ni siquiera arcaico, y a la que debe considerarse desde su primera viñeta como una historieta excelsa. A lo largo de veinte páginas, en ella se nos presenta el relato de iniciación de una bruja desde su niñez a la madurez. Y cómo llegará a ser consciente de la situación particular del universo y de los hombres respecto a este. La guerra y los anhelos de dominación de unos individuos sobre otros, incluso de quienes son capaces de manipular el mundo mediante artes arcanas, y, creen, por ello, poder erigirse en los fundadores del mismo, terminarán siendo superados por la sabiduría de los ciclos que tan bien ha acertado a conducir Santi Casas en esta breve obra uniendo principio y final. Emotiva y bellamente ejecutada, en La Bruja los lectores no necesariamente interesados en el dibujo, que pretendan continuar reviviendo todavía un poco más su asombro ante el descubrimiento de esas fábulas donde algunos inocentes eran separados de sus familias y salían al encuentro de la cabaña retirada en el bosque, encontrarán un refugio placentero ante la sequía de buenas historietas españolas de fantasía.
Se me ocurre que un joven aficionado que únicamente pudiera permitirse el seguimiento de algunas pocas colecciones, y, por tanto, tener conocimiento de un número muy restringido de dibujantes japoneses quizás de un mismo o parecido estilo, se sentiría profundamente marcado por la amplitud del modelaje que logra imprimir Santi Casas sobre muchos de los fondos mediante el paso de grises a degradados, especialmente al comienzo de la obra, embobándose ante ellos como si mirase los Pinos de Hasegawa Tōhaku (?). La versatilidad al ilustrar los distintos volúmenes de la figura humana, y la fluidez en el trazo de este dibujante español, quizás logren que ese lector desee ampliar el espectro de sus lecturas descubriendo a Suso Peña, por ejemplo, y asimismo llegar a reclamar un día la reedición de La profecía y otras muchas historietas olvidadas.
Ahora que nos hemos adentrado en el mundo de las fantasías, ¿será ese "Rondallas" una especie de título con que reunir futuras historietas de Santi Casas?


Baja ya del cajón, Jason Aaron, y lee algo bueno.

El problema más común de los lectores de historietas que comienzan a aparentar ser demasiado viejos como para continuar sintiéndose aguijoneados por cualquier otra opción distinta de sus tebeos de siempre, y todavía leer más historietas si fuera posible, conociendo a más autores y nuevas obras que incluso puedan alejarse temática y estilísticamente de las que son sus preferencias, es que cuesta arrancarlos de la cama nada más han afianzado la esperanza en un lugar muy concreto de sus estanterías. Y ya no existe forma de despertarlos después de la medianoche. Viejos y jóvenes aficionados a la historieta se parecen los unos a los otros de muchas maneras. Y Panceta manga se presenta como un buen remedio para todos ellos. El número dos está en la calle desde hace dos días... "¡Sacacuartos!" "¡Lechuzón!" "¡Afilador de pétalos!"
Por eso es importante racionalizar la lectura, no ir siempre del mismo palo y esforzarse en buscar alguna novedad. Además de recibirla sin suspicacias y un cierto método. Por extraño que nos parezca, la mano grasienta que coordina y dirige Panceta magna piensa de manera parecida: la mayor parte de las historias cortas, que seguramente no tendrán continuidad, dando así paso a nuevos autores de número en número, son lecturas agradecidas y diferentes. Al igual que Santi Casas, las historietistas Lorena Calderón y  Marta Salmons brindan a la revista variedad temática o un dibujo distinto del tono general. Soulmate es la reelaboración de una historieta muy anterior a la creación de la cabecera de Planeta-DeAgostini por la que Lorena Calderón recibió el primer premio del XXIII Salón del Manga de Barcelona en 2017. Su autora ha sabido prescindir hasta cierto punto del color de aquella primera versión de su historia y replanteado parte de sus viñetas para distribuirlas de forma más acorde al ritmo y composición de página de un tebeo japonés sin renunciar a una caracterización más plástica de la que uno esperaría encontrarse en ningún manga protagonizado por una niña. A pesar de no conseguir mediante el uso de grises igualar el contraste que anteriormente proporcionaba el color, el clima funesto e irreal del enfoque de cada viñeta y los planos utilizados en estas durante las mejores secuencias se mantiene intacto hasta la resolución del drama; se trata de una historieta triste, muy emotiva, e inspirada en una enfermedad compleja como la esquizofrenía, que puede recordar a alguna de similar carácter y protagonismo infantil de las planteadas por el guionista Santiago Navarro. ¡Y no sé de dónde se podrá sacar una imagen de una de las páginas de Soulmate! (Vergüenzaaa...)

Versión previa (en color) de Soulmate.


Tras un par de obras realizadas mano a mano con Mijail Sampedro bajo la firma Skizocrilian Studio para Norma editorial, entre las que se incluye la trilogía A través del Khamsin, serie de aventuras protagonizada por personajes zooantropomorfos, Marta Salmons parece retar el escepticismo con que algunos aficionados afrontamos ciertas temáticas y géneros cuando quienes los abordan son autores occidentales que trabajan conforme al estilo y el repertorio de prácticas narrativas propios de la historieta japonesa. Marchitado Lionel nos presenta un relato ambiguo y un tanto peculiar que cuenta con el aliciente de desarrollarse dentro del ámbito laboral de una oficina. Quizás sus veinticuatro páginas de extensión resulten insuficientes para ofrecer una visión completa de las relaciones laborales y el proceso de despersonalización inherente a la mayor parte de las tareas que desarrollan los trabajadores de servicios de atención telefónica en una gran empresa. La autora se sirve de algunas figuras a modo de una metáfora visual y reincide en ellas por su carga alegórica para enlazar la situación vital del personaje que da título a la obra hasta la resolución del mensaje moralizante con que finaliza esta historieta. Marta Salmons ejerce con profesionalidad, recurriendo a un tipo de composición de página ordinario sin que la lectura merme o decrezca en interés a lo largo de ninguna de las secuencias. En las que resulta muy apreciable la representación exacta de los fondos en las pocas viñetas que necesitan de un trabajo mayor previo al planteo de encuadres y planos cercanos que harán evidente la situación de cierta apatía y depresión que abate a Lionel. El dibujo y la propia fisonomía de los personajes es de gran solidez y no hay una sola línea descuidada ni en la aplicación de grises o manchas de negros. No vienen por ahí los problemas con esta historieta. Pueda ser más bien la importancia que llega a alcanzar cierto personaje en su papel de mediadora para la consumación del revés existencial del protagonista; al que llega a opacar, de modo que se dude si acaso no será ella el verdadero personaje central de esta historia. Asimismo las típicas transiciones japonesas mediante las que los personajes pasan de una representación realista a una mucho más caricatural y humorística para expresar sensaciones de rubor o pasmo acaban provocando una sensación de ruptura con el rumbo dramático de Marchitado Lionel. Si bien esta última apreciación no sea necesariamente compartida por todos los aficionados españoles. En particular entre quienes son los  lectores preferentes de Planeta manga, que por su edad se encuentran plenamente comprometidos con los usos que del lenguaje de la historieta cultivan en Japón. ¡San Tezuka los proteja a todos ellos (pues pronto serán los últimos consumidores de historieta en este país)!
Un clima tan competitivo como el que aparenta ser el dibujo de resonancias japonesas no podía dejar de prestar muchas más historietas y autores por descubrir dentro de una revista de más de trescientas páginas como la que nos ocupa. En la que también hay espacio para que pueda destacar la labor de una guionista:


Los nombres de Blanca Mira y Kaoru Okino no nos dirán mucho a quienes apenas llegamos a consumir aquellos pocos tebeos japoneses que por su fama o un sentido de adoración cultivado en torno a dibujantes y creadores todo buen coleccionista debería aspirar a atesorar en su tebeoteca. Y, sin embargo, se trata de dos de esas machacas de la historieta a la japonesa producida en nuestro país alrededor de las que pueden llegar a congregarse un mayor número de aficionados en cualquier festival o convención. Provocando el pasmo del otro sector cada vez más menguado de lectores que aún se ceba con los álbumes europeos y persigue la firma y la dedicatoria de un señor también algo mayor que dibujó, entintó y coloreó, unos doscientos comic books el año pasado sin ayuda de la OCDE. Pues eso, desde el extremo opuesto nos llega la comedia titulada Good game!, de Blanca Mira y Kaoru Okino, guionista y dibujante, respectivamente, una obra que no marcará un antes y un después en la historia de la historieta española pero pensada para sintonizar con los adolescentes adictos al manga y al anime. ¿Qué ocurriría si tu madre confesara al ir a estirar la pata que tienes un hermano del que nada habías sabido hasta ahora? Probablemente entonces encenderías el televisor y allí estaría tu hermano, participando en un concurso de televisión al otro lado del mundo. Esto es lo que le pasa a la protagonista de esta serie, Yuki, una muchacha de aspecto ingenuo pero con una personalidad tan tenaz como para que no dudemos que dentro de su armario pueda haber ganchos de carnicero en vez perchas, cuando le propone a su amigo Enishi que participen juntos en el concurso de creación de videojuegos que le permitirá coincidir con su hermano perdido en Barcelona. Y qué más dará que puede que haya pasado mucho tiempo desde que Yuki no veía a su amigo Enishi, y como tres años que este no salía de su habitación o se duchaba (cumpliendo con los preceptos de todo buen hikikomori), para que todos estos planes no acaben saliendo a la perfección. Aparte de que ella es una completa ignorante en todo en lo que a videojuegos se refiere, y Enishi parece haber perdido una mano, puede que algo más se le pasase por alto a Yuki mientras cumplimentaba el formulario de inscripción y ahora vaya a tener que hacerse pasar por un chico. [3] Por suerte, todo esto no tiene remedio. Blanca Mira se las arregla para familiarizarnos con los personajes aprovechando las veinte páginas de que consta este primer capítulo de forma tan ágil y con tan buen criterio como el que Kaoru Okino demuestra al hacer desaparecer un fondo o manifestar el comportamiento maniático y visceral de Yuki mediante la deformación de sus rasgos. Mostrando paralelamente a los delirios de Yuki y a las reacciones de Enishi momentos de su niñez por los que sabremos más de la relación entre ambos personajes o sus motivaciones.



Blanca Mira además de guionista es también escritora de novelas, y tiene en su haber ser la ganadora del X Concurso de manga de Norma editorial junto al dibujante Balust por la historieta de ficción oscura Ad mortem (publicada en 2016 por Norma). Mientras que Fátima López, o Kaoru Okino, cuenta con varias obras de su completa autoría, como la serie Ugnis (compuesta por tres libros) y Hell’s Heaven, más una tercera historieta realizada precisamente junto a Blanca Mira todavía inédita; también primer premio del concurso de manga de Norma editorial, que debería publicarse durante 2020. Y ahora podéis jugar a ver cuál de las dos es más guapa, porque yo pienso largarme a comprar el número dos en cuanto... "¡Lechuzón!" "¡Afilador de..."
BANG!
BANG!
BANG!

Debemos familiarizarnos con el consumo de mangañol están haciendo por llamarlo así, ¡qué le voy a hacer yo!— si queremos sobrevivir como lectores aficionados, y Panceta manga es lo más barato desde la cancelación de la serie de David Ramírez B3. La imitación tan lograda de una auténtica cabecera japonesa, que lógicamente parece enloquecer a los adictos españoles al manga, puede hasta mejorar alguna de las características que aún se mantendrían vigentes en Japón entre estas publicaciones periódicas. Seguramemente la imposibilidad de encontrar en una misma revista historias de subgéneros tan dispares entre sí como el yuri con otras pertenecientes al shōnen más ortodoxo. Permítaseme añadir que la oportunidad de leer una serie o historieta hecha a nuestra medida no acaba en las pocas que he podido enumerar hasta aquí. La ciencia ficción tiene gracias a Álvaro Jaudenes y Alba Cardona dos series que aspiran a prolongarse a lo largo de muchos capítulos. Y dibujantes como Judit Mallol, Akira Pantsu, o Numoris, han aportado breves historietas con la suficiente impronta personal para no tener nada que envidiar a autores más veteranos como Ken Niimura y Ana Oncina con los que comparten espacio en este primer número. Incluso un proyecto todavía tan difícil de valorar como el que están llevando adelante Marc Bernabé y Oriol Estrada junto a la dibujante Marian Company al trasladar en forma de historieta la historia de este medio en Japón y la llegada de las publicaciones manga a España, con los títulos de Historia del manga (reelaboración de la misma serie publicada en la funesta revista B's Log) e Historia del manga en España, es para no dejar pasar ningún número. Tal vez resultén más artificiosas que otras obras de similares características que abordaron desde los Estados Unidos la historia del medio a través de la historieta, como Comic book history of comics (IDW Publishing), pero hasta el momento ambas series se han revelado mínimamente llamativas por tratarse de relatos planteados a partir de personajes ficticios y no a una forma de ensayo mezcla de tramos de historieta y composiciones ilustradas poco diáfanas y sobrecargadas.
Apenas existe una deuda más grandes que la que los editores españoles contrajeron al liquidar como modelo editorial la revista de historietas. El esfuerzo que han asumido desde Planeta cómic es colosal, y, a pesar de que quizás sea todavía demasiado pronto para ponerse a hervir corazones en ningún puchero y repartir las cucharas de plata entre los oseznos, uno ya casi puede sentir ese calorcillo bajándole hacia el estómago. 
Y, no sé, ¿todo el mundo odia el manga tanto como yo? No veo demasiadas reacciones a la salida de esta publicación. ¿Qué otra editorial puede jactarse de contar en su catálogo con un número tan importante de autoras españolas? ¿O de producir historietas con la regularidad necesaría para mantener una revista?

[1] Chiste escatológico recurrente en Historietas a pedales. (Denúncielo en Facebook.)
[2] Mangaka: los que cargan con el manga. (Pronto en el diccionario español de la RAE.) 
[3] Y mi serie favorita en Planeta manga es...