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sábado, 22 de febrero de 2020

Sobre el tráfico ilegal de pterodáctilos y su misterio.

Mejor impreso que muchos modernos integrales

El alma universal de la historieta española de derribo de finales de los años setenta y comienzos de los ochenta, en la que germinaron no pocos editores grotescos y publicaciones de singular envoltura, solía rodearse de un vaho halitoso en el que no era infrecuente encontrarse ediciones piratas de casi cualquier clásico de entre los cuadernillos de aventuras. Colecciones que deberían figurar en una historia secreta del coleccionismo antes que en la crónica general de la piratería por lo que tuvieron de labor recuperadora para tantos autores y series. Que aun mediante una precaria y pobre circulación sirvieron para el reconocimiento de una historieta para entonces ya extinguida. Aquellas ediciones facsímiles no solo sobrevivieron a la desaparición de Bruguera y Valenciana, tenidas por editoriales profesionales pero más esforzadas en devaluar sus propios personajes y menospreciar también a sus creadores, sino que probablemente son la única razón por la que muchísimos lectores pudimos conocer a autores como Iranzo o a personajes como Bengala sin la menor responsabilidad de estar preservando un tesoro para la posteridad. O sentir que con ello volvíamos a ganarnos ningún último pedazo de un paraíso que realmente nunca conocimos, salvo en aquellos pocos recuerdos revividos por nuestros progenitores o abuelos al vernos leer otros tebeos muy distintos de los que ellos recordaban intercambiar con sus amigos.
La auténtica piratería es siempre mucho más audaz y no suele tener que apelar al consumo nostálgico. Tampoco necesita de las maldiciones, conjuros y evocaciones, que despierta el estudio del medio entre coleccionistas, aficionados o investigadores, sino de la masticación vampírica de quienes remueven terrones de tierra a los pies de algún autor. Para los de mi quinta el caso más famoso de piratería podría ser la recopilación de la serie El baile del vampiro llevada a cabo por Proyectos editoriales Crom sin conocimiento de su creador (Sergio Bleda) en 2002. Y que tuvo que ser retirada del mercado. De todas maneras el recopilatorio era tan cutre que ni siquiera llegó a constituirse en un verdadero objeto de coleccionismo tras su retirada del circuito comercial; pudimos gozar de una más digna recopilación algunos años después de la mano de Aleta ediciones, por suerte.

[EN OTRO LUGAR... ¡AHORA MISMO!]

Todo joven anacoreta reconvertido en coleccionista de tebeos desearía poder sumar a su tebeoteca ediciones raras. Tebeos raros de verdad. Tebeos que casi den grima. Que resulten especiales no por tratarse de productos de gran exclusividad, alto precio y tirada limitada, o que tal vez puedan haberse caracterizado por una distribución muy restringida como sucede con catálogos o tebeos emitidos por asociaciones e instituciones de todo tipo. Más bien publicaciones que arrastren tras ellos una historia de suspense y misterio tal que pueda presentirse algún fantasma o cadáver mutilado al final de la misma. Para ello podríamos salir a la búsqueda de tebeos que sufrieran algún tipo de censura y no vayamos caer en el error de pensar únicamente en política y destape, en España hasta personajes como los Pitufos y Espiru (Spirou) la han sufrido en sus cubiertas—. Si es que contamos con el suficiente dinero. "¡Pero que muchísimo dinero!" De no ser el caso, probablemente tengamos que conformarnos con tirar de alguna cutrez y buscar ediciones piratas como esta:  


























Todavía alguno será capaz de adivinar al primer vistazo qué popularísima serie de la historieta francesa tiene aquí la más chusca edición jamás realizada en nuestro país; hacia el año 1983, se supone. Y no serán pocos. Todos los demás dispónganse a seguir atentamente las siguientes instrucciones para averiguarlo:  

"Olvidénse del título y traten de centrar su atención en la ilustración de portada durante no menos de cinco segundos; no se mareen, no se rasquen... ¡ya falta poco! Ahora vayan achinando los ojos muy despacio, como siguiendo el ritmo de una antigua persiana enrollable o los giros de un pollo asado en una de aquellas máquinas que.. ¡Pero no dejen de respirar! (Resoplen, respiren; resoplen, respiren; resoplen, respiren.) Sigan tan lentamente como puedan hasta que solo alcancen a enfocar el subtítulo y entonces debería venírseles a la cabeza el nombre de ______" 

Efectivamente, el coleccionista siempre gana, se trata ni más ni memos que de una traducción de la primera aventura de este personaje tan de folletín. Unas aventuras que fueron propularizadas por obra y gracia de los señores editores de Norma editorial en nuestro país desde los años ochenta hasta hoy. Primeramente a través de su colección de álbumes Cimoc extra color, y, mucho después, justo a rebufo de su adaptación cinematográfica, en una nueva colección de libros recopilatorios en cartoné que algunos debieron comprar con cierta nostalgia y satisfacción. Se sabe del caso de un niño de once años (natural de Badajoz) que falleció en 2012 tratando de comprender qué podía haber llevado a su tía a regalarle un tebeo como ese por su cumpleaños. La influencia del cine llega a ser terrible a veces. Incluso la cinematografía francesa puede resultar perjudicial para la salud cuando se le permite traspasar sus fronteras naturales sin las debidas precauciones. Y bien sabe Hergé lo permisivas que han sido siempre nuestras autoridades con el cine y la historieta franco-belga. También entre los intelectuales y artistas españoles pueden contarse por miles los infiltrados siempre dispuestos a trocar nuestras costumbres y tradiciones por cualquier cosa con regusto a sobaco franco-belga. Ramón de España, Bertín Osborne, Raimon Fonseca... esa lista es importantísima para nuestros planes. Algún día detallaremos por lo menudo toda esta confabulación en torno a la historieta española y el cuento completo de sus primitivos instigadores. Pero lo que cuenta es que no fue Norma editorial la primera empresa en servir en nuestro país las aventuras de la celebre escritora Edith Rabatjoie protagonista de la saga de historietas que encumbraría a su creador en el Festival de Angulema al otorgársele el Gran Prix el año de 1985.


Álbum original (1976, Casterman) y sus traducciones españolas de 1980 y 1982.

En 1980, un año antes de que la barcelonesa Norma editorial retomara la publicación de las cabeceras Cimoc y Hunter, y de la marca CIMOC, por tanto, entonces todavía en posesión del editor madrileño Riego ediciones tras la deserción (escalonada) del mercado historietístico del sello editorial San Roman con el que se había iniciado la primera andadura de la revista de historietas Cimoc, se traducía al español la primera entrega de la serie Les Aventures Extraordinaires d'Adèle Blanc-Sec con el título de Adele y la Bestia. Un modesto álbum en rústica impreso en blanco y negro por Riego ediciones con el que se abría la colección Super Cimoc en 1980; de la que se llegó a anunciar un segundo número, El demonio de la Torre Eiffel, también perteneciente a la misma serie creada por Jacques Tardi. Finalmente utilizado por Norma editorial para dar inicio a su colección de álbumes Cimoc extra color en 1981, comenzando así una nueva edición de la serie Las extraordinarias aventuras de Adèle Blanc-Sec en color que se extendería dentro de esta colección hasta 1999 con la publicación del álbum titulado El misterio de las profundidades. Todos ellos recopilados posteriormente en la edición que de 2010 a 2012 se llevó a cabo para reunir de forma íntegra esta saga junto a su última aventura (Le Labyrinthe Infernal) y otras tres obras relacionadas con el universo de Adèle Blanc-Sec, como eran las historias protagonizadas por Lucien Brindavoine y la titulada El demonio de los hielos. Este tipo de epopeyas editoriales eran bastante comunes y no fueron pocas las series que disfrutaron de una publicación tan azarosa como la creación de Tardi. Turbando a los aficionados que pudieran haber comenzado a leer las aventuras de Adèle a partir de la edición de Norma, iniciada con El demonio de la Torre Eiffel y seguida por El sabio loco y Momias enloquecidas, es decir, los álbumes segundo, tercero y cuarto de la serie, antes de poder hacerlo en 1982 con el primero, Adèle y la bestia. El sentido de lo sublime, de lo ideal y lo invisible, que experimentaban aquellos lectores aparecerá como un acto de devoción insuperable a ojos de los coleccionistas de hoy en día.

[A LA MAÑA SIGUIENTE...]

La cuestión a abordar en este punto podría formularse de muchas maneras o solo mediante una sencilla pregunta. Ahora bien, probablemente no exista una clave o respuesta dada que permita asegurar que Pterodáctilo. Las extraordinarias aventuras de Edith (titulo tras el que se ocultaba la aventura original Adèle et la Bête, recordemos) fuese lanzado con posterioridad a la traducción que Norma editorial acabó por publicar bajo el título definitivo de Adèle y la bestia, como se ha indicado a veces al datar el lanzamiento de esta burda publicación pirata en 1983. Aun pudiendo partir esta fecha de alguno de los listados de novedades que logremos encontrar en los mejores y más puntillosos fanzines teóricos, dotados ya en aquella época con secciones regulares dedicadas a informar sobre el lanzamiento de tebeos y otras publicaciones relacionadas con la historieta, podría imaginarse que, al igual que sucede con no pocos títulos actuales para los que es posible encontrar diferentes fechas de salida según las fuentes consultadas, y a que incluso todavía existen publicaciones que escapan a cualquier seguimiento, podamos llegar a dudar que ese fuese el año en que se lanzase una publicación como Pterodáctilo. ¿Qué beneficio podrían haber obtenido los impulsores de una edición tan inferior como este tebeo más de un año después de que Norma editorial pusiera en circulación un álbum en color de esa misma historieta? ¿Acaso no sería más lógico imaginar que quienes estuvieron detrás de esa edición pirata no intentaron otra cosa que aprovechar la ausencia en el mercado de aquella primera entrega de la saga de Adèle Blanc-Sec antes de que la editorial dirigida por Rafael Martínez se decidiera a llenar ese hueco para regocijo de sus lectores en 1982? La piratería editorial conduce a pensar en el oportunismo y en alguna clase de beneficio con que rentabilizar una actividad tan ilegal como mediocre cuando parte de una empresa obligada a hacer registro de todas sus actividades y no de la iniciativa individual de un coleccionista emisor de facsímiles. Y Pterodáctilo precisamente no parece tratarse de una publicación que floreciera como resultado del amor a la historieta. O el respeto al autor y algún cierto fervor incondicional hacia el personaje de Adèle Blanc-Sec. No solo porque la ilustración de portada y el título dado a este tebeo apenas puedan resultar estimulantes y catalizadores del interés de un público concreto, que difícilmente sabría reconocer la obra allí contenida, sino por resultar más sencillo voltear el tebeo, o buscar en sus créditos, reparando en la distancia existente entre cualquier facsímil de un cuadernillo de aventuras y este... ¡este estropicio!
Hasta aquí apenas sí ha aflorado el problema, sin embargo capital cuando nos encontramos ante un caso claro de piratería: el editor. Aparentemente Pterodáctilo fue editado por Editorial Finhaxel, S. A., su logotipo figuró así en la contracubierta del tebeo junto a la indicación del precio. No obstante libros como Diferencia entre joder y hacer el amor, Acierte las quinielas, Digitopuntura sexual, Curso de detective privado, The penis, manual de desarrollo del miembro viril, Arregle su coche usted mismo, La cría moderna de caracoles, y otros tantos títulos muy propios de la época de exploración democrática en la que fueron publicados por este sello se presentan como obras acreditadas a Finnaxel, S. A. en vez de a Finhaxel, S. A. en la base de datos del ISBN del Ministerio de Aquello y de Deporte. Que bien pudiera tomarse por una errata si todos esos treinta y nueve títulos no apareciesen registrados con fecha de edición para el año 1982, en distintos meses desde enero a noviembre; por supuesto, no existen registros de más actividad de este editor tras ese año de 1982. Aunque tampoco las publicaciones emitidas por Editorial Finhaxel se agoten con los libros que uno puede encontrar en la base de datos del ISBN. Incluso un chusco tebeo como Pterodáctilo cuenta con su propio número de registro, 84-8575-9-23-0, y también contamos con el nombre de un impresor, Producciones gráficas Exporfilm, S. L., presumiblemente ubicado en Barcelona. Si es que se trataba de la misma imprenta asociada a la editorial y la marca Editorial Finaxel, S. A./Finnaxel, S. A. responsable de las labores de impresión de una gacetilla publicitaria titulada Don Anuncio directamente implicada en uno de esos fraudes que se hicieron tan famosos durante los años ochenta, y que todavía de cuando en cuando sirven para rellenar algún pequeño espacio documental sobre aquella época en cualquier televisión nacional, la estafa de Almacenes Canarios. Una estafa de venta por correo acerca de la que se puede leer incluso en internet:


Una presunta estafa cuyo importe a elevarse a más de 1.000 millones de pesetas ha sido descubierta por la policía madrileña a instancias de los servicios municipales de información al consumidor de Madrid, que recibieron durante el mes de mayo varios centenares de denuncias de que no recibían los productos comprados. La estafa está relacionada con una empresa de venta por correo, Almacenes Canarios, que tenía oficinas en Madrid y Las Palmas de Gran Canaria y captaba clientes a través de una revista de anuncios. [...] La revista Don Anuncio, que proclama en su cabecera efectuar una tirada de un millón de ejemplares y disponer de dos millones y medio de lectores, parece haber sido el soporte para que la empresa Almacenes Canarios [...] Don Anuncio es una publicación que opera fuera de los circuitos comerciales habituales y que no es conocida en medios publicitarios. La editora de la revista es Finhaxel, SA, con domicilio en la madrileña calle de San Delfín 2, local B, según consta en sus páginas, aunque se imprime en talleres gráficos de Barcelona.


De modo inmediato, sean cuales sean las razones por las que Editorial Finhaxel, S. A. figure con un nombre distinto en el registro de ISBN, gracias a este artículo podemos comprobar que la dirección de la entidad nombrada como Finhaxel coincide con el de la registrada en el sitio web del Ministerio de Cultura y Deporte con el nombre de Finnaxel. Hacia el final del mismo artículo nos encontramos además con que uno de los cachibaches anunciados a través de Don Anuncio consistía en viveros para la cría de caracoles. Siendo La cría moderna de caracoles  uno de los pocos libros que encontramos publicados por Finhaxel/Finnaxel, no queda mucho más que añadir sobre las actividades de esta editorial pirata amiga de estafadores. Apenas que habría publicado otros dos tebeos durante 1982, basados en figurones como Julio Iglesias y Lola Flores. Pura anécdota.
E, insisto en ello, no puedo creer que Pterodáctilo se publicase con posterioridad al lanzamiento del tebeo que traducía la misma obra por parte de Norma editorial. Ninguna estafa se improvisa. Y cualquier estafa del tipo que nos ocupa debería de ser fácilmente descubierta dentro de un círculo tan minúsculo como el tebeístico. La simple necesidad de controlar la publicidad otorgada a una obra, y estar al tanto de las informaciones que sobre la divulgación de una historieta o de un álbum pudieran llegar a difundirse en cualquier momento o lugar, deberían haber llevado a los editores y redactores de Norma editorial a denunciar al menos ante su público la existencia de una edición pirata de una de sus licencias, como era la traducción de Adèle et la Bête. Así obraban cuando nos advertían que la labor de un crítico como Javier Coma en cierto periódico tenía poco que ver con un auténtico afán divulgador y mucho con el rencor y un interés más que personal por dar relevancia únicamente a aquellas revistas y editores con los cuales trabajaba. También cuando elogiaban la existencia de publicaciones teóricas como El Wendigo y Sunday o dedicaban algún amplio espacio a dar cumplida información sobre algún festival o salón de la historieta. Sin embargo no parece que, ya a través de una de las columnas escritas por su propio director ya como una simple nota dentro de la sección de actualidad conducida por Joan Navarro, se llevase a cabo ningún anuncio acerca de la existencia de Pterodáctilo desde la estructura organizativa de Norma. La espontaneidad y lucidez que caracterizaban las relaciones entre un editor y su medio ambiental no dan razón a pensar que Rafael Martínez no habría puesto igualmente el grito en lo alto de una de sus columnas de opinión de haberse publicado la edición pirata de marras incluso después de 1982 con la misma presteza que si Josep Toutain le acabara de pisar el dedo gordo del pie.
La localización de una fecha como 1983 quizás deba buscarse en el nacimiento aquel mismo año del boletín Tribulete, y en sus detallados sumarios de novedades (si hay alguna verdad debe encontrarse ahí), publicación a la que realmente muy pocos tendrán acceso. No pudiendo uno soñar con ver algún ejemplar ni tomando pastillas, más bien nada seremos capaces de imaginar sobre lo que en esta publicación informativa pudo llegar a comentarse de Pterodáctilo. Quizás, por ello, algunos coleccionistas han acabado optando por dar como fecha de publicación de Pterodáctilo. Las extraordinarias aventuras de Edith el año 1980. Puede que estos últimos aficionados expertos se fijasen en que la traducción y la rotulación de este tebeo pirata y el álbum publicado por Riego ediciones eran idénticas; aunque poco más difieren ambas que en unas cuantas palabras o frases respecto a la edición que Norma acabaría realizando de Adèle y la bestia, también con una diagramación de los textos algo mejor ajustada que sus precedentes. Que tanto la edición pirata de Editorial Finhaxel como la de Riego ediciones fuesen en blanco y negro. Y que la diferencia de precio entre una y otra bien podría deberse a su distinto formato: el álbum con encuadernación rústica, en la edición legal de Riego ediciones, y el cuaderno encolado con cubiertas semirrígidas, para la edición pirata de Finhaxel. El precio de esta última era incluso inferior al de los otros tebeos publicados por Finhaxel en 1982, aquellos otros dos tebeos con formato de cuaderno grapado e impresión en color que llevaban por título facial los nombres de los cantantes Lola Flores y Julio Iglesias, que constando de treinta y dos páginas indicaban un precio de ciento cincuenta pesetas. Frente al de ciento veinticinco que aparece impreso en la contracubierta de un tebeo que llega a alcanzar las cincuenta y dos páginas de extensión como esta traducción ilegal de Adèle et la Bête cuya inquietante naturaleza nos mantendrá en vilo hasta el día en que nos encierren en algún sanatorio mental y acaben por depositar nuestra colección en un vertedero.
Y todavía existirían incluso otros pocos aficionados que datan Pterodáctilo en una fecha tan lejana como 1984.


[POR LA TARDE, EN SU CASA...]

Todos nos encontramos afligidos por el mismo problema al tener que contemplar este feísimo tebeo pirata día tras día sin una respuesta. Un tebeo sobre el que, además de polvo, migas de pan y algunas cuantas manchas de chocolate, se va acumulando la angustia humana primitiva de la que jamás lograremos librar a una generación futura de lectores aficionados cada vez más menguada en número. ¿O que quizás ya desaparezca con nosotros? Cómo explicar entonces lo mucho que fuimos capaces de divertirnos con un tebeo del todo asqueroso, y que nos costó menos de dos euros, a los pocos que nos sobrevivan de entre los consumidores españoles de historietas.

"¡Anda y que vayan a comprarle un tebeo de a cincuenta euros (Omnigoldo supure edition) a Panini!" 

domingo, 27 de agosto de 2017

El integral de la máquina de hierro


Al fin edición española de esto que veis ahí, el esperado título del artista anteriormente conocido... (mejor quitarle un pedazo) ¡Eroy!, aunque nada que ver con el cineasta castrista Erroy Flynn.
¡Uhm!, lo cierto es que me falta todavía una letra para confundir entusiasmo con auténtica felicidad. Si pudiera pagar en... No, no al menos por esta reseña.

La pínula apunta ya hacia la visual de este largo recopilatorio (vacía ya la faltriquera) y en poco menos de un cuarto y mitad veremos si ha valido la pena tanto derroche. Me pasen la cimitarra para pollos congelados antes de que algún otro —"¡Flojos del carajo!; ¡cagones de nuevos lectores!; ¡no-ve-lis-tas-grá-fi-cos!"— se nos desmaye dentro de la sala frigorífica.




Servida en vasera de 32 x 24 con ese herraje "Integral" que la mercadotecnia de nuestros sagrados empresarios, para el caso, Norma Editorial, nos viene echando en cara desde hace por lo menos un lustro. Así se recogen las dos entregas de que constaría la edición original de Casterman, acertando al escoger para iluminar su portada la ilustración correspondiente al primer número (Le poids du passe). Aunque de todas maneras se eche en falta la ilustración de portada del segundo número original (L´espoir d´un lendemain). No recopilada en la edición española seguramente para dotar esta de un determinado carácter de completitud, como de producción éterea pero monolítica, con que se asume hoy la importancia de toda creación historietística. Porque la serialización no es ya por fin cosa seria. Motivo también que ha podido llevar a los editores a prescindir de la traducción de los títulos faciales de origen, usualmente, y aun cuando se prescinda de la reproducción de una portada original, utilizados todavía como parte de las portadillas que, por ejemplo, separarían las páginas de historieta que se corresponderían con cada una de las entregas originales. —Suerte que tienen en Norma de no poder hacer esto con un Spiderman o un Batman.— Y por lo menos esta vez resultaría ser hasta una opción muy oportuna el eliminar la portadilla utilizada como división entre las 46 páginas que completan el tradicional churro franco-gaufres, ya que la organización de la estructura interna del simple relato de esta historia casi invitaba a ello. Ver así enfrentadas la última y la primera página correspondientes a Le poids du passe y L´espoir d´un lendemain, fuese o no intención de los autores, nadie se lo va a preguntar, resultaría en una lectura tan natural y contemporánea como las que pueden ofertar las más patrióticas novelas gráficas del momento. Puede anotarse como prueba la habilidad de los autores para prescindir de cualquier texto con voluntad de resumen e idear una secuencia panorámica que dé cuenta de la continuidad de los sucesos entre la última página del primer número y la página inicial del segundo número original, 48 y 51 en la edición de Norma, entre las que media una insustancial ilustración donde perfectamente podría encontrar su hueco la otra portada. Si la exigencia por mantener una paginación determinada impidiera realmente prescindir de esas páginas de separación, como pudiera ser el caso. [1] 
De hecho, las páginas iniciales servirían para comenzar a modelar un típico cuaderno de superhéroes, o casi, y dan una buena idea de cómo atrapar al lectoespectador de un topetazo, presentando la acción a poco de empezar a verse dar de cabezazos a los personajes. La portada escogida, eso sí, no podía resultar más idónea para presentar esta historieta. No sólo porque muestre un hormiguero de atractivos personajes que invitan a agarrar este artefacto editorial en una librería, sino que, al poco de concluir su lectura, esta le vuelve a uno a la memoria al rescatar del mito el dolor de una familia desprendido de aquel acontecimiento real que protagonizan. Inventados, como son estos personajes, no parten de ningún vacío ni son en sí mismos el testimonio único y solitario de un narrador individual. Sin querer desvelar gran cosa, podría decir que:

Están muy presentes en ellos las distintas situaciones generacionales, la estación está atravesada de muchas vías, y en la historia se muestra hasta cierto punto la manera en que se desenvolvía la vida familiar y social (tan repetitiva y restrictiva) del tiempo que va entre las dos guerras mundiales. El tren distingue así todas las estaciones de la Alemania de esos años: la angustia, la desesperación, la inercia. Desde la atmósfera pautada por el locus horrendus nada romántico del frente del Yser a las ceremonias públicas de hostigamiento y castigo a los forzosos culpables de la humillante derrota en las calles de las ciudades alemanas. La consolidación del régimen nazi  y las proporciones grotescas de una barbarie invisible, más salvaje cuanto más cotidiana, según se ha dicho, que pasa por mostrar las hazañas de un soldado psicótico entre la niebla y el barro de un campo de batalla durante la I Guerra mundial a la vida bohemia del hijo de este y a una sociedad belga, ocupada ya entonces por el ejército nazi, casi calculadamente insensible a la persecución de los judíos. Vidas atravesadas de parte a parte, en su juventud o en su madurez, por una máquina de hierro. [2]

Así, al menos espero quede suficientemente claro que el empaque de la edición merece el derroche y vale lo que a uno le cuesta. Los minions editores se han esmerado al extraer  para las guardas de su 32 x 24 una imagen (el editor español retoma el motivo de la edición original) de entre las páginas de esta historieta que resulte del todo acorde con la perversidad del drama que narran Kid Toussaint y José María Eroy. Y la verdad es que ni siempre se molestan con estas cosas, apenas un ejemplo: La muerte de Stalin, con guardas en rojo desenamorado, aunque cuente con una excelente sección de extras. [3] Un aficionado a las catastrofes podría imaginarse que en Norma Editorial hubieran preferido encuadrar una historia como esta dentro de la colección Nómadas. Más discreta, pequeñita, y hasta seria. Según expedía la teoría de la novela gráfica al uso hasta hace dos días. Pero se han molestado en traducir un prólogo, incluso, y a añadir un pequeño texto a modo de noticia sobre el prologuista. Sorprendentemente, el prólogo en realidad resulta testimonial y autobiográfico, además de un paratexto idóneo para que caigan en las peores trampas de la divulgación periodistas y críticos. —De haber sido lanzado a la vía desde la locomotora de Astiferri media España estaría llorando o gritando donde se llora y grita ahora mismo (¡en Fasteburro y en Buittrer!).

Agárreme usted ese prólogo (y no sea quejica):

Viste mucho el prólogo. Por la trascendencia de quien lo firma, lo evidente de su dolor y la grandeza de su tarea. Simon Gronowski, que nació en 1931 y es judío, pudo plasmar sus vivencias infantiles en uno de sus reportajes novelados y continua ofreciendo testimonio de las persecuciones y los crímenes contra la humanidad que él mismo sufrió siendo todavía niño durante la II Guerra mundial. La historieta de Toussaint y Eroy parte de ese conocimiento legado por Simon Gronowski no como un modelo que permite representar los hechos históricos, pues ni siquiera aparece como personaje, sino para ofrecer una experiencia palpable y medida. Acaso porque sin ser esta una de tantas groseras biografías en viñetas como hay, ni una adaptación, comprendemos que el que hoy ha llegado a ser Simon Gronowski marchó también en uno de los vagones que transportan hacia la muerte a los portagonistas del cómic. Su vida, como cuenta en el prólogo, se cruzó un día con la de quienes pudieron ser unos personajes más de esta historieta. Él sobrevivió. También algunos de los protagonistas de la historia lo conseguirán. En ese momento, la ficción trascenderá la más vulgar significación intencional (toda metáfora), lo quieran o no los autores, aunque de todos modos nadie se lo vaya a preguntar, y la similitud con los referentes reales dejará de ser importante. De tal modo que se logre alcanzar la simpatía definitva que consagra al poder de lo dibujado todo lo concreto. El seísmo histórico será entonces ya indistinguible de la incisión rigurosa de la ficción, y, tal como creo que temían en Casterman, verdaderos propiciadores de esta introducción, el rostro del prologuista quedará así fijado en la copia hasta que sus diferentes historias nos resulten una por otra iguales.
La orientación emocional del contexto histórico y social asimilada a una fórmula de verosimilitud a partir de la que presentar los argumentos del desguace militar queda para el prologuista. Al igual que los peores actores de Hollywood, de John Wayne a Vincent Price, los personajes actúan mucho más eficazmente que cualquier testimonio. La historieta es la auténtica casa de horror. Infernal como es, hay algo que pertenece al reino de la humanidad en todos sus rincones, planas, viñetas, dibujos, que sin duda hará regresar al lector de donde quiera que haya venido para no volver a cerrar ni asegurar la puerta de su paraíso. Al contrario de lo que suele ocurrir tras consumar el disfrute de tantísimas historias convertidas luego en programa de mano de unos hechos históricos "que se deben dar a conocer".


No existen fuerzas extraordinarias.
(Leitmotiv antigubernamental.)

Mediante esta primera página se inicia el comienzo y final de la historia. En su última viñeta, la protagonista, cansada de tanta oscuridad, aparece cegada por el pasado, y, así, introduce al lector por las siguientes páginas en las calamidades que resumen y acotan su desgracia personal, y el tema que ocupa a los autores en esta historieta, a través de distintas secuencias en las que el tiempo de la historia y su discurso conseguirán salvar para el lector la distancia infranqueable que parece velar la mirada de Olya respecto a los acontecimientos históricos con que la han condenado. El ritmo en el que se disponen las secuencias es ya una profundización de esta condena en la que se hunden los personajes. Los hermanos que no regresaron. Los padres que sí lo hicieron. Junto a los dones que, en cualquier caso, nunca se conseguirán cultivar, siendo trocados por un humillante asesinato como culminación a la aventura de la I Guerra mundial. Un relato dispuesto anacrónicamente que implica hasta a tres familias de distinto origen. De este modo, Joachim, padre de Olya y Mathias, cruza su vida en una misma trinchera en el frente de la I Guerra mundial con la del padre del soldado del ejército nazi Wilhem Maier, quien, a su vez, va a compartir la suya con Olya. Y por dos veces. Sin que de su primer encuentro, todavía en Alemania, siendo unos niños, vaya a asomar una posible redención para ninguno.
Pronto se advierten tres grandes momentos, parcelados por el guionista de acuerdo al carácter y la hoja de vida de cada uno de los personajes: la amistad y el amor, la guerra y el miedo, el dolor y la resignación. De hecho, el único héroe de la historia es un suicida. Que solo con su irrupción modifica la que en cualquier otra trama podría haber devenido en una gloriosa atmósfera bélica protagonizada por peregrinos hollywoodienses que fueran a alcanzar la iluminación a fuerza de contemplar atrocidades. Su espectral aparición durante la primera parte de la historia (la primera de las dos entregas para la colección original; y ahora ya me empieza a (sigh) enfadar esto de no poder pagar en...) va a ser espectacularmemente duplicada en la segunda mitad, en las páginas 70 a 72, replicando un acontecimiento que se localiza en el mismo tiempo y lugar previamente conocido del lector en páginas 7 a 9, una escena mediante la que se presentan dos perspectivas y secuencias distintas de un mismo lance en el campo de batalla. Desde el bando alemán, en primera instancia, con el sacrificio inútil del hermano de Joachim, soldado judío del Ejército imperial, así como desde el bando contrario, a través del cabo Alphonse Thys, el ejecutor, con lo que acento expositivo y argumental confluyen en el clima moral que rodea a la guerra. Donde las acciones heroicas llegan más lejos y alcanzan resultados más atroces de lo que que las propias órdenes de batalla a veces demandan de los soldados.
A partir de este mismo esquema de repeticiones se reanuda la vida tras la I Guerra mundial, destaca en este punto la negación a admitir el sufrimiento dejado por la contienda en alguno de los personajes así como la puesta en paralelo de este olvido con la situación dramática que derivará en una fractura social en Alemania. Un romance frustrado, una vida familiar trágica  y un enfrentamiento postergado propicían además que en este circuito de repeticiones entre padres e hijos algunos de los personajes que van a agrandar acciones pasadas troquen aquí el rol que jugaron respecto a las figuras a las que duplican. El misterio que se dispone en torno a las tres familias recae principalmente en el lado judío: el protagonismo de Olya es central, pese a la orientación coral hacia la que se ha ajustado la historia. En última instancia, es alrededor de Olya que circulan el resto de personajes y la armonización entre aquellos que ilusoriamente se configuran al margen de la sociedad y los que han quedado diezmados en su voluntad por los estándares del nacionalsocialismo. Más exactamente, los amantes dan forma en esta historieta al acto de conciencia que sobre la realidad de las coordenadas espacio-temporales tiene que llevar a término el lectoespectador. La reunión frustrada aun en su inicio, durante la juventud de Olya, se duplicará justo al final. Ya entre medias, como para mayor suspense, el guionista no dejará lugar a dudas sobre la imparcialidad de un amor que podría ocultar también una traición.  
Y, ya era hora de decirlo, estamos ante una historieta romántica de la más atractiva especie. Digna de leerse por la más gorda de vuestras madres y tías.  —Los padres y los tíos gordos no leen, porque leer por simple disfrute no es serio; lo serio es el fútbol y la novela gráfica en cuadernillos estadounidenses a colores como Watchmen.— En la que el realismo cronotópico que acompaña desde siempre a la historieta de temática histórica de tradición franco-graufesa se cultiva de principio a fin, aunque nunca resultaría tan atractiva (¡ni la mitad de la mitad de atractiva!) si el jodio del guionista no hubiera sido capaz de activar para nosotros ese cachivache tan conmovedor que, dicen, mueve hasta a las vacas. Y no sé yo si hasta a las moscas que persiguen a las vacas.


Mi secuencia favorita, una delicia ver que este autor es capaz de llevar a página situaciones tan cotidianas como esta.

Todavía quedará quien crea en lo inconveniente de proponer un análisis de conciencia acerca de un acontecimiento como la Shoa y lograr esto por algo menos de cien páginas sin incidir necesariamente en las imágenes más impactantes, aquellas que han ilustrado la dimensión inhumana del salvajismo nazi consumando su contexto histórico-político. Que desde luego son escenificadas aquí igualmente, por ejemplo, a través de la evolución del exterminio y la progresión de sus métodos técnicos. Aunque ocupando una dimensión más informativa que narrativa, tal y como se entiende en una historieta desde que Tintín dio su primer paso alargando las piernas para echar a correr de una viñeta a otra, por ejemplo: mediante páginas en las que se acumulan datos, fechas, citas y personajes relevantes, o, incluso, algún otro menos importante para el desarrollo de la guerra y la situación de los judíos dentro del conflicto. Aunque totalmente supeditadas a la historia de los personajes y a las distintas circunstancias vitales que estos atraviesan a lo largo del relato; así como a la más compleja disposición cronológica, unas veces ligadas más evidentemente que en otras, como ocurriría entre las páginas 62-63 y 64-65, o 66 y 67, en las que un simple diálogo (pág. 63) o uno de los elementos de alguna de las viñetas (pág. 66) sirve de engarce entre las secuencias protagonizadas por los personajes de la historia y estas otras páginas netamente informativas. Páginas, por otro lado, que no se caracterizarían ya por una eficacia narrativa tan dependiente de la secuencialidad como por un requisito de verosimilitd con el que quede fijada una relación causal y temporal dentro del marco en el que se desarrolla la historia. Nada nuevo para su ilustrador, al que ya se le recuerda alguna página similar precisamente en cómics o historietas de la misma forma inclinadas argumentalmente hacia el espectro de lo militar (de las cuales tal vez sea Off the record (2014, Jot Down) la más cercana en el tiempo). Pese a que ninguna posea una costura de este tipo. En cuanto a lo exigente de su documentación y lo intrincado y preciso de la acomodación a cierta verosimilitud histórica como exige el mercado vecino de más allá de los Pirineos. Los locos de la historia, y más todavía los chalados por los conflictos militares, están de enhorabuena.
Los que simplemente siguen a Eroy como pudieran hacer con tantos otros autores, tendrán que conformarse con pasar las páginas y tratar de entrever dónde ha podido dejar esta vez el autor su estampilla a través del espaciado de tantísimas viñetas. El contorneado de algunas figuras o rostros y el uso de determinadas  perspectivas a modo de una caligrafía de autor llevarán se quiera o no al encuentro de aquel otro dibujante. El mismo de siempre pero con más páginas troceadas bajo su escritorio. Y puede que hasta el reflejo por dos veces hermoso de algún viejo personaje haya prestado aquí su máscara a otro mucho más joven que él. Se ruega destapar hacia la mitad y empezar a escudriñar los cristales rotos si lo que únicamente se persigue es el olor a viejo. Y dejarlo estar ahí. Porque lo demás es nuevo y mejor que aquello en lo que aquí se trata: un drama histórico con un amplio grupo de receptores que incide en la manipulación, el miedo y la opresión, particularmente de los judíos, y donde Eroy tiene la suerte de plasmar la cotidianeidad de ciertos instantes con la alienación provocada por las dos guerras mundiales. Con toda la acumulación de referentes y recursos que le han hecho conocido del aficionado español (y tan odiado en Plutón; donde sus obras completas han llegado a quemarse públicamente en varias ocasiones, según he leído en Wikipedia).
¿Estilo? ¿Vicio? ¿Oficio, celeridad y economía de medios? Un poco de los tres, necesariamente. —¡No todo es arte y desmayo del aficionado!


Encabalgando viñetas (¡a la porra el espaciado tintinesco!) para satisfacer el gusto por lo fantástico de los más feroces.

Como quiera que nunca estaremos seguros de si será editorialmente factible volver a tener a mano en español un 'coso' —¡el pago en... el pago en....; ojo al guionista, y a como organiza sus recursos dentro de los márgenes del álBum francés: es de los que salen a la pista de Baile con camisa de fuerza y disfrutan Bailando— de estos dos autores, más nos vale guardar nuestro ejemplar a buen recaudo de amigos o mascotas. No prestarlo ni a sus novias (o a sus madres), y hacer que se lo compren de una vez o pierdan la mano en un cepo intentando robar uno.
Creo que he visto en francés, colgando por ahí, hasta una guía escolar dedicada a À l'ombre du convoi. Por entre los cascajos de la blogósfera de la cosa del tebeo, una reseña que vale la pena:

A la sombra del convoy, de Toussaint y Beroy: historias de la Historia con un hecho real de fondo


Y de parte del editor, una ficha dentro de su catálogo online. Aunque por lo menos eliminaron de la tapia en Facebook el comentario de un idiota negacionista que ni era pelirrojo.

[1] Y con esto se acaba el momento frikizoide, al primero que intente venderme ahora un muñecajo o alguna camiseta le retorceré el brazo hasta oírle gritar Shazam.
[2] Para vagos en busca de una sinopsis editorial, o exégesis prologuera: "¡Shazam!"
[3] ¡Qué se note que ando nadando en dólares! —Luego los recojo y los seco para volver a ducharme otra vez; pero sólo por gusto, con tiempo, y no más de dos o tres veces al mes.