lunes, 8 de febrero de 2021

Un sansón de posguerra: Phylax —El incidente Martinhebrón—

De entre los sueños dorados que desde hace mucho tiempo se le presumen a los consumidores españoles de historieta todavía parece gozar de una cierta vigencia la idea de que todo lector de tebeos hijo de Vertice, Forum, Zinco y la madre, desearía más que ninguna otra cosa el poder seguir las aventuras de algún auténtico superhéroe español. Una ilusión probablemente no del todo desajustada a la realidad. Pues no han sido pocos los intentos de idealización de personajes y colecciones que, superando un enfoque estrictamente paródico de la tradición superheroica, se han llevado a término desde los años ochenta a hoy. Mediante abordajes de lo más variopinto, y al cargo de editores y creadores de mayor o menor fuste, que lamentablemente acaban compartiendo un fin peor que el éxito o el fracaso como es el de la falta de continuidad. Así series que preludiaban un futuro promisor para este subgénero incluso dentro del mercado español son dejadas de lado en cuanto sus autores tienen la oportunidad de trabajar por un mejor salario para editoriales extranjeras sin que en contrapartida estas obras alcancen algún tipo de proyección en el exterior. O, como ha ocurrido tantas veces, creadores y personajes pueden ser reclamados circunstacialmente por algún mediano editor apenas con la buena intención y el deseo de albergar en un rinconcito bien recogido de su catálogo una obra de producción nacional. Tales experiencias se ven reforzadas por la implantación de los universos superheroicos Marvel y DC y el seguimiento y fidelización que han sabido trasladar sus triunfantes ediciones españolas entre un amplio sector del público consumidor de historietas. De tal modo que esta hoguera de las ilusiones continua alumbrando a aficionados y autores en su búsqueda del superhéroe patrio definitivo al levantarse las persianas de las librerías especializadas. 
El peso relativo del subgénero en el seno del mercado español no parece difícil de valorar. Al mismo tiempo, está clara la existencia de dos grandes casas editoriales dependientes de licencias que a su vez constituirían el soporte comercial de una mayoría de las librerías que aun permanecen abiertas en nuestro país debido a su volumen de títulos y diversidad de formatos. En el caso de Panini España incluso podemos encontrar propuestas superheroicas totalmente ajenas a la intendencia de Panini Comics y los tebeos Marvel gracias a otro de sus sellos, eVolutions Comics. Un ejemplo particularmente elocuente de las dificultades para llegar a definir una línea editorial dentro de un mercado de imposibles, todo cabe en eVolution Comics, pero que no obstante viene ofreciendo raras producciones nacionales de la mano de guionistas y dibujantes que no solo se ejercitan con un nivel de profesionalidad máximo sino que actúan dentro de géneros afines a un público tan exigente como suele ser el de los aficionados a la ciencia ficción y la aventura histórica. Por 2019, dentro de este particular reducto de la historieta nacional que es eVolution, les tocó el turno de dejar su huella en el subgénero superheroico a Gol y Pedro Camello con su tebeo:

 
Phylax —El incidente Martinhebrón— nos introduce en la que a esta altura bien podríamos considerar una especie de corriente o tradición dentro del desarrollo del subgénero superheroico en España al volver a plantear un nuevo relato historietístico en el que se vincula el conflico de la Guerra civil española y la génesis de un superhéroe. Son bastantes las obras que dentro del subgénero recogen referencias directas a este período histórico y que además lo han conseguido de forma tan consistente como Iberia Inc. y Triada Vértice, dos series interrelacionadas con las que Carlos Pacheco y Rafa Marín se adelantaron a contarnos las consecuencias de la Transición española mucho antes de que las vicisitudes de la familia Alcántara se hicieran conocidas a través de la televisión, o que incluso han jugado a crear futuros alternativos realmente inusitados y sorprendentes como aquel al que nos trasladaba Rayos y Centellas. Y cabe recordar también alguno de aquellos proyectos en los que se intentó imbricar historia y cultura popular a través de un indisimulado rescate de gloriosos personajes de la historieta española como hicieron Vórtice y ¡García! El desfile no estaría completo sin una mención a la serie Piel de toro y a la extensísima y bien armada línea de tebeos del Universo 1936 editados por Carmona en Viñetas, ya que esta colección se ha constituido en un enclave ineludible para la historieta española dentro del ámbito de los superhéroes como de los tebeos sobre nuestra Guerra civil. 
La introducción de un conflicto bélico del pasado dentro de las ficciones superheroicas no es un fenómeno insólito. Ni un asunto argumental que en la actualidad únicamente ataña a los autores y editores españoles. Incluso Francia, un país que tiende a ser presentado a ojos del aficionado español como naturalmente reacio al consumo del tebeo de superhéroes más tradicional y genérico, nos descubre todavía renovados universos muy similares a las franquicias de las todopoderosas Marvel y DC donde sus superhéroes tendrían por némesis principal al ejército nazi. Compartiendo tal vez no la carga patriótica de personajes como el Capitán América, y todos los otros superhéroes del comic book estadounidense que vieron acrecentada su popularidad durante la II Guerra Mundial al combatir a las potencias del Eje, pero sí un escenario y una base argumental parecido como el que pinta la serie Les Partisans, de Hexagon Comics, en un evocador ejercicio que cuenta hasta con su propio juego de rol; y además tuvo por guionista invitado en su primera entrega al mayor revisionista del pasado de la historieta superheroica, y cocreador del pintoresco supergrupo Invasores (Invaders), Roy Thomas. Otra realidad alternativa mucho más compleja es la que se plantea en la serie brasileña Pátria armada a través de una guerra civil con participación superheroica e imbuida de aspectos sociales y políticos de la historia reciente de Brasil. No hace falta trazar un diagrama para apreciar que tras conflictos como el de la II Guerra mundial o la Guerra civil española es posible encontrar un territorio hinchado de buenas semillas con las que regenerar viejos enclaves ficcionales y dar un nuevo empuje a cualquier narración superheroica. En Phylax —El incidente Martinhebrón— la Guerra civil española
es esa semilla que repercute en el desarrollo de la trama y en la concepción de su protagonista de forma determinante. A pesar de que la historia no se disponga sobre el tapiz mismo de ese enfrentamiento, sino hacia 1954 cuando la dictadura franquista encuentra una cierta rehabilitación internacional gracias a la situación estratégica del país dentro del bloque Occidental como aliado de los EE. UU. en oposición a los países socialistas del bloque del Este. De este modo al impacto de la aventura pura en el que se sustenta cualquier gran historieta de superhéroes tradicional suman el guionista Gol y el dibujante Pedro Camello la intriga e incertidumbre características de un relato de espionaje enmarcado dentro del período de la Guerra fría también provisto de notas tan diferenciadoras como las que pueden asociarse a la política racial franquista contra el "gen rojo" o las igualmente macabras del nacionalcatolicismo.

La identidad civil de Fernando Jara como minero en Asturias.

 
Fernando Jara, superviviente del batallón Phylax.

Los autores no se demoran a la hora de presentar al protagonista y su extraordinaria fuerza y vitalidad sobrehumana. Y en unas pocas páginas se hace evidente el domicilio moral en el que se ubica el personaje así como el panorama por el que transcurrirá la trama de espionaje que pronto va a desenvolverse en torno a Fernando Jara y su pasado. El nombre de su adversario y su filiación aparecen claramente en este horizonte que impulsará al antiguo sargento del ejército sublevado a abandonar Asturias y viajar a Madrid con la secreta misión de abortar cualquier posibilidad de que el experimento que le convirtió en el primer supersoldado y el más selecto representante de la pureza española vuelva a repetirse. Junto a él se nos presenta a su hermana Juli, una perspicaz e inteligentísima inventora autodidacta todo nervio y corazón pero menuda y emocionalmente mermada ante esta insuficiencia física, sin que por ello vaya a dejar de acompañar a Fernando en esta aventura. Tal vez la última o la primera de muchas otras. Eso está por verse en una partida que enfrentará el sadismo de los expeditivos agentes infiltrados del bloque soviético y la predilección por el engaño y el doble juego de cierta espía estadounidense que precisamente no favorecen las buenas intenciones de Fernando Jara. 
La trama podría haberse desparramado en una narrativa puramente aventurera dando preeminencia a la acción,
al estilo de una serie conducida por Geoff Johns y Lee Morder, y conseguir tal vez un excelente tebeo de superhéroes sin más, por fortuna, el guión retiene la presentación de los personajes logrando una caracterización muy precisa por medio de diálogos que detallan la naturaleza y el espíritu de los mismos. Como para redondear este buen hacer, el dibujo en parte estilizado y en parte caricaturesco de Pedro Camello se vuelve considerablemente detallista marcando a tinta con vigor y dureza los rasgos de los abundantes personajes secundarios que el guión no necesita rescatar de esa imagen peculiar con la que se han venido configurando los tipos humanos y la apariencia de las gentes que sufrieron este período de posguerra en otros medios como el cine y la televisión. Y que han de resultar evidentes y reconocibles para el lector actual. Los diseños del dibujante también aciertan a descodificar el estereotipo superheroico según el padrón estético del pulp para que la apariencia de Fernando Jara se adapte a la España de los años cincuenta y a lo que hoy podría considerarse un superhéroe español de época.

Eugenesia y nacionalcatolicismo superheroico

No cabe duda de que la situación de este superhombre ibérico [1] se presenta enormemente paradójica, marcada como está por su pertenencia a las tropas sublevadas y al régimen franquista en el que ocupan posiciones de privilegio sus principales adversarios. Aquellos que fueron mentores de Fernando Jara y que lo introdujeron en el Proyecto Phylax, los hermanos Emilio y Patricio Mondragón. Un obispo y un coronel, nada menos. Ese largo y difícil itinerario de nuestro superhombre desde su puesto como sargento del pelotón experimental Phylax en 1937 al trabajo como minero en la Asturias de 1954 resulta chocante y no hay momento en toda la historia en que se desaproveche esta contradicción. Ya desde la primera aparición del protagonista se nos hace notar la existencia de algún episodio transcendental del pasado, una ruptura de nivel que va a conducirse de manera indisociable de la trama de espionaje que le obligó a permanecer oculto entre los perdedores de la Guerra civil. Este misterioso suceso se nos presentará retrospectivamente al ir intercalando de forma segmentada los sucesos de la toma de la villa Martinhebrón por el batallón Phylax; en la que fue algo más que una simple escaramuza militar sobre la que se centrarían las sospechas de los servicios de contraespionaje establecidos en suelo español. De ahí su interés en relación a cierta leyenda sobre la intervención de supersoldados en la Guerra civil española. Los estudios de un médico llamado Eugenio Mondragón y la posible existencia de un suero de propiedades portentosas que podría transformar a un hombre normal en un soldado capaz de regenerar rápidamente las heridas más espantosas en pleno combate.
Se puede creer que no haría falta ser un voraz lector de tebeos de superhéroes para descubrir ciertos paralelismos entre la fórmula que transformó a Fernando Jara durante la Guerra civil y el suero del supersoldado que llevó al enclenque y débil Steve Rogers a convertirse en el Capitán América. Aunque tal vez podría parecer más conveniente acordarse de su contrapartida nazi Willie Lohmer alias Hombre supremo (Master Man), supervillano de la factoría Marvel con el que Fernando Jara compartiría el tratarse ambos de dos individuos únicos desde antes de someterse a ningún tratamiento experimental. Hombres capaces de representar a ese epítome de la salud física y la higiene mental que las teorías eugenésicas de regímenes totalitarios como la Alemania nazi propugnaban para sus futuras generaciones. Ideas luego trasladadas a la España franquista por alguien intelectualmente tan estrambótico y grotesco como Antonio Vallejo-Nágera, el Mengele español
[2], del que con seguridad los autores de Phylax se han servido a la hora de recrear el ideario supremacista que oculta la familia Mondragón, padre e hijos. Y sorprende al menos que guionista y dibujante no se decidieran a utilizar el nombre (incluso la jeta) de este pérfido y desleal psiquiatra una vez se accede a la sección final del libro y los documentos que a modo de dossier ficticio se ambientan en la propia trama, con una carta de Emilio Mondragón relatando a su padre el descubrimiento de un joven y rubicundo Fernando, la comunicación ministerial relativa a los progresos del escuadrón Phylax, y una entrevista al doctor Eugenio Mondragón en la revista ilustrada Blanco y Negro. Aunque no se trate de un detalle que comprometa la representación del contexto histórico-cultural en el que se desarrolla esta historieta ni la oportuna conjunción de aspectos intratextuales derivados del subgénero superhéroico. Estas teorías que en su época fueron adaptadas a convenciencia del ideario del nacionalcatolicismo dentro de su perpetua cruzada por la purificación de los elementos desafectos al regímen franquista son trabajados y manejados a lo largo de las conversaciones que el obispo Mondragón mantiene con Carmen Polo, esposa del dictador Francisco Franco, bajo cuyas alas se mueven los gemelos Mondragón en su idea de reactivar el proyecto Phylax; otro punto de conexión con la biografía del atrofiado psiquiatra. "La collares" forma parte de esos personajes históricos tras cuya tosca irracionalidad se puede encontrar respuesta a las fuerzas subliminales que removieron los actos de conciencia de los sublevados durante la Guerra civil pasando después generación tras generación como una herencia casi racial de la que está costando deshacerse. Una presencia que se redobla con la aparición del mismísimo dictador mediante una escena también de gran autenticidad y reflejo de ese talento para lavarse las manos y explotar en su propio beneficio cualquier giro de los acontecimientos que le hizo célebre.
En esta historieta son varias las referencias a esos cambios dentro del regímen franquista y el influjo y poder de distintos sectores a lo largo del tiempo.

Ilustración de contracubierta, más evocadora que la portada.

Un superhéroe español de manual

Phylax —El incidente Martinhebrón— es asimismo una historieta aventurera y llena de acción. Con tramos de elevada intensidad donde Pedro Camello arranca composiciones de página dinámicas y figuras de gran robustez propias de la tradición estética superheroica. Acertando de pleno en aquellas dobles páginas y viñetas que integran alguna onomatopeya exorbitada a imponer una velocidad narrativa acorde a las acciones extraordinarias que no sin cierta brutalidad ejecuta el protagonista. Con destaque para la secuencia en que Fernando Jara va a tratar de dar caza al coronel Mondragón en los cielos de Madrid asido de manera milagrosa al tren de aterrizaje de una avioneta por más de doce páginas casi enteramente mudas. Solo imaginar la posibilidad de una edición en color mete miedo.
Pero tampoco escapan a
l estilo fluido del dibujante otras escenas menos determinadas por la acción, o, incluso, por el desarrollo mismo de la trama principal, casi propias de otras historietas más implicadas en el género costumbrista y las temáticas realistas. La particularidad esencial de estas puede encontrarse en el magisterio impartido por el historietista español Carlos Giménez, al que ya rindieran tributo los autores de otras series y tebeos del subgénero superheroico con anterioridad, y del que se valen Pedro Camello y el guionista Gol para evidenciar a través de una expresión del habla popular, la indumentaria de los personajes secundarios, ciertas escenografías, o simplemente los trazos que logran transmitir el detalle de un rostro, ese retrato concreto de una época de miedo y penurías que fue la posguerra durante la España de Franco. Un modo de situar al lector para que penetre en el clima de la época y este período histórico a través de una conversación en la cola del ultramarinos o mientras se listan las viandas que los personajes están por zamparse. Incluso al encontrar una referencia a un personaje español de los famosos cuadernillos de aventuras como aquel inenarrable y poco conocido Hombre araña. 
Los tebeos de superhéroes en España no son una escuela, pero esto no quiere decir que sus más recientes lanzamientos pasen del todo desapercibidos. Si bien muchos de ellos no conciten el interés ni la atenta lectura que merecerían. En ese empeño, se hace obvio que enfrentan una difícil competencia entre la cornucopia de colecciones e infinitos formatos en que por hoy se manejan las imbatibles traducciones de las series Marvel y DC en nuestro país. Pero no es menos cierto que alcanzan a conformar un grupo de títulos de interés debido a haber superado hace mucho tratamientos meramente imitativos u homenajeadores [3]. En otras palabras, no se trata de productos ilusorios. Autores como Gol (José Miguel Gómez Andrea) y Pedro Camello reconocen la realidad. Saben por dónde se mueven, y, seguramente, también a quién se dirigen con esta obra. 
Tal vez no lo tengan tan claro en la editorial Panini España y dentro de su sello eVolution por la falta de promoción con la que acometen el lanzamiento de sus escasas aunque a veces notables producciones nacionales. Y por su racanería al no proponer una edición en color que habría hecho justicia e incrementado por mil el atractivo de Phylax —El incidente Martinhebrón— entre ese público aficionado al subgénero superheroico que mensualmente consume páginas y páginas del colorín Marvel. Eso sí, el resto de desahuciados y desilusionados masticadores de historietas tendremos en nuestras manos un sólido tebeo como un tarugo de gordo, y no corto (26 x 17), con doscientas setenta y dos páginas y encuadernación en cartoné; un novelón dibujado de lo más apto si lo que uno pretende es noquear al librero y salir corriendo sin pagar con otros dos ejemplares más para regalo y un sobre del juego de cartas de Ratas & Catacumbas entre los dientes.

Lo peor es no saber si volveremos a leer nuevas aventuras de Phylax. Pues algo quedó por contar, por ejemplo: 

¿Será Fernando Jara una nueva representación antropológica más de esa figura hercúlea del floclore extremeño conocida por Juanillo el Oso? ¿Y qué fue del mono y del ratón objeto de la primera fase de la experimentación llevada a cabo por el doctor Mondragón?

Todavía una breve historieta para lectura en línea, esclarecedora del domicilio moral del prota y de la capacidad evocadora de sus creadores: ¡¡Gracias a Dios!!


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[1] No sea usted uno más y rescate su cerebro animándose a conocer los insondables hallazgos que encontrará en SUPERHOMBRES IBÉRICOS (2014, De Ponent), del bachiller en Tebeolatría Don Pedro Porcel Torrens. 

[2] Es lastima que la historieta española desaproveche una referencia más directa a nuestros espantajos históricos, que en nada desentonan respecto a un Arnim Zola o un Cráneo rojo:


[3] En qué modo pecamos para sufrir una serie como Círculo justiciero... "¡La Bella Guardiana del Amor y Justicia en traje de marinera, Sailor Moon! ¡En el nombre de la Luna, os catigaré!"

viernes, 29 de enero de 2021

¡Cómpralo todo! (Episodio CMLXIV)

Del lado del pompis de la historieta, y al pandero de algunos pocos desafortunados autores españoles, medró por breve tiempo una suerte de esponjosa y mórbida empresa que le tomó forma de almorrana al mercado de la historieta española. Una editorial que dio por culo durante poco más de una año lanzando sus aberrantes y malformadas publicaciones desde el tablón de su nave al mar de las librerías especializadas en tebeos, género fantástico y juegos de rol, con evidente saña y casi siempre a destiempo. Aunque hace ya de aquello casi dos décadas, todavía habra quien recuerde que estos piratas barceloneses se libraron de la bien merecida patada que autores y aficionados habrían tenido derecho a ejecutarles en dos partes (de atrás hacia adelante) por haber llegado a editar sin acuerdo o consentimiento de sus legítimos creadores recopilaciones de series como El baile del vámpiro o Monique y Denise. No, no se atrevieron a disparar sus carronadas contra la arboladura y las velas de un Tintín o un Mortadelo.
Con dos piernas, más un prolapso rectal de dos palmos y medio que mirado del derecho o del revés tendría las hechuras de una rugosa pata de palo rosada, Proyectos editoriales Crom es bien conocida por cebarse con la fantasía heroica. Y no tanto debido a la desastrosa edición ilustrada de un relato de Robert E. Howard como por haber prolongado sus dolores mediante un juego de rol basado en la entonces archipopular producción patria Bribones. Serie desarrollada originalmente por el guionista El Torres y el dibujante Juan José RyP en el seno de la editorial malagueña MegaMultimedia que años después sería reconducida comercialmente hacia los Estados Unidos a través de Amigo Comics. Iniciando una nueva y exitosa etapa que, gracias al obsequioso alistamiento de varios dibujantes y coloristas, viene extendiéndose a lo largo de diversas miniseries de comic books prontamente traducidos al español por la editorial Dibbuks, dando forma a cuatro libros lanzados de 2015 a 2017, en concreto, y por Karras Comics desde este mismo año, con la publicación de una reciente ración de bribones de solapada y astuta inspiración lovecraftiana como resulta ser el tebeo titulado La sombra sobre Gerada (Rogues!: The Sadow over Gerada).   

Mantened las piernas cruzadas hasta la llegada de su inminente reseña. 

A mí el rol ni con pan.

Incluso a alguien que apenas sepa cómo gatos funcionan los juegos de rol le bastaría una somera lectura de las reglas y las propuestas de este juego asentado en la fantasía rufianesca de Bribones para hacerse una idea de lo apresuradamente que se debió elaborar. No dudo que sus hojas amarillentas y una rara cuartilla que se anuncia como ficha de personaje le servirían a un experto rolero para valorar lo endeble y poco serio de un proyecto como aquel. Mediante el que sus editores seguramente pretendían aprovechar el tirón de los personajes a la vez que multiplicar el interés por la posible continuación de esta saga historietística; sobre la que de boca del mismísimo guionista y creador de Bribones llegó a informársenos en un breve texto a modo de epílogo contenido en el suplemento de este juego, titulado La maldición de la gallina. Otro librito que al menos sirvió para recuperar la historieta de igual título dibujada por Juan José RyP. 
En fin, ese y no otro debió de ser el motivo por el que acabé sumando a mi tebeoteca personal un juego de rol. Pues entre los muchos desórdenes cognitivos y aberrantes hábitos sociales que una actividad de tan alto riesgo para la salud mental y la paz emocional como el coleccionismo de tebeos e historietas arrastra consigo jamás llegué yo a padecer seriamente de fiebres roleras. Quizás algún arrechucho de no más de media hora que pueda compararse al desconsuelo de una calentura. O a los tormentos comunes a un trastorno intestinal pasajero. Otros sin embargo no pudieron seguir con su vida después de haber aspirado el rapé de los juegos de rol y jamás superaron esta especie de rara modalidad de ludopatía. Cuanto más siniestra por encontrarse apartada del ámbito de explotación de las monumentales industrias del juego, como casas de apuestas, máquinas tragaperras, loterías, y casinos, gracias a las que otros desahuciados espirituales consiguen hacerse un hueco en la rueda del capitalismo cristiano y las modernas sociedades tribales orientadas hacia las competiciones deportivas o el consumo televisivo y los videojuegos. Evitando el tipo de marginación más radical de estos aficionados a los juegos de rol de cuya masticación resultan tan escasos y pobres nutrientes crematísticos que ningún operador de bolsa tendría en cuenta la explotación de sus almas. En cambio, os digo: 

"¡Qué gran suerte el vivir encadenado a los tebeos y no haber caído en las insondables tinieblas de los juegos de rol!"


Uno de verás se congratula al ser consciente de que con su prurito coleccionista está participando en una actividad masticatoria que al menos redunda comercialmente en un ámbito superior, como es el de la industria cinematográfica. Incluso en otros sectores de menor consideración social pero igual o superior importancia económica como los que puedan suponer los videojuegos o la pornografía. A los que desde hace mucho tiempo la historieta contribuye con un importante impulso a nivel creativo y de implantación comercial de sus productos. Y mientras tanto qué han logrado los juegos de rol en el mundo más que urdir una red de falsas esperanzas y quiebras de capital como las que se tejieron en torno a fenómenos tan triviales y pasajeros como Vampire: The Mascarade. Por no hablar de Dungeons & Dragons (Ratas y Catacumbas, en español) y su fútil intento de trasladar el gusto por la estrategia y la disciplina castrense a una generación que acabaría llevando al desastre a los EE. UU. en sus campañas militares en Medio Oriente apenas dos décadas después de que la administración de Gerald Ford impulsara de modo subrepticio en los institutos estadounidenses una delirante afición por este juego diseñado bajo el asesoramiento de antiguos psiquiatras nazis al servicio de la CIA por Gary Gygax y Dave Arneson; ambos agentes de los servicios de contrainteligencia norcoreanos, tal y como reveló Frant Mentzer con la publicación de sus memorias bajo el título de Dados rojos: Un friki al servicio del Kimilsungismo-Kimjongilismo durante 2015.
Actualmente es otro el embalaje intelectual de los tebeos y la historieta se cuenta por fin en el censo documental de los apetitos culturales más provechosos entre las clases sociales elevadas o aquellos obreros universitarios con aspiraciones de una auténtica y monárquica elevación social. De modo que a ninguno de nuestros editores del veinte y eso se le ocurriría confundir hoy al público aficionado con la falsa intermedialidad que a los juegos de rol se les suponía cuando su toxicidad y la depravación de su difusión a través del gobierno secreto del mundo no resultaban del todo claras y tan patentes como el auge del arte libre plenamente democrático de la novela gráfica contemporánea y sus modernas temáticas y superiores abordajes de los subgéneros tradicionales viene demostrando a plena potencia desde hace al menos dos décadas. Son muchos e invariables los ejemplos de este cambio (o mutación, según la terminología santiagomarciana) mediante el que la historieta contemporánea y sus lectores han logrado desembarazarse de la manida asociación con el mundillo de los roleros ennoviados. El acné y ese perenne olor a virginidad clueca y pana sudada típica de las partidas de rol. Incluso dentro del mercado español de la historieta y entre sus pequeños editores. Y así guionistas y dibujantes tan prominentes como los que engalanan el catálogo de la editorial Karras Comics pueden enorgullecerse al ver sus obras participando de un proyecto intermedial como el que su editora jefa ha sabido construir alrededor de la historieta y el consumo adulto de alcohol. Pues no existe mayor aprecio que el que un público maduro como es el de la novela gráfica contemporánea practica al soplarse un trago de tequila entre viñeta y viñeta, como Scott McCloud recomendaba. Consejo que en Karras Comics han seguido al desligarse de las viejas convicciones que anudaban y constreñían la historieta de género y a su acomplejado y cochambroso público. Y ello gracias al simple obsequio de unos posavasos delicadamente ilustrados para lectores mayores como los que consumimos este nuevo tipo de tebeo, que puede tenerse por el paradigma de una alianza entre la historieta y las empresas de bebidas alcohólicas en aras a la normalización del medio y el desarrollo de una industria editorial eficaz. Iniciativa que debería ser replicada por el resto de editoriales que de ahora en adelante decidan sumarse a la ruta de la dignificación del cOmic, demostrando que es posible beber alcohol y leer al mismo tiempo.
¿Acaso el número de borrachos que ruedan por el mundo ha sido alguna vez inferior al de los jugadores de rol?
Pues eso.

"Que donde hoy hay una librería, mañana abra un bar."

¡Vamos, hombre... menos frikadas, y más posavasos como estos en las librerías.

lunes, 21 de diciembre de 2020

Viaje por el Caos y visiteo al Infierno

EXPEDIENTE GUARRER:

[...] .......... es una de las editoriales más extrañas, refinadas e inteligentes que jamás se hayan dedicado a la historieta en España. Y todavía estamos lejos de poder evaluar hasta que punto supondrá una amenaza para nuestros objetivos con vistas a la suplantación de las librerías especializadas en territorio español. Recibir cualquiera de los tebeos de su catálogo ha trastornado a no pocos lectores aficionados que, como nuestro primer sujeto experimental (Expert Patient I-Isma), solían sentirse seguros respaldando las decisiones de aquellos grupos y asociaciones capaces de influir en la recepción y el recorrido comercial de una obra o de un autor. Pues hemos comprobado cómo lectores que hasta ahora se creían suficientemente exigentes según los criterios de evaluación de una memoria cultural de la historieta española significativamente estereotipada comienzan a cuestionarse los mecanismos de descarte y exclusión a partir de los que emprendimos nuestra misión evangelizadora. Ya no son esa gente alegre y confianzuda que nos encontramos al llegar a este sector. Ya no quieren nuestros marcapáginas de seda ni aceptan a veces nuestra presencia entre ellos. Todo cuanto antes era afabilidad se ha convertido en terror y luchas. Cuesta avanzar hacia una línea de progreso constante cuando la mayoría de nuestros divulgadores no logran ser escuchados por estos salvajes consumidores de tebeos. Muchos de los cuales se habrían internado en lo más profundo de sus tebeotecas para no dejarse volver a ver. Una situación como no hemos encontrado al invadir otros medios; menos de dos años nos bastaron para acabar con la venta de casetes en gasolineras y bares, por ejemplo. [...] Los últimos consumidores de historieta ni siquiera parecen humanos, y, si bien es posible que lograran encaminarse hacia su propio exterminio a base de tirones de pelo y patadas en las espinillas, mientras editoriales como .......... escapen al control directo de nuestra plataforma es posible que ni eso llegue a cumplirse del modo que necesitaríamos para que la implantación del circuito aéreo de drones a butano fuese viable en un corto plazo de tiempo.

P.D. Extinguida la utilidad del Expert Patient I-Isma procederemos a la eliminación de su canal en YouTube, "Mira tú qué baldas!", así como al reemplazo de las páginas personales aún activas en sitios webs de redes sociales bajo los seudónimos La Cachulera del cómic y Comix con VOX. (También se cancelará el lanzamiento del libro "¡Háztelo con Marvel!" contratado por Panini Comics Spagna, a cuyos editores indemnizaremos con los bocatas de chóped estipulados por convenio.)
 


La historieta se mantiene como una manía, una obsesión, con admiradores fieles y consumidores caprichosos. La mayoría de ellos adultos dispuestos a perder algo de tiempo (¡y hasta toda una vida!) en la búsqueda de un ejemplar de no sé cuál publicación en la que tal vez poder encontrar una entrevista o fotografía rarísimas de ese autor excepcional o apenas peculiar y poco reconocido. Quién sabe si uno de esos dibujantes depositados como relíquias en el recuerdo de dos y tres aficionados al placer barato de los tebeos. Cuando la verdadera significación de estos distaba mucho de satisfacer el enrevesado interés conventual de pacientes expertos y doctores en historiología comiquera como los que hoy se ocupan a todo corazón y golpes de sesos en el análisis y la recuperación de las más variadas historietas y autores. Un esfuerzo en el que no suelen coincidir el editor y el estudioso. Por muy extraño que parezca, el teatrillo de brillo y filigranas mediante el que se fomenta un interés coyuntural por el medio junto a mensajes grandilocuentes que prometen transportar al público consumidor hacia una era de desvergonzada novedad tampoco parecen otorgar una función exacta a los pocos actores inclinados a mostrar el significado y la función del pasado y la memoria de la historieta española y sus autores. [1] No obstante, de entre el exorbitante abanico de minúsculas editoriales que pugnan por enturbiar el buen juicio del aficionado español ninguna proporciona criterios tan fiables al plantearse la exploración de esa memoria cultural como Isla de Nabumbu ediciones. Desde un reducido catálogo, inaugurado a fines de 2018, con el que se pone de relieve cómo las decisiones de editores y críticos pueden modificar las condiciones de recepción de una historieta y definir la permanencia en el mercado de un autor. Ampliando de paso el horizonte de expectativas de todos aquellos lectores dispuestos a observar un panel tebeográfico lo más amplio posible a través de la recuperación de obras que pudieron disfrutar de un mayor o menor impacto en su día pero a las que después no se supo encontrar encaje dentro del mercado historietístico por cuestiones socioecómicas ligadas a los distintos soportes de edición. Que pueden llegar a extinguirse de una a otra época y tan importantes son a la hora de valorar la trascendencia presente o futura de cualquier historieta.
Por orientación y objetivos, destaca el bautizado por el propio editor como Proyecto Auraleón: intento de rescate de la obra de un singular dibujante español ligado a la mítica editorial Warren Publishing y a los años del "cataplum del cOmic" de finales de los setenta y comienzos de los años ochenta, Rafael Aura León (1936-1993). Un autor que encontró recepción y aceptación en el más basto ámbito internacional dentro de la llamada invasión española a través de revistas de historietas estadounidenses como Vampirella, Creepy o Eerie, y cuya fama se prolongó al menos en nuestro país gracias a las cabeceras auspiciadas por el inefable Josep Toutain hasta finales de la década de 1980. Jamás recuperado después y muy pronto olvidado por la mayoría de lectores, que ni de un sencillo recopilatorio de este dibujante como los que Toutain solía dedicar a sus autores más prolíficos pudieron presumir tras la debacle de las revistas españolas, Auraleón vuelve a abrirse camino en la conciencia de los consumidores de tebeos gracias a la labor del Téorico (metasíquico) / Articulista (piroquinético) / Crítico (retrocognitivo) / Autor (hipnopómpico) / Prologuista (volador) / Documentalista (psicométrico) / Coordinador (omnipresencial) / Editor (rumboso (!?)) Javier Alcázar. Pero no se crea que es la primera vez que a este todo-lo-qué-quiera-que-sea además de Editor (rumbooso (!?)) le da por imaginarnos a los aficionados pensando en repartir otra vez laureles y escribir nuevos listados con lo mejor que la historieta española ha parido. Esta manía por una revisión del peso de la selección sobre obras y autores, que en cada época puede llevar a valorar formal y temáticamente la historieta bajo criterios muy distintos, ya se dejó entrever hace más de una década con ocasión del lanzamiento de la quinta entrega de la segunda época de la revista sobre historieta Tebeosfera. Un horror de número que nos contagió cierta comezón que ahora solo los productos editoriales de Isla de Nabumbu pueden mitigar. Productos incluso de desacostumbrada sofisticación para nuestro mercado como un lujoso porfolio compuesto por esas ilustraciones que se entregaban a modo de pósteres en la revista Vampus. Aquellos que uno rara vez sí llega a encontrar conservados de mala manera junto a un herpes o un tétanos entre las montoneras del tebeo abusado y la historieta de arrope. 

"Por primera vez reunimos las ilustraciones que realizó Rafael Auraleón para los pósters de la revista “Vampus”. En total son catorce ilustraciones que no han vuelto a reproducirse desde su publicación en los años setenta, espléndidamente restauradas y recogidas en una carpeta a modo de portfolio. Una oportunidad única para conocer y disfrutar del mejor arte de Auraléon, que demostró en estas ilustraciones la perfección a la que había llegado en el dibujo y la capacidad de transmitir el horror mediante su arte."

 

Otro editor se habría resignado presentando algunas de estas ilustraciones como simple relleno de cualquiera de sus tebeos; probablemente, sin molestarse en indicar su procedencia. Pero para el editor de Isla de Nabumbu el intento de comprender y rescatar la figura de Auraleón no se limita a recopilar y seleccionar algunas pocas historietas. Y este portfolio, servido en una doble edición diferenciada por su distinto tamaño y precio, da muestra de ello. Enriqueciendo los anaqueles de las librerías con una propuesta incluso más arriesgada que emplazar a ningún lector aficionado en una justa por la restitución de un autor concreto. Una idea que quién sabe si no ha de ser aprovechada por otros editores que a partir de hoy puedan tratar de introducir nuevos portfolios o libros dedicados a la ilustración fantástica con los que resarcirnos a los amigos de la fantasía heroica de este ya declinante año dedicado a "Conan el amojamao", con el que nos mortificaron desde la madre Marvel y sus superhijos de Panceta cOmic y Pachichi Spagna. [2]
Esta lenta y reflexiva operación de rescate, un caso editorial fascinante por partir de una situación no solo poco propicia sino tan plena de adversidades que ni el comienzo de un cuentecito popular ruso, no habría sido posible sin la contribución entusiasta del Equipo JA-AN. Responsables por el tratamiento integral de otro proyecto de recuperación del patrimonio historietístico español mediante el que se repuso parte de la obra cubana del historietista Juan López Fernández en forma de dos álbumes esplendorosos editados por la Asociación Cultural Tebeosfera que servirán como fuente de documentación y harán el disfrute de los aficionados y estudiosos que durante los próximos siglos traten de rastrear algún ejemplar sobrante a través de Chollocolección, Los cuentos de Din Don y Más cuentos de Din Don.

Equipo JA-AN (Foto: Whakoom (정찰총국 ©℗®™))

También sería necesario subrayar la actitud comprensiva y el afán de colaboración de los herederos de Auraleón. Pues no son pocos los familiares de autores y editores ya desaparecidos cuyo celo o intransigencia les lleva a desconfiar de quienes a ellos se aproximan con la intención de promover cualquier clase de reedición. Ya por sobrestimar el rendimiento económico que concierne a la ingrata labor editorial en torno a la edición de este tipo de publicaciones en España o debido a una indiferencia y un desconocimiento absolutos sobre las dimensiones comunicativas y artísticas del medio y su interés histórico. Afortunadamente, no ha sido este el caso de los herederos del dibujante de Caos y Viaje al infierno, los dos tebeos de Auraleón publicados por Isla Nabumbu hasta la fecha, que además nos han brindado la posibilidad de disfrutar la ilustración (inédita) que luce en portada el primero de los dos álbumes mencionados. 

Despuntando en lo grotesco: Caos

 

Caos y otras historias fantásticas se presenta como un sólido y hermoso libro en forma de álbum (32 x 24 cm) de noventa y seis páginas con encuadernación en cartoné y guardas ilustradas, recopilando de manera ordenada y en atención a su fecha de publicación original catorce historietas creadas por Auraleón para la revista 1984 junto a una última de misma temática y estilo que apareció publicada en Ilustración + Comix internacional, cabecera igualmente vinculada al yugo de Toutain editor. Historietas en blanco y negro la mayoría de ellas con una extensión de seis páginas, solo Reo superaría este número al extenderse por un total de ocho, mientras que la publicada fuera de la revista 1984 y titulada Alicia se quedaría en dos páginas, de las que en todos los casos su editor más reciente se ha cuidado en conservar la rotulación original obra de Eduard Ripoll (corregida allí donde hubiera alguna errata) así como los rótulos de título que Martí Ripoll diseñara para cada una de las historias. El álbum cuenta además con una introducción a cargo de ese todo-lo-qué-quiera-que-sea e incluso Crítico (retrocognitivo) gracias a la que la recua de la Iglesia de los Cuatrocientos Fieles Aficionados y los doce pollinos de la divulgación podremos sacar como unos cien buenos renglones en la forma de una enciclopédica nota comiquera capaz de aportar sustancia a algún digerible condimento de letras allá donde todavía brillen la popularidad y la fama universales. Pues se trata de esa clase de estudio previo bien elaborado, claro y sustentado en una tebeografía rigurosa, con ejemplos adecuadamente introducidos y analizados acerca del estilo de Auraleón y la influencia de otros artistas. Hasta didáctico en las pocas puntualizaciones que así lo necesitan, como aquellas que de forma muy resumida exponen algún hecho o circuntanscia editorial relativo a la época de realización de las obras recopiladas y a los años en que transcurrió la propia carrera de su creador. Introduciendo también algunas notas importantes sobre una biografía acerca de la que siempre circuló cierta reserva debido al triste final del dibujante. 
Quizás todo pueda resumirse en función de aquel corto período de entusiasmo por la historieta de autor ("¡Cataplum!") que cobró impulso en nuestro país con el nacimiento de las primeras revistas de Nueva Frontera y Toutain editor, durante el que Auraleón suministró a la cabecera 1984 editada por Josep Toutain una sucesión de obras adscritas al género de la ciencia ficción según un patrón que luego algunos críticos y no pocos aficionados han venido asociando con la labor de muchos de los artistas españoles que campearon por esta y otras publicaciones parecidas. Autores a los que se suele presentar de modo escarnecedor como simples depositarios de una técnica muchas veces sobresaliente puesta al servicio de personajes y argumentos triviales y que por lo general se asume tampoco descollaban por su sofisticación en téminos de narratividad. Una imagen producto ante todo de una comprensión parcial de aquel período y una ignorancia aun mayor acerca de la verdadera trayectoria de los autores que lo protagonizaron. Y que en ocasiones no suele demostrarse mas que una valoración muy útil a la hora de ensalzar aquel tipo de perspectivas en torno al medio que privilegien un sentido de la actualidad de cara a su relevancia y prestigio futuros. Bajo perspectivas arrogantes y autoritarias desde las que se juzgan estilos y obras arrumbando por anticuados a uno u otro autor según los intereses del crítico o del aficionado, aun cuando se tenga la pretensión de estar redefiniendo con ello una auténtica construcción histórica; ejemplo de este tipo de actitudes pueda ser el calificar a Víctor de la Fuente como un narrador inferior a su hermano "Chiqui". [3] Una percepción inexacta cuando no interesada que posiblemente a muchos aficionados les resultara difícil llegar a contrastar por lo inaccesible de las obras y publicaciones que sería necesario examinar para tal fin. Por suerte, esta antología editada por Isla de Nabumbu bajo el título Caos y otras historias fantásticas mediante la que ahora se recuperan todas esas historietas tan de autor como las que actualmente así se autoproclaman a bombo y platillo induzca por igual a los lectores más lozanos como a los más achacosos a replantearse algunos de esos criterios incomprensibles a los que suele reducirse el trabajo y el estilo de tantísimos historietistas, dibujantes y guionistas españoles.

La vieja ola de las rapsodias interestelares

Si bien el planteamiento de las historias recopiladas en Caos no escapa a los clichés usuales en las obras producidas para la mayoría de revistas de historietas que eran comercializadas por esos años las quince historias fueron apareciendo de marzo de 1982 a diciembre de 1983, según consta en el cartucho cronológico que complementa la introducción: "Auraleón como autor completo: experimentación y distopia"—, se trata de historietas que todavía conforman un conjunto de obras singularizadas por casi todos esos detalles que caracterizaron la producción más recordada de Auraleón. Aquella elaborada junto a distintos guionistas desde los años setenta bajo el marchamo de Warren Publishing en torno a las fórmulas asentadas por las revistas del género de horror y terror. Géneros que pudieran haber demandado un tratamiento a veces enfrentado al de la ciencia ficción con la que en aquel momento el dibujante español trabajaría escribiendo e ilustrando sus propias creaciones dentro de la cabecera 1984 de Toutain editor mediante una serie de historietas capaces todavía de destapar una nueva envoltura visual. Bajo una voluntad estetizante idónea para marcar el tiempo, la atención y el enfoque, y seguir manteniendo esas escenas desasosegantes, recargadas y generosas en detalles a las que se habían hecho sus lectores.
Ese estado de cosas nos proporciona historietas conclusivas sin más conexión entre sí que su temática y género muy dispares donde la hipérbole grotesca y cierta voluntad paródica no acaban de acoplarse al tipo de historieta con mensaje cultivada por historietistas como Alfonso Font por esa misma época. Desde estructuras y recursos casi igualmente artificiales, y temas también típicos de la ciencia ficción, pero que Font lograba maniobrar con mayor tino buscando influir en la conciencia del lector. Por mediación de unos cuidados diálogos y textos que no entrasen en conflicto con el efecto que pudiera buscarse a través de un final sorprendentemente crítico sobre la condición humana, o, quizás, cómico y también revelador de un encantamiento social de tipo más perverso. Que Auraleón no parece naturalmente dotado ni capaz de reproducir de una forma convincente en ocasiones. Pudiendo provocar indiferencia y disgusto en el lector al enfrentarse a una historieta como la titulada Embudo, protagonizada por un piloto de caza espacial que atraviesa por accidente un agujero negro, donde cartelas de texto extenuantes conducen un relato que se agota en un final premeditadamente absurdo y de resonancias alegóricas. Pero falto de conexión entre sus elementos principales, y puede que más propio de una mala paráfrasis sobre la imposibilidad de cambio de los comportamientos belicosos que de una de aquellas otras historietas humorísticas que la dupla Tha & TP. Bigart desarrollaba desde una cierta piedad irónica para la revista El Jueves también por esos primeros años de la década de los ochenta. Aun así se trata de la ración mínima de irritación que todo lector debe padecer al afrontar cualquier antología al uso. Nos seduzcan o no sus propuestas, el tono lúgubre y pesimista cultivado en otras de las historias que Auraleón encauza a partir del absurdo, como Pelón, Reo, ¡Huye!, o Idilio, proporcionan la impresión de un universo narrativo coherente. De tratarse de unas historietas bien ejecutadas. Aunque desde el contexto de la recepción que impone una nueva época, Pelón y Reo no posean para el consumidor moderno de historietas más interés que volver a comprobar la eficacia de esa fórmula ingenua apta para proporcionar desenlaces de cierta conmoción. Que pueden llegar a satisfacer el gusto por lo imposible en el caso de ¡Huye! e Idilio gracias a la nada reductible sensación de zozobra que consigue provocar una simple operación de inversión en la naturaleza de los personajes justo a la finalización de la historia. Mediante ese protagonista en un principio perseguido por agentes robóticos de un complejo disciplinario cuya verdadera condición nos llega de improviso. O con el coloquio distorsionado entre los diminutos extraterrestres que al final se revela en una espeluznante visión tragicómica que ningún ser humano desearía experimentar. A no ser un lector extremo que viera como un buen colofón para su vida el protagonizar alguna de las historias absurdas narradas por los parroquianos de una taberna galáctica cualquiera.
A todo ello suma Auraleón un trabajo de la viñeta exhaustivo, pero de una manera distinta a la que cultivó en sus historietas de horror. Algunas de cuyas particularidades todavía puede jugar a desvestir el lector aficionado de una a otra historieta, principlamente a través de la caracterización de los personajes y al contorno a partir del que delineó a estos. Sus escenarios continúan siendo arrebatadores aunque ya no puedan definirse simplemente como barrocos. Existe una nueva disposición en el autor, un método más diversificado que suma influencias de dibujantes como Toppi, que Auraleón impone expresivamente en muchas de sus viñetas, no solo emulando sus dibujos y composiciones verticalizadas sino también su aptitud tan especial para privilegiar el equilibrio armónico de los espacios en blanco; el estudio previo resulta muy ilustrativo de este y otros aspectos que el lector novel podría tardar en descubrir por sí mismo. (¡Tonto el que no lo aproveche!) Un lector más humillado en el trato con los tebeos y décadas de un desgraciado abuso de la historieta puede dejarse llevar por el aprecio de una u otra de las influencias a partir de las que Auraleón llegó a renovar y prolongar un estilo igual o más reconocible que el de otros muchos autores coétaneos con los que llegó a compartir espacio a lo largo de una infinidad de publicaciones. Y que sin embargo han perdurado con mayor viveza en el recuerdo de los aficionados. 



 

 

La frustante El embudo tiene su mejor remedio en otra de las historias filtradas por la influencia de uno de los historietistas españoles más pujantes por aquel período de los enrolados en las publicaciones editadas por Toutain, Josep Maria Bèa. Y su serie Historias de la taberna galáctica. De la que el tono, el ambiente y el caleidoscopio de singulares personajes de Tornillos puede tomarse casi como un homenaje, o una necesidad, en la búsqueda de ese humor entre cómico y absurdo del que también se sigue la clase de contraste conseguido al combinar un dibujo realista y detallado junto a una descripción cómica y casi jocosa como el de la conclusión que Auraleón concibe para los experimentos del protagonista de la historieta titulada Punto.
Esa realidad ilógica y caricaturesca a la que Auraleón finalmente logró dar consistencia en varias de estas historias de ciencia ficción se acompaña de un catálogo igual de drástico acerca de las soluciones posibles a las imágenes de pesadilla consecuencia de conflictos bélicos de nivel global, los desastres medioambientales, la superpoblación, o las divisiones sociales. Todos temas a la moda de la ciencia ficción dejada al cuidado de unas historietas por lo general cortas que no permitían grandes vuelos argumentales y sin embargo gozaron de gran predicamento en la época. Y que por uno u otro motivo quizás algunos autores se vieran obligados a reproducir sin poseer una inclinación especial para ello; de todos modos ya no parece posible saber si Auraleón se introdujo en este género a pedido del editor de 1984 o lo hizo por voluntad propia, tal vez como una forma de experimentar a partir de nuevos escenarios y personajes o forzado ante el gradual desinterés del público lector hacia el ámbito temático del horror y sus subgéneros. Las historias más serias, esto es, con una mayor carga dramática, y no por ello carentes de una intención paródica que pueda llegar a aproximarse a algún ingrediente satírico debido a lo grotesco de ciertas situaciones sufridas por los personajes, también despuntan mediante relatos tan poco consoladores como aquel que lleva a descubrir al protagonista de la historia titulada Caos que los problemas del mundo futuro y las sociedades del pasado se encuentran conectados más allá de toda lógica racional. 
Todo es absurdo y sin sentido en las historias que Isla de Nabumbu ha acertado a compendiar bajo un título tan descriptivo como Caos y otras historias fantásticas. Aun sin gozar de la amplitud de la que podrían haberse beneficiado de llegar a ser planteadas hoy, algunas de ellas todavía nos proveen con notables reflexiones sobre la pérdida de la entidad humana. Los errores en los que Auraleón incurre como guionista en una u otra de sus historias son achacables únicamente al nivel narrativo, esa voz excesiva y a veces discordante de sus narradores, no a la partición de las secuencias narrativas y escenas. Siempre eficaz y rigurosa. Ni a una mala elección de uno u otro montaje de sus viñetas o páginas, que pueden ir alternándose con un contrapeso calculado a los efectos que el autor persigue desde la configuración más expresiva habitual al inicio de la historia a la exposición de la acción misma trasladando con mayor o menor celeridad a un personaje hacia una afinada y sorprendente conclusión. Cualquier carencia que podamos encontrar en sus primeras obras dentro del género de ciencia ficción son con mucho superadas por el interés de la evolución y los recursos que el dibujante fue sumando de una a otra historieta. De las que ni un solo original quedó en manos de los herederos de Auraleón, por cierto, y hasta se desconoce si se destruyeron o fueron a parar al arca del tesoro de algún ávido coleccionista renano, obligando a una labor completamente artesanal de escaneado y restauración viñeta por viñeta desde aquellas pocas publicaciones que podían encontrarse en un mejor estado de conservación. Un trabajo de restauración al que el Equipo JA-AN aunque más AN que JA en lo que toca a estas operaciones tan delicadas como borrarle el bigote a Henry Cavill píxel por píxel— debió entregarse de forma intensa hasta lograr lo que un editor de Dark Horse nunca sería capaz: 
Conseguir esa sonrisilla de satisfacción al constatar que no ha recibido ninguna amenaza de muerte tras la comercialización y distribución de una de sus publicaciones. 

La compenetración del Equipo JA-AN permitió apurar al máximo un proceso de restauración absolutamente mágico.

Tenemos pocas recopilaciones como esta, mirando hacia el pasado o al presente nada parecido podremos encontrar sobre autores gigantescos como Luis Bermejo o tan particulares como Adolfo Usero, y me temo que no serán muchas más las oportunidades que las editoriales españolas nos brindarán a los lectores aficionados en esta u otra forma. (No hay tebeos para los monstruos malvados...) La posibilidad de tocar con las manos una historieta que se va perdiendo de segundo en segundo es cada vez más improbable. El catálogo de dioses y la constelación de obras magistrales se difumina ante la imposibilidad de contrastar y hacer balance entre varias tradiciones y épocas. Y, por tanto, jamás llegará a realizarse si las pocas iniciativas existentes de este tipo de rescates no reciben la adhesión de una parte lo suficientemente apreciable de los estigmatizados consumidores de historietas que todavía se muevan desde el puro hábito y la fruición lectora más inquebrantables. (¡Todos monstruos!) Justo aquellos que apenas sí podrán seguir encontrando una justificación para su pervivencia como público en la medida en que sean capaces de recoger el pasado entre sus manos. 

"Comprad lo que yo os diga... ¡malditos!"

 El terror sobrio: Viaje al infierno

 

Menos de un año después de la presentación del Proyecto Auraleón, y el estreno de la editorial andaluza Isla de Nabumbu en el enervante mercado español de la historieta, le llegó la hora al segundo de los tebeos recuperadores de la obra de Rafael Aura León (1936-1993): Viaje al infierno. Que también lo es de Carlos Echevarría Alonso (1932 (?)), guionista y escritor cuya trayectoria en el campo de la historieta aparece ligado al de diversas agencias editoriales y obras de sindicación. Autor de vago recuerdo incluso para quienes pudieran haber seguido de primera mano una obra como la suya esencialmente popular, dispersa a lo largo de series y cabeceras tan dispares como Gringo, Delta 99, Drácula, Kung-fu, Hunter, Cimoc, Sargento Kirk, o Creepy, muy significativa de la escasa consideración que la mayor parte de los editores y muchos dibujantes otorgaban a la profesión de guionista incluso en plena época del "cataplum del cOmic". Relegando su labor a un segundo plano de manera no muy distinta a como solían operar las agencias editoriales ya desde los años sesenta y setenta al aglutinar mediante una labor fundamentalmente anónima la elaboración de series de encargo direccionadas a explotar la estela de algún éxito cinematográfico a partir de los géneros de horror y ciencia ficción, o subgéneros como el western, el espionaje y las artes marciales, bajo planteamientos típicamente aventureros y un carácter casi siempre episódico que resultaba en materiales fácilmente exportables a varios mercados a la vez por la simplicidad de sus propuestas argumentales. De hecho, seguramente al haber sido recogida parcialmente en forma de dos álbumes por Ediciones de la Torre, todavía a día de hoy para una mayoría de aficionados la obra mejor recordada de Carlos Echevarría no sería otra que una serie de este tipo titulada Géminis, que realizara junto a un titubeante y poco brioso Alfonso Font a pedido de Josep Toutain mediados los años setenta. Y quienes manejen alguno de esos esos dos tebeos publicados dentro de la colección Papel vivo entre octubre de 1979 y abril de 1980 sabrán que ninguno de los textos informativos que el editor dispuso para el aprecio del lector estuvo dedicado al guionista. No era sorprendente.
La faz de este libro de historietas se corresponde con la del formato álbum mediante el que Isla de Nabumbu persigue repoblar nuestras tebeotecas de cuidadas y escogidas obras, ya van por tres los álbumes así lanzados por esta editorial, encuadernación en cartoné más guardas ilustradas y al tamaño (32 x 24) ejemplar o más representivo para este tipo de productos. Un tebeo de cincuenta seis páginas que conserva la rotulación y el diseño de rótulos de título que realizaran Eduard y Martí Ripoll para la edición original de esta historieta en la revista Creepy de Toutain editor hace treinta y seis años. Una obra además recogida en forma de libro sorprendentemente por primera vez en esta edición.
De un modo muy exacto, podemos aplicar a un tebeo como Viaje al infierno las mismas calificaciones que ya utilizamos al referir el peso del estudio introductorio de Caos y otras historias fantásticas. En este nuevo prólogo titulado "Viaje a la locura" volvemos a quedar al cargo del que todo lo hace y es Téorico (metasíquico) / Articulista (piroquinético) / Crítico (retrocognitivo) / Editor (rumboso (!?)) [4] Javier Alcázar, una lectura agradable, cautivadora y eficiente, mediante la que el lector aficionado va a situarse en la época de producción de la obra. Conociendo algunos de los elementos y actores que fueron fundamentales para la eclosión de un tipo de historieta determinada por factores tanto internos como externos al propio mercado español. Importantes también a la hora de establecer la verdadera dimensión de las relaciones entre editores, agentes, y creadores, según un sistema de producción que todavía coleaba cuando comenzó a serializarse Viaje el infierno dentro de la revista Creepy en mil novecientos ochenta y cuatro. Todas ellas breves y concisas notas que cobrarán importancia al leer la obra. Estimulando el apetito del lector aficionado también por la trayectoria de Auraleón y de Carlos Echevarría, un motivo tan valioso como cualquier otro para sentirse recompensado ante la lectura de una historieta quizás tan desconocida como sus propios creadores. Que además puede encontrarse lejos de la realidad cultural en la que viven y consumen muchos aficionados, así como de las rutinas narrativas actuales y el tipo de presentación y formatos de historietas más modernas. De tal manera que se hace incomprensible la estimación no solo escasa sino pretenciosa de arrinconar cualquier referencia a estas cinco páginas introductorias cuando a veces se reseña de un modo tan apático como poco convincente este tebeo editado por Isla de Nabumbu. Después de quedarse dormidos ante el teclado del computador, supongo, y caer en el error de creer que nadie leería una reseña en la que no se menciona a Zurriamán, el Capitán Mesopotamo, o Wonder Moñas... Y es así que si damos por cierta la existencia de un lector medio representado a partir de la florida estampa de un nerd, la jeta cubierta de grasa y pelos encarnados de un friki barrigudo, o la sombra de algún monstruo de rostro desfragmentado que vague solitario por parques y jardines acosando a menores, también deberíamos aventurarnos a fabular con seres igual de folclóricos y etéreos como algún orden de divulgadores (próximo al de los artrópodos) con la apariencia de haber nacido trinchados por la mitad, sin brazos ni piernas ni órganos sexuales, y con el cerebro al aire. Seres divinos que escurriéndose cuesta abajo como bolas de queso malolientes por un prado de vivaces gramíneas multicolores van gritando bobadas sobre la salvación del cOmic y sus desdichados creadores mientras escupen pedazos de lengua y se les desenredan los intestinos. Stan Lee los bendiga a todos ellos, y Jack Kirby los patee cuando acaben de despeñarse en el más allá.

Sarcófago novelesco

Pese a que la serialización de Viaje al infierno en Creepy  llegó tras la quiebra de Warren Publishing, provocando una obvia carestía de material estadounidense que en adelante Toutain seguiría tratando de suplir de muy diversas formas para no dejar de suministrar historietas de similar calidad o interés a las múltiples cabeceras que mantendría hasta el cierre de la editorial en 1992, la postergación de la serie encargada por Josep Toutain a Echevarría y Auraleón dentro del inventario general de obras de producción española más comunmente destacadas por críticos y público especializado pudo deberse tanto al abandono de algunos de los rasgos de estilo que habían labrado la fama del dibujante español como al descubrimiento y la novedad que pudieron suponer para muchos aficionados unos u otros de los autores y obras con los que compartió espacio dentro de la revista, en concreto, entre los números cincuenta y cinco al sesenta y dos con los que se inició y dio conclusión a la serie. Se trata así tal vez de las complejas expectativas que lleva a contraponer estilos y relatos historietísticos tan espléndidos como las desbordantes adaptaciones de Richard Corben sobre los cuentos de Poe y la recreación de los mitos lovecraftianos dibujada por Alberto Breccia con una serie mucho más sobria en su ejecución y planteamiento argumental. Y que ni siquiera buscaba cimentarse a partir de un protagonista carismático a la manera de la serie Torpedo 1936, realizada por Sánchez Abulí y Jordi Bernet, con quienes también concurría en las páginas de Creepy junto a nombres igual de ilustres como los de Enric Badía Romero, Bernie Wrightson, Alex Niño, Eleuteri Serpieri, Suso Peña, Carlos Trillo y Gustavo Trigo, o Joan Boix. Una afluencia de artistas de enorme nivel que también supondría un reto para los lectores aficionados que con más o menos consciencia acabarían por encumbrar a unos u olvidar a otros.
Viaje al infierno cayó en ese último grupo de obras que han permanecido relegadas en la memoria de los lectores aficionados pese a contar con el indudable interés de la participación de Auraleón en una creación enteramente española. Una producción nacional como se diría hoy. Podríamos forzar los supuestos no del todo arbitrarios acerca de ese olvido y asegurar que hemos sido víctimas de una secreta y metódica confabulación por la que se nos privó del disfrute de una obra genial. Imperecedera. Deslumbrante. Y hasta definitiva para comprender la trayectoria de su dibujante. Pero todo sucede de una manera más simple, según mengua el mercado de la historieta y su público desaparece más rápidamente se van reduciendo las oportunidades de que un mayor número de obras y autores sean reconocidos y a la vez solicitados de nuevo por los lectores. Que en buena lógica nunca debieron de ser tantos como entre algunos editores y divulgadores se aseguraba durante el bautizado como "cataplum del cOmic", de la misma manera que tampoco supondrán hoy un número mucho mayor, o tal vez ni tan siquiera parecido, como a veces nos intentan hacer ver otros divulgadores y editores modernos. Mucho más interesados en asentar una lista de deseos y aspiraciones de lectura que en trasladar la necesidad de una verdadera revaluación personal sobre nuestros más sinceros apetitos y así lograr exacerbar la pasión por la historieta hacia todos los ámbitos.
El menosprecio y la recusación suelen hacer diana por medio de algún falso halago en quienes conciben el rescate de obras y autores españoles faltos de una justa y nueva evaluación crítica. Mediante mensajes que pueden llegar a resaltar las beldades de la edición de un tebeo solo para insistir en lo prosaico de su contenido. Por lo demás, estos veredictos virtuosos no interesan al verdadero aficionado —¡equilicúa, los cuatro gatos (que hacen gasto)!—, se disponga a disfrutar Viaje al infierno desde una postura totalmente favorable hacia sus autores o a partir de una mirada más escéptica de lo que amorosamente ilusionada. Alrededor de una y otra actitud puede girar la recepción de esta obra se posea o no una impresión más o menos genérica acerca de la trayectoria de Echevarría y Auraleón.

Página inicial de la obra.
Viaje al infierno se presenta a partir de la estructura episódica asumida por tantísimas de las obras de cierta longitud que se pudieron producir para revistas tanto españolas como foráneas durante los años ochenta, con seis partes autónomas a modo de capítulos, cada uno con título propio, y cinco de ellos compuestos por ocho páginas de extensión más un último de solo seis: Las moscas, El espejo, La visita, Hambre, Muerte anunciada, y La última pesadilla. Una fórmula que resultará inhabitual para muchos de los veleidosos lectores de hoy en día, ya se trate de consumidores de comic books, estadounesismos varios, manga, o historieta francobelga. Pero que como era costumbre acaba por entregar unas historietas interesantes por su fuerza y nivel de intensidad. Que bien se puede apreciar desde la primera de las páginas de esta obra mediante la que Carlos Echevarría y Auraleón nos presentan al protagonista y se asienta el que será su argumento, un recurrente tema de la ciencia ficción como es el de la soledad y el abandono de un individuo. Enseguida comienza también a perfilarse el carácter de una trama de la que intuimos que no nos encontraremos ante una historieta escorada sobre una proposición épica o folletinesca, pues la descripción de las aptitudes de su protagonista dista de ser la de un héroe: Slim es el único tripulante que todavía queda con vida en una nave averiada en mitad del espacio después de que sus dos compañeros se suicidaran ante las escasas perspectivas de que alguien se decidiese a rescatarlos. Irónicamente su cobardía a la hora de tomar una decisión tan drástica como la de sus compañeros lo ha convertido en el protagonista ideal de esta historia. Que intercalando presente y pasado le conducirá en una retrospectiva cada vez más humillante y dolorosa hacia la desesperación y la indiferencia, y, finalmente, hará desear a Slim que todo y todos desaparezcan. Logrando una trama opresiva de la que no puede descartarse que Carlos Echevarría no hubiese tenido en mente combinar una historieta de ciencia ficción de cierto cariz crítico como el que solía dejarse ver de vez en cuando en la gran pantalla con un desarrollo mucho más existencialista cercano a las tesis de obras como A puerta cerrada y Un hombre que duerme.

 

Ciertamente, no es solo que Echevarría provea un relato existencialista en el que realidad y delirio se diluyan en torno al pasado del protagonista y su desesperado presente. Incluso Auraleón en un registro tan distinto al que le era habitual arranca una tonalidad expresionista a los escenarios interiores de la nave espacial en un juego de luz y sombras que sigue las composiciones clásicas y acompaña esa narración sombría que va cercando a Slim página a página. Ambos autores logran que asumamos como hechos ciertos los recuerdos de Slim por los primeros capítulos, como los que relatan algún acontecimiento traumático de su infancia o la muerte de quien pudo ser su pareja en algún momento pasado, introduciendo a lo largo de los siguientes otras anécdotas más dramáticas y ejemplificadoras de la parálisis comparable a la de un animal enjaulado en que se halla el protagonista. Cuyo deterioro físico hace que dudemos de sus capacidades mentales como del propio juicio al que se somete en unas nuevas evocaciones del pasado que acabarán desembocando en apariciones fantasmales. Terroríficas. Completamente descentradas de la realidad al ejemplo de esa figura siniestra y silenciosa que en el capítulo titulado Muerte anunciada parece perseguir a Slim en sus paseos por la nave. De rostro tan parecido a los que José Ortiz solía bosquejar para algún personaje caracterizado por una longevidad extrema como el que Auraleón proyecta a partir de una exagerada decrepitud que nos incita a vislumbrar un tipo entre sobrenatural e irreal. De ese modo se introduce un nuevo objeto de inquietud para el lector que antecede al episodio final con el que se impulsa de forma definitiva la encarnadura marginal del protagonista y su fracaso e imposible reintegración dentro de un grupo social representado por la compañía propietaria de la nave en la que se encuentra recluido.
La capacidad de Auraleón para desarrollar una narración eficiente, incesante y triste, no se resiente por las limitaciones que pudiera suponer un montaje fuertemente condicionado a la extensión de cada capítulo y las elipsis que conllevan las reflexiones deambulatorias del protagonista y sus evocaciones del pasado. Si bien no se trate de un tipo de montaje tan expresivo como el de esas otras historietas totalmente contenidas en sí mismas que recopilaba el álbum Caos, con su inmenso repertorio de difuminados y aguadas, la apariencia mucho más ordinaria de la estructura de página y el montaje mismo de las viñetas se ajusta de forma funcional. Y resulta en un procedimiento útil para otorgar continuidad a la trama e ir graduando la intensidad de insania del protagonista, que asimismo apuntala una labor trabajada al extremo del dibujante a la hora de mostrar el abandono y deterioro físico progresivos de Slim.
Como se deduce de este infierno espacial, la decisión última, dramática y desesperada, de Slim podría aproximarse a la indiferencia en la que acaba por sumergirse el protagonista de la novela de George Perec. Mientras que todas esas pruebas a modo de cuestionamientos irracionales sobre el pasado a los que se ve sometido el personaje creado por Carlos Echevarría y Auraleón, que más de una vez se acompañan de la mirada de personas próximas a él a cuyo recuerdo no puede sustraerse, se asemejarían a la interpretación infernal acerca de la mirada del otro tesis de la famosa pieza teatral de Sartre, "L'enfer c'est les autres". Completando una historieta interesante incluso para aquel lector que aborde la lectura desde un cierto vacío referencial concerniente al contexto de producción y publicación en el que tuvieron que moverse sus autores; o al mero disfrute que puede obtenerse al contemplar una historieta en puro blanco y negro.  

Sin duda la labor del Equipo JA-AN, que podemos calificar de sobrenatural, perdurará en el tiempo.

Después de quedarnos dormidos y comprobar que hasta aquí ha llegado el Proyecto Auraleón, tal vez sea necesario decir que sin embargo todavía estaría por concretarse un milagro mucho mayor: la realización de un libro sobre el autor. Un lujo casi inmaterial. Pues no es que sean muchos los historietistas, dibujantes o guionistas, españoles que puedan presumir de haber alcanzado tal honor. Máxime uno que tras su deserción del ámbito historietístico, precisamente tras haber dibujado Viaje al infierno, y después de su fallecimiento en 1993 habría permanecido semiolvidado varias décadas hasta la aparición de la editorial Isla de Nabumbu. Originando una de esas raras colecciones que merece la pena atesorar de cara al futuro ante la escasez e insignificancia de otros nuevos proyectos en torno al restablecimiento de la memoria del medio en España que se fundamenten en la edición de simples y sencillos tebeos. Golosos y codiciables tesoros como los que uno espera que pueda seguir publicando Isla de Nabumbu próximamente. Si el aficionado consiente, compra, consume y disfruta, todo ello a la vez.

  "¿¡Pero todavía no lo habéis comprado... ¡¡¡Malditooos!!!"

 

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[1] Y lo mal que nos sienta que un tebeo no sea traducido del inglés o del japonés.
[2] "¡Toma chapa!" Y chupemos de sabiduría grado omnibus

[3] Eu falei que isso ia dar merda!, por Cris Nicolotti:

 Eu falei
Que isso ia dar merda
Que isso ia dar merda
Que isso ia dar merda

Eu falei
Que isso ia dar merda
Que isso ia dar merda
E deu

Eu falei...
Eu falei...

Eu falei (eu falei)
Que isso ia dar merda (que isso ia dar merda)
Que isso ia dar merda (que isso ia dar merda)
Que isso ia dar merda (eu falei)

Eu falei (eu falei)
Que isso ia dar merda (que isso ia dar merda)
Que isso ia dar merda (que isso ia dar merda)
E deu

Agora vocês!

Eu falei (eu falei)
Que isso ia dar merda (que isso ia dar merda)
Que isso ia dar merda (que isso ia dar merda)
Que isso ia dar merda (eu falei)

Eu falei
Que isso ia dar merda
Que isso ia dar merda
E deu

E agora com vocês: Ray Charles!

Eu falei
Que isso ia dar merda
Que isso ia dar merda
Shit forever!!
Que isso ia dar merda
Isso ia dar merda yeah

(eu falei)
(eu falei)
(que isso ia dar merda...)

Eu falei (eu falei)
Que isso ia dar merda (que isso ia dar merda)
Que isso ia dar merda (que isso ia dar merda)
Que isso ia dar merda (eu falei)

Eu falei (eu falei)
Que isso ia dar merda (que isso ia dar merda)
Que isso ia dar merda (que isso ia dar merda)
E deu

Deu
Deu...
Merda

[4] Nos hemos dejado algo, pero no sabemo el qué. Pulse Ctrl + Alt y Bloqueo Minúsculas para desplazar la pantalla hacia arriba si desea volver a ver al completo las ocupaciones de Javier Alcázar. (Para un listado más exhaustivo consulte la red social de cotilleo y empleo: es.PellizkIn.com.)