miércoles, 9 de enero de 2019

Desespaldado por los poscasts

Queridos tortados:

Os respondo desde mi taburete para facilitar el apuñalamiento en grupo y que este os resulte una operación incluso grata. Mi especie vive al arrastre. En realidad, lo que llamo taburete viene a ser una silla sucia sin respaldo que he acabado de adoptar hace apenas tres horas para completar el buen feng shui de la caja de cartón que me sirve las veces de vivienda cuando subo a mirar a las personas verdaderamente sociables. Como las que son capaces de hacer amigos para siempre a través de Fasteburro o de Buittrer. Yo sería capaz de ver Telecinco si alguna vez se sintonizara bajo el agua y poco más.




Fotografía de la sede de un típico podcast español.



En corto, no me escocían tanto los ojos después de haber escuchado un podcast sobre cOmic desde aquel programa de Tomos y grapas en el que pretendieron analizar un tebeo de Isaac Sánchez "Loulogio" sin documentarse previamente sobre su labor en el campo de la historieta; con el que evidentemente se le denigraba al querer equipararlo a la figura de un youtuber cualquiera, como si este únicamente hubiese logrado acceder al mundo editorial por su condición de famosete. Aunque de análisis de una obra no se pudiera calificar lo que hicieron, y, finalmente, tras haberme molestado en transcribir todo lo que soltaron y enviarles su lista de la compra mediante un correo electrónico, nunca se produjese la más mínima rectificación a todas las burradas que se vertieron sobre el autor y la obra que decían analizar. De hecho, aquel programa todavía podrá ser escuchado por cualquiera como si nada. Como supongo lo será el que los tortados acabáis de dedicar a las revistas españolas sobre cOmic.
Ya es para pensarse si seguir o no escuchando podcasts en español con este panorama. En el que nadie parece ser capaz de rectificar, aun reconociendo que quizás haya podido excederse en una apreciación demasiado personal. Más o menos lo poco que recibí en respuesta por parte de Tomos y grapas. Cuando no negarse a admitir que se equivocó al referir un dato concreto. Tal vez escudándose en la inmediatez y el tono desenfadado que parece propiciar la realización de algo similar a un programa de radio en internet, al menos por su periodicidad regular y continuada.  
Así que no voy a molestarme en elaborar un listado completo con todas las revistas sobre historieta que se han obviado en este último programa del podcast de Es la hora de las tortas. Los experimentos hipnóticos de erudición comiquera no van conmigo. Las revistas impresas le parecerán a alguno prescindibles hoy gracias a internet, como apuntan al menos dos al finalizar el programa, pero también lo de documentarse aunque sea de forma gratuita (y en español está fácil, aunque uno ni tenga que molestarse en contar cómo lo hace) al cotorrear sobre cOmic. Pues parece que esa labor también ha caducado para ellos.
El programa ya empezaba mal al referir a Bang! (1968) y no acordarse de Cuto (1967), poca cosa, aunque intenten sorprendernos con algo que ya debería conocer cualquiera que haya abierto un par de tebeos de superhéroes Marvel en España desde principios de los años ochenta de aquel siglo XX. Alguno se asustaría si le viese en esa foto en blanco y negro en la que sale con una atezada barba y oscuras gafas cuadradas. Que tampoco es que el conductor se moleste en comenzar ofertando alguna mínima definición de revista sobre cOmic. Por eso de delimitar una serie de características que distingan a estas publicaciones de un simple fanzine. Pero ya nunca sabremos si fue su intención distinguir entre Bang! y Cuto de esa manera, o, sencillamente, desconocía a esta última. Que no dedique ni dos minutos a Bang! excusándose en "la patata" carece de importancia. La PATATA es de mucha más compleja delimitación que el boniato: uno va alojado en el pecho y otro se lleva en la cabeza. Cosa de tubérculos. Ambos son para toda la vida, aunque uno y otro caduquen a distinto ritmo. Algunos dirán que yo no tengo ni de uno ni de otro.
Mi médico podría atestiguar que están en lo cierto. Y, no obstante, hasta un espantapájaros treintañero sin boniatos en la frente sabe de Bang! y de su aniversario. Eso o la desidia. Holgazanería, desinterés, quizás, un instintivo e injustificado desprecio de unas personas que ciertamente ya van superando la cuarentena sin sufrir de más pesadas enfermadades que una simple y ya cotidiana jaqueca. Con mucho, tal vez un ictus superheroico que imagino resultará fácil de sobrellevar siguiendo la medicación vía previews recomendada para estos casos por la FAO.


Internet funciona gracias a personas como estas.


A nadie se le pide que sepa lo de Comics Camp, Comics In... No todo el mundo ha sufrido la desgracia de tener que comprarse tebeos con cincuenta pesetas en las montoneras de la segunda mano. Los Comix Internacional y 1984 ya los buscaban señores mayores en las librerías del arrope comiquero mucho antes de que se inventase el Chollocolección. Que entre ellos se colara un niño se lo debemos al desmadre de la OTAN sí, OTAN no. Y todavía hay información ahí que nadie ha trasladado a la internet. ¿O será mentira?
Sí, tampoco se dolerán muchos por lo poco que se dice en este podcast sobre El Wendigo y  su promotor máximo. Ni una triste radiografía. Google no sabe de las peleas de la época.
En Es la hora de las tortas no tienen en cuenta los esfuerzos de Joan Navarro si no aparece alguien en pijama como portada de una de sus publicaciones teóricas. Que a saber si eran todas revistas o unos simples fanzines con contrachapado como se estilaba en épocas anteriores al desbordamiento superheroico en los quioscos y el descuelgue pectoral de Sabrina en televisión. Sin duda su cercanía con Javier Solana ha pesado en este premeditado oscurecimiento de su figura. Para equilibrar la cosa han pasado de nombrar la revista Sunday. Pero es difícil documentarse sobre estos asuntos. O igual es cosa de Google y jamás se habían escrito juntos Sunday y cómic en internet hasta ahora. No seré yo quien pruebe a buscarlo en la Chichipedia.
De todos modos, ¿qué podría encontrar en esa revista sobre Alfonso Font o Manfred Sommer que a día de hoy no venga ya en Facebook? La letra impresa está so-bre-valo-ra-da.
Sigo sin creerme que si busco en Google por la primera revista sobre historieta editada en España vaya a encontrar algo distinto de una animación porno en bucle de gatitos. Y si sale algo, con seguridad será una noticia falsa.



Tecnología cuántica al servicio de la divulgación.
Apabullante un repaso tan pormenorizado a Neuróptica. Se ve que os habéis quedado sin tiempo para avisar del modo en que esta publicación regresa. Y en nada. Dos días o menos. Pero no sobraban segundos ni para mencionar su vinculación a cierto evento. Con solo dos horas de programa... con algo más de tiempo incluso se podría haber ido relacionando una revista con otra a través por lo menos de sus colaboradores y de los vínculos de amistad o enfrentamientos que estos mantuvieron con los distintos editores de la época. (Apuntad esta idea: programas de seis horas patrocinados por Redful. ¡Éxito o muerte!) Y así no se habría quedado fuera la revista sobre historieta Fan comics (1985). Lo mismo que El Boletín, otra rareza que nadie ha visto jamás —yo dudaría de su existencia si no fuese que gracias a uno de sus números me enteraba hace la tira de años del fallecimiento de Florenci Clavé; un autor sobre el que desborda información internet y lo que no es internet, con seguridad las puertas de los sanitarios de la Herodes Comic Con; me informan que es completamente cierto que todos los días hay entre tres y cuatro norcoreanos escribiendo reseñas de sus obras en INTERNET—,  como todas esas revistas de la Asociación Cultural Colectivo de Tebeos, y títulos tales como De Tebeos (1993), Tebeolandia (1995), Mundos de papel (1998). Ni estas dos últimas salen gratis aunque todavía se pueda intentar robar su último número en las librerías del ramo si se es valiente.
¿No os gusta Almería? ¡Pues Almería existe!, lo ha certificado el primo tonto de Rajoy a través de Google maps hace apenas dos días. (Más Telecinco y menos prozac.)
Ya se explicará más adelante en qué aventajaba Bronze a Hero como para haberse incluido uno y no otro en el listado (super)cronológico(documentado) del podcast de Es la hora de las tortas. Los contenidos no serían. Lo de dejar fuera a Dolmen Europa (2008) claramente tiene cabida como licencia poética al tratarse de una revista en la que no se hablaba de historieta japonesa. Que vete tú a saber si igual no eran fascistas todos los que escribieron allí. Y a la mayoría de los aficionados españoles, ya no diré a nuestros divulgadores del vellón estadounidense, nos avergüenza que todo lo que fingimos saber sobre Oesterheld se lo debamos a una revisteja remendada con cuatro puntadas de unos señores mayores como Yellow Kid (2001). Antes muertos por una diarrea de San Chóped Liefeld que admitirlo en público. "¿¡Yellow qué..."
El repaso a los colaboradores de cada publicación, y la incapacidad de distinguir entre sus distintas épocas a partir de los formatos de las mismas, es de esos detalles que me congestionan el rabanito. Tan cierto como que creo que me voy a llevar un agujero en el boniato de recuerdo de este programa. Así que prefiero quedarme con el cariño que todos compartimos por la estimable Comics scene, de la que apenas sí puedo añadir un pequeño detalle que ha quedado fuera del margen de la chuleta del conductor de esta emisión del podcast de los torteros: Starlog Comunications International, Inc. Un mantra. Solo alguien capaz de pegar su boniato a Comics scene puede apreciar las labores propagandísticas de Slumberland y Trama. O preferir hundir el hocico en una de esas dos a hacerlo en Dolmen. Estamos juntos en ello ahora que voy a lucir hasta mi muerte o desaparición un agujero en mitad del boniato.

(Interludio musical.)

" Ay bule bule, que bule, que bule,
Ay dale dale, que dale, que dale,
no me tires trikimí, ni me mires con tus clips,
porque me entra el trikitrá.

Ay bule bule, que bule, que bule,
Ay dale dale, que dale, que dale
que yo tengo el corazón
muy cerraito con llave."




De  nuevo solo puedo lamentar que este suplicio no llegue a sobrepasar las dos horas de duración. A pesar de que no se hagan largas cuando lo que uno busca es acelerar el castigo que ya supone vivir tratando de leer tebeos en un mercado clarísimamente tan diverso como el español. No obstante, experimentos como este tienen que continuar hasta que Radio 3 se hunda o se precipite. Y estimo que sería preciso que concurriese al programa muchas más veces el invitado suicida Pedro. Álgido, álgido... Lo más parecido a juntar a Cacao maravillao y las hermanas Valverde en un mismo ascensor. Todo sea por la nostalgia.
El fin del mundo necesita de gente capaz de llevar adelante un nombre así sin sufrir por ello el estigma de trabajarse el músculo en papel a la vez que en internet. (¡Qué se ha hecho de los seudónimos... Solo son tebeos... Todo el mundo tiene un culo...) Y quien quiera escuchar el programa que lo busque en papel si es incapaz de encontrarlo en INTERNET. De todas maneras el papel siempre estuvo sobrevalorado. Invertid en pienso para frikizoides.
Todos al metro con el teléfono como los buenos tertulianos.

martes, 31 de julio de 2018

Tomad bambú

¿Cuál es ese extraordinario delirio que nos lleva a identificar o a nombrar una obra como imprescindible? ¿Servirá como un documento de identidad, un signo de reconocimiento para marcar territorio?

Permite, tal vez, si no son demasiados, que una docena o dos de lectores y autores se sujeten el pico recíprocamente en un beso y disimulen el magnético atractivo de los bostezos a los ojos más mortales y comunes de algún otro partido de consumidores de historietas. Como si a su vez estos últimos no fueran a ser capaces de salir volando tras los pechos, las caderas o los muslos de otros tantos tebeos imprescindibles y bostezar para mostrar de una sola vez todo el atractivo coloreado del interior de sus picos a quien quiera verlo. Y alguien querrá. Siempre quieren. Ya fuera del museo, aunque también en desorden, todavía quedará quien compre y lea tebeos sin razón alguna, por el puro placer. Cuando menos unos pocos conocidos (no muchos de entre una multitud a la que interesadamente se quisiera imaginar ciega y aturdida la mayor parte del tiempo) con los que los editores puedan contar para ajustar sus tiradas y que estas acaben de aproximarse de la mejor manera posible a lo imprescindible, sea lo que sea de lo que se está prescindiendo entre una parada nupcial y otra.


Quizás sea verdad que en el pasado los prados sostenían preciosas olas verdes mecidas por cálidas brisas y que nubes blancas contrastaban perfectas sobre un cielo azul, limpio... si bien lo último que Ominiky ediciones ha dejado salir al prado no sea una rata con bíceps de toro o una aspirante cañón a dibujante de tebeos, sino a un personaje mucho más insólito y borreguil. Que por segunda vez, según consta apuntado en el apiaradero del editor, aunque nadie lo crea, cruzará las mojoneras de las librerías especializadas donde se van a exponer a la venta sus carnes en forma de unos libros de historietas que acabarán colgando de los arruos y los anaqueles de manera que se pueda leer: La oveja samurái 2: Bambú. Título por el que responden como únicos capitanes de tijeras y moreneros Santiago Girón y Fran Carmona, de un lado al otro, guionista y dibujante, encargados de migar las sopas en esta suerte de la trashumancia heroica que llega así a su segunda entrega salegada con el mismo diseño que ya mostrara el primer libro. Y que en algo recuerda a ciertas portadas de la serie extranjera Usagi Yojimbo por la composición de la ilustración doble que dibuja el mismo Fran Carmona para sus cubiertas, con la oveja samurái flanqueada por una multitud de los enemigos que va a enfrentar en este accesible tebeo. De edición tan cuidada y digna (cartoné (24 x 14) de a 16,5 euros) que ya ha conquistado para esta producción nacional una cierta marca distintiva que la hace destacar de entre el resto de novedades. Gracias a ese blanco y negro sobre color que, como en un bajo relieve, confiere a una serie todavía de reciente aparición dentro de la historieta española un carácter único y reconocible como el que podría lucir cualquier otra colección más longeva o consolidada en nuestro mercado y en la conciencia de los consumidores.
Pese a haber transcurrido casi tres años entre la salida de la primera entrega y este su segundo número, no obstante, media entre ambos un universo bien delimitado gracias a un discurso gráfico pleno y la consolidación de algunos pocos personajes secundarios ya recurrentes en la serie con que mantener la continuidad entre dos aventuras que resultan ser independientes. Y, en verdad, se desenvuelven por su propia cuenta sin que el conocimiento de una y otra historia parezca imprescindible para pasarlo bien y divertirse con ellas.




En Bambú la oveja samurái y ese discípulo suyo tan bajito y peludo que le han ahijado y responde al nombre de Chito, se asemeja a un mono y, ciertamente, parece haber sido dotado de la expresividad y el candor de una pequeña cría de chimpance, lo certifique un verdadero crítico de cOmics de los de carné o uno de los sudorosos jornaleros preuniversitarios que trasiegan con huesos en Atapuerca, enfrentan un tipo de aventura muy distinta a la anterior. La acumulación de gags a cada cual más chocante y absurdo con que se revestía aquella peculiar jornada del héroe toma una estructura narrativa más clásica o episódica (menos mortadeliana [1]) y acorde a la extensión de la obra en que se ocupan los autores. Pues ya en el primer número se superaban de largo las cien páginas, contando ciento dieciséis este segundo. Son ahora los personajes y tipos comunes al cine de artes marciales y el clímax que conseguían cualquiera de las viejas películas de los años setenta y ochenta en las que un chino apareciese repartiendo tortazos en mitad de un atropello violento de piruetas inimaginables, continuas llamadas a la "sed de justicia oriental", y gritos a veces no demasiado varoniles, los que se acomodan aquí como las nuevas herramientas que acompañarán a una pareja de protagonistas tan llenos de vida, actitud y personalidad como cuando nos complacieron por primera vez gracias a la calidad de su diseño y dibujo. Y que en esta ocasión las van a pasar canutas para ganar a los malos.

























Una nueva aldea de ciudadanos indolentes amurallada por la firme vigilancia de los secuaces de un detestable y genial villano es el pequeño mundo sobre el que se organizan los elementos que hicieron notable la serie desde su inicio. Composición y juego con el espacio nos mantendrán en esa aldea hasta el final gracias a un equilibrio difícil, en el que se trata de aunar el dinamismo de las figuras zooantropomórficas y una gran caricaturización con algunos escenarios que son representados al detalle en no pocas ocasiones. —Y con lo que me ha costado escoger las imágenes que acompañan la reseña, y recostar el tebeo sobre el escáner sin que se destrozase del todo, estoy para que me contradigan; así que mucho ojo con lo que se vaya a comentar sobre mi blog por las cumbres pintadas de guano del Buittrer y esas tapias de Fasteburro manchadas siempre de graffitis chungos y loas a los Borbones y la Herodes Comic Con.—. De un modo más impresionista, como es lógico, los gags y otros golpes de efecto se resuelven sin pudor mucho más contundente y emocionalmente que en esos Spirou que todavía compra la gente mayor [2]. Como casa con quien es el redactor final de las legendarias hazañas de la oveja samurái, pues sus ojos, enormes como los del más vulgar mono japonés (incluso comparado con uno de los dibujos del célebre mangaka que licencia con gran naturalidad y frescura Astiberri en nuestro país, Miratoo Kemono), ya conocen la historia. Así, continuando la tradición iniciada en su anterior crónica, con toda la lección moral y la risa de un tiempo menos inmemorial que el realmente transitado por la oveja samurái, nos ofrece el mono la cómica narración sobrepuesta a través de las cartelas con la que puede apreciarse el contraste entre el aprecio desmesurado del discípulo por las técnicas marciales y la sabiduría que se desprende del amamillo de su amado maestro y lo delirante y descacharrantemente zafio que en realidad pueden llegar a resultar esas lecciones y golpes mortales. Como otras diatribas filosóficas que solo atienen a los verdaderos seguidores del zen de la montaña sobre si puede ser conveniente o no lavar la ropa interior de un guerrero japonés sometido a los rigores de un mes de ascesis de aseo e higiene personal.    
Mientras se lee esta historieta resultará imposible evitar la impresión de que los protagonistas se tratan en realidad de dos sustitutos de los autores. Aunque no podamos contar con una gota de tinta ni una misera rayadura de grafito que certifiquen la cantidad de ADN que comparte cada bicho con sus creadores. De la misma manera, tampoco sería del todo extraño imaginar que el malo supremo de esta película se correspondiese con el de otra figura real igual de anómala e hilarantemente grotesca que el propio Lord Hammon de York. Y, una vez descartado el editor, que, a la postre, es quien va a soltar la pasta en este negocio, solo queda creer que Federico Trillo (aquel famoso soldado hondureño reconvertido después en embajador español) hiciera la gracia de haber posado para Fran Carmona por cinco minutos que fueron suficientes para dramatizar jocosamente a un diplomático colonialista al servicio de su Majestad británica.
Seria y comprometida como es esta historieta, guionista y dibujante no se han olvidado de ajustar cuentas con todo cuanto bicho o personaje animalesco pueda resultar hoy motivo de lucro mayor para sus creadores originales que la oveja samurái lo viene siendo para estos dos futuros premios nacionales desde su creación. (Y tratándose de un galardón anual con un reglamento tan restringido como el del Premio nacional del cOmic, sería fácil que eso acabara sucediendo a poco que la gripe española volviese a hacer estragos en el país o suba todavía más el recibo de la luz. [3]) Entre la familia de los Gumballs, esos dos parias de Historias corrientes, y un Atlas y un Axis, suman una cabaña de por lo menos cien cabezas célebres de la historieta y la animación internacional, aunque también se apropian para acabar de dar lustre a toda esta historia de los cameos de otros personajes menos influyentes y desprotegidos por las leyes del copyright o los grandes bufetes de abogados como el Capitán Perrillo y Trizia, de Juan Manuel Beltrán y Pedro Pérez, a los que dotan de cierto protagonismo. Seguramente con el único fin de emborronar más páginas y justificarse ante los editores. De este modo se nos muestra a una Trizia más felinizada que en manos de su creador, a la que le han cambiado los bártulos de aspirante a dibujante de tebeos por los de pintora de cámara de Lord Hammon de York y su nombre original por el de Lady Patrizia Thomapanimoha. El editor seguramente ni se ha enterado de esto último.
El esperado enfrentamiento entre la oveja samurái y su homólogo estadounidense Usagi Yojimbo —que a tenor de las comparaciones establecidas por la crítica española con la oveja samurái debe tratarse de una tira humorística distinta de las pesadas aventuras históricas creadas por Stan Sakaien forma de otro afortunado cameo, responde a las expectativas de quienes pasamos de la vida y milagros de ese amigo de las tortugas ninja. No obstante, siempre sumamente complacientes con el sector mayoritario de los aficionados, y por razones todavía más comerciales y lucrativas, Fran Carmona y Santiago Girón le otorgan a Usagi Yojimbo una última oportunidad de lucir sus habilidades como contendiente de la oveja samurái en un duelo de espachines dentro de la sección de extras. Un apartado del libro que se completa con dos historias conclusivas de género autobiográfico y enfoque megalomaníaco junto a varias páginas de ilustraciones especiales y estudios de personajes con las que volver a rellenar más páginas y justificarse ante el distribuidor y los libreros. Puro mefistofelismo editorial.


Fotografía real de los autores tomada durante una sesión de firmas.


Estamos pues ante otra obra imprescindible de entre las treinta o más que se amontonarán en los listados de lecturas esenciales a final de año (con el inconveniente de haber prescindido del logotipo de Astiberri en sus cubiertas), que no puede por tanto dejar de recomendarse vivamente. Aunque solo sea por ocupar espacio en nuestra tebeoteca espiritual y salir de la lista de los vagos y maleantes carcas nostálgicos de toda la vida. 
En fin, una obra en la que Fran Carmona brilla o se ha dejado los ojos, que al final viene a ser lo mismo; si no, mira tú cómo salen de las discotecas los chavales a las seis de la mañana y compara su foto de perfil en Instagram a la de cualquier otro muchacho seguidor de esas verbenas documentales de mecánicos estadounidenses de la tele— con un laborioso empleo del tramado que conseguirá alejar la idea de colorear o completar con otros trazos las viñetas de este tebeo incluso entre los más pequeños de la casa. Lo que asegura la inversión y justificará su coste para más de uno en estos días veraniegos en los que la natalidad se dispara entre los coleccionistas. Tampoco olvidaremos a Santiago Girón, que ha estado aguantando todos estos años al dibujante hasta conseguir el logro inimaginable de convertir lo que con seguridad no era sino un esbozo delirante arrendado de alguna película hongkonesa semidesconocida cuyas últimas copias los editores de Ominiky se habrían encargado de destruir en una historia con principio y final. De una proporción ajustada entre planos generales y americanos tan perfecta que incluso en este pequeño formato panhispánico del 24 x 14 sería posible colarles la serie a los exquisitos lectores francobelgas. Y más entre sus niños (franceses o belgas, ¿quién podría distinguirlos si no es por el olor a cruasán o a patatas fritas?) y el resto del espectro infantojuvenil, que allí abarca de los doce a los noventa años de edad, más proclive a llorar de entusiasmo ante un argumento simplista recargado de risotadas y alegrías en el que unos niños de formas animales esperan ser liberados del secuestro y el trabajo esclavo al que les somete el diabólico canalla de turno. O a que ver cómo se las apañaría un traductor de allá para pasar al francés nombres como los del ronin Tokomocho y los ninjas de la escuela de asesinos de Aton Tao sería  una justa revancha por todos los traductores españoles que han caído traduciendo Astérix en nuestro país.
¡Pero benditos los reinos donde todavía sea posible leer por leer! [4]
 

[1] Cocreta, almóndiga, gallego, novela gráfica... pero no les queda espacio para añadir Mortadeliano. Luego se quejarán si nos quitamos el braguero y lo quemamos en público para escandalizarles. ¡Qué vivan los quioscooos! 
[2] Es que tienen más letra que estos tebeos españoles. 

[3] Lo mismo si empiezo a denigrar los tebeos y autores que me gustan acaban dándoles un maldito premio. 
[4] Voy a ver si me acerco y logro volcar uno de esos camiones de bande dessinée que cruzan los Pirineos.

martes, 12 de junio de 2018

ASTRON, el robot que vino de lo alto




ASTRON O super-robô! (Astron ¡El superrobot!) es un tebeo radiante. Una historia de ciencia ficción que pudiera serlo además también de superhéroes si así se quisiera presentar a su público en algún momento. Aunque nunca hayan necesitado los robots de argucias como esas para ver aumentado mucho más su atractivo entre los niños. A la mayoría de ellos les basta con que sean poco más grandes que una gran roca. Y de hecho, la mayor parte de esta clase de personajes se muestran así de graves en cualquier situación incluso aunque tengan el aspecto y el diseño de un viejo radiador. Astron es de todas formas más heroico, y, por lo menos, igual de serio que cualquier radiador de marca estadounidense, italiana o japonesa, que haya existido para la historieta antes de él. Además pisa suelo brasileño y se ha distinguido por escoger para sus aventuras no el mundo futuro, el mundo dentro de cuarenta, cincuenta, o sesenta años, sino la actualidad de un país al que quizás ni los propios brasileños acertarían a imaginar un mañana lo suficientemente distante del día de hoy. Porque su historia sirve a la vez de retirada y reflexión de sí mismos canalizadas a través de un milagro tecnológico.
Para lo que se ha requerido de no poca habilidad. Una vez que se trataba de presentar una historia que se adentrase en el terreno de los avances científicos y las innovaciones tecnológicas sin dejar de focalizar la narración a través de la aventura y la acción, y en sus aspectos  más absolutamente fantásticos, de manera que resultase en una lectura no solo atractiva sino sobre todo asequible para la franja etária a la que se dirigía: 

Los lectores de menor edad en Brasil. [1]

Un público que contra la acumulación de condiciones desfavorables de todo tipo (y no únicamente económicas) todavía existe hasta conformar una masa de lectores fidelizados ante el que se dispone una oferta historietística específica en forma de series y personajes, como de colecciones en las que se combinen ambos; productos, tal vez para un lector aficionado español, demasiado homogéneos, pero cuando menos relativamente abundantes por comparación a nuestro inane mercado del tebeo infantil. Aunque a veces se trate de nuevas propuestas que por su débil implantación comercial difícilmente llegarán a alcanzar una trayectoria lo suficientemente regular y prolongada como para ser consideradas estimables, no ya en cuanto a su calidad o a su relevancia y posible influencia respecto a la historia del medio, sino para la vida profesional misma y el sustento de sus creadores. Como de franquicias estables aunque desprestigiadas al modo de meras mercaderías fruto de la repetición y copia más que de un proyecto genuino y real, planteado o no desde las expectativas del autor, cuyas tiradas y repercusión estarían lejos de ser las de épocas anteriores y, por tanto, ocuparían en su realización a un número cada vez menor de profesionales. Ambos tipos de creaciones coexisten dentro de un segmento de mercado a la mengua copado por una sola franquicia todopoderosa, la formada por la Turma da Mônica y sus series y colecciones derivadas, que desafía y, en este sentido, orienta el resto de alternativas editoriales. Ocasionando que se materialicen réplicas e infinitas imitaciones del fenómeno de masas de Mônica y sus amigos. Siempre podrá ser que de entre toda esa producción calcada e invariable se acabe por rescatar algún personaje o autor. Aunque serán los menos y muy pocos contarán con la inteligencia y autenticidad de una obra como la del recientemente fallecido Antonio Cedraz y su también exitosa Turma do Xaxado, buen ejemplo de historieta infantil planteada según la fórmula de la cotidianidad. En la que su autor acertó a presentar las pequeñas aventuras de un grupo de niños, ejemplos de distintos tipos sociales brasileños, bajo el marco enriquecedor de un humorismo siempre sensible a la realidad y a la identidad sociocultural de sus lectores, que ha destacado a esta serie por encima de las otras muchas producidas en Brasil a partir del patrón popularizado por Maurício de Sousa y su personaje Mônica.
Ahora bien, resulta necesario señalar que, para fortuna del mercado brasileño y de muchos de sus profesionales, las creaciones de los Estudios Maurício de Sousa son productos nacionales. Como gustan referirse en Brasil a aquellas obras que son creadas y producidas enteramente por editores brasileños. Seguramente un ejemplo de esfuerzo por parte de sus equipos artísticos y de los editores implicados en sus distintas líneas editoriales. Desde las que se viene asumiendo tanto el rescate patrimonial de algunas de las primeras obras del universo de Maurício de Sousa como la recuperación y explotación de antiguos personajes a través de un formato alejado de la concepción general de los productos de Maurício de Sousa y, sobre todo, del propio mercado brasileño como es el álbum europeo. Esta revitalización se ha completado exitosamente gracias al reclutamiento de guionistas y dibujantes nacionales de primer nivel que acometerían el encargo de otorgar una nueva mirada más personal, o, cuando menos, cierta apariencia de modernidad, sobre distintas series de manera única y especial. Um empeño del que han resultado ejemplos notables como las series de varias entregas dentro de la colección Graphic MSP protagonizadas por Astronauta y Bidu. También nuevas líneas de edición con que facilitar la adecuación de la edad de Mônica y sus amigos a un público de mayor edad, aquel que dejaba de seguir las andanzas de Mônica y sus series afines al entrar en la adolescencia, con la consecuente ampliación de los temas y argumentos de sus aventuras.
Un empresa prolongada durante al menos los diez últimos años que, además, no se restringe a los tebeos, o no únicamente a la historieta, llegando inclusive al ámbito del libro ilustrado. Lo que ha servido para que un sector de los creadores y del público vuelvan a estigmatizar estas producciones como una mera explotación comercial. Muy probablemente, los mismos que hoy parecen celebrar la cancelación de las publicaciones Disney por parte de la mítica editorial Abril. Olvidando que si bien la posición privilegiada de Maurício de Sousa podría justificarse históricamente en el servicio publicitario que sus personajes rindieron a la marca gracias a su publicación en los periódicos, sin más consideración que su omnipresencia en los mismos a lo largo de todo el país, la clave de su éxito empresarial, proyección y prestigio renovados continúan ligados a la vida en papel de sus criaturas antes que a cualquier otra fórmula de rentabilidad.
No será menos cierto afirmar que mucho antes de esa renovación del universo creado por Maurício de Sousa su primacía dentro del mismo mercado y superior consideración entre el público (consumidor activo o no de historietas) refrenó la iniciativa del resto de casas editoriales. Que suelen quedar fuera de la diana de estos sectores tan críticos con Mônica y sus amigos. Olvidándose que de común no han pasado de ofertar productos en demasía parecidos a cualquiera de los tebeos de Maurício de Sousa, la mayor parte de ellos repletos de situaciones inauténticas o cuando menos estereotipadas. Pero, sobre todo, privadas de ese sentido de colectividad propio de la creación máxima del anteriormente mencionado Antonio Cedraz. Explotador de sus propios personajes a la vez que un historietista capaz de transformar las aventuras de sus criaturas en una propiedad personal para el lector sea de la edad que sea. Pues en general esas otras creaciones fruto de la emulación no dejan de ser historietas que, al contrario de lo que ocurre con las creaciones de A Turma do Xaxado o la producción infantil del guionista Wellington Srbek, están muy lejos de suscitar una expresión real de la propia vida de la sociedad brasileña y de sus lectores. Aun cuando se planteen o inicien en parte ajenas al culto que implican las franquicias cinematográficas, las series y fórmulas televisivas, o los videojuegos, pero también algunos de los modelos cerrados que actualmente impone la historieta japonesa, mediante el abuso de un tipismo complaciente, sin perspectiva de la realidad brasileña y su diversidad. En todo alejada de la concepción responsable y casi pedagógica con la que tan vehementemente aseguran proceder muchos de los autores y editores de esas obras en ocasiones. A las que además de repetitivas se podrían calificar como atrofiadas. Pues el efecto de inmersión que proponen no pasa de emular algún referente de actualidad (casi siempre global), Harry Potter, Star wars, o cualquier teleserie estadounidense, elementos faltos de imaginación que no aportarían nada a los elementos fantásticos concretos y las situaciones cotidianas en las que pueden moverse los protagonistas.
Por supuesto, A Turma da Mônica no es ajena a este tipo de carencias. Aunque no exista razón alguna para responsabilizar a Maurício de Sousa y sus creaciones del fracaso de iniciativas llevadas a cabo por otros grupos editoriales que no siendo menores han dado en copiar sus más vulgares mecanismos. Ese tipo de lecturas inopinadamente adocenadas que difícilmente llegarán a ser objeto de ninguna demanda posterior de parte de los lectores cuando consigan llegar a sus manos.
No es casualidad que las mayores sorpresas en el campo de la historieta infantojuvenil en Brasil hayan llegado de la mano de los propios autores o directamente de la autopublicación otro ejemplo más: Aú, o capoerista, del dibujante Flávio Luiz— y no de las editoriales que han optado simplemente por 'acompañar' el fenómeno de Mônica. Ya que ningún planteamiento editorial simple o demasiado circunstancial podrá por sí mismo sustituir la formación pedagógica ni la capacidad o intuición creativa genial pero alejada de cualquier improvisación que ha permitido a ciertos autores trasladar la diversidad de temas y la realidad brasileña a sus historietas partiendo o no de unas pautas comerciales determinadas por la carestía de medios empresariales.

EL ROBOT QUE VINO DE LO ALTO

"Tú luz te ha llegado, ella que es eterna e inmutable, nueva e imcomprensible y libre, y te pertenece, y por eso tu corazón se puede alegrar o maravillar"

Escrita y producida con vocación de continuidad por el guionista Wellington Srbek y el dibujante Kris Zullo para la editorial Nemo (pertenenciente al Grupo Autêntica) Astron fue una serie lanzada al mercado brasileño en el año 2014 que lamentablemente no pasó de una primera y única entrega dentro de su propia colección. Un número planteado a modo de historia sobre el origen del personaje. Un ejercicio sencillo y eficaz que podría haber quedado en un bosquejo más, uno de tantos, simple y bastante usual, de no haber sido su protagonista un robot y no otra clase de personaje. Pues si un héroe más típico nos suele ser presentado en la hora de su nacimiento, por lo común, en el momento preciso en que adquiere poderes o recibe algún don maravilloso, cae o promete regresar, a un robot pueden mostrárnoslo mientras ensamblan todos sus distintos componentes.
En principio, también sería igualmente plausible imaginar que ese milagro del gigantismo que es el robot pudiera dirigir tal operación por sí mismo y terminase por escoger todas esas piezas y sus mecanismos como en una lección de anatomía. Hasta llegar a presentarse como jamás podría haberlo hecho una planta o ningún otro personaje antes que él. ¿Qué puede haber comparable a la rectitud moral de una cabeza metálica?
Pero hay también un vector real que Wellington Srbek introduce en esta historia y que sobredetermina otros que en una aventura más superficial quizás habrían sido presentados como objetos del único interés y tema principal para la misma, tales como la exposición de diversos avances técnicos y los cambios que de uno u otro modo conllevarían, que la imagen de un robot capaz de autodiseñarse acarrea de por sí con suficiente firmeza como para que guionista y dibujante nos libren de enojosas e innecesarias explicaciones. Así, más importante que un laboratorio acaba por mostrarse el palacio de los dioses, o el entorno geográfico tan concreto en el que Astron cobra vida: una universidad brasileña.
  
La escena se nos presenta bajo el engrama de la noche tormentosa, dentro del laboratorio de ingeniería robótica de una universidad, el profesor Nicodemos y sus ayudantes Sarah Shalom y Hélio Takahashi comienzan los preparativos para el ensayo cuando son sorprendidos por el tiempo y un rayo toma las consolas. Acaba recorriendo ordenadores, pantallas, teclados, hasta llegar a la mesa de un prototipo apenas alumbrado como la sombra de lo que parece ser un cuenco o alguna especie de cráneo. Aunque pronto se descubra que tan solo se trata de la cabeza del prototipo robótico bautizado como Astron 21. Que de forma increíble no ha sufrido daños ni desperfectos apreciables a simple vista. Además... ¡Vive! Y, porque vive, la noche del deslumbramiento científico continua.
Astron habla a los sorprendidos científicos. Investigadores y prototipo dialogan e introducen sin violencia o pesadez varios conceptos e ideas científicas sobre la recién adquirida inteligencia del robot que culminan con la más singular de las revelaciones: Astron ha estado planificando la construcción de su propio cuerpo. Aún más, asegura que este paso responde a un deseo de ser útil para la sociedad.
Aunque el profesor Nicodemos advierte la conmoción y el recelo que la existencia de Astron puede llegar a provocar, la decisión está tomada y el robot podrá construirse un cuerpo con ayuda de los distintos departamentos existentes dentro de la universidad.
Esta presentación ocupa las páginas tres a trece del total de veintiocho (sin contar con la portadilla, créditos y demás) que completan el álbum, integrando dos escenas distintas con la secuencia principal del nacimiento milagroso de Astron y las posteriores labores de construcción del cuerpo de este admirable robot. Dotada de una singular estructura esta última, que no se repetirá después, gracias a un recuadrado de las viñetas simétrico, al estilo de una colmena, por dos páginas enfrentadas que permiten abreviar todo el proceso de construcción del cuerpo robótico sin necesidad de diálogos ni cartelas de texto. Lo que aleja todavía más a esta obra de las otras muchas que desde la ciencia ficción se entregan al público infantil en forma de narraciones de un tono inútilmente divulgativo, más satisfecho en las palabras y en la presentación directa de conceptos y explicaciones científicas que en el entretenimiento. Malos tebeos que tuvieran como único interés el poder remplazar por un momento algún libro escolar falto de ilustraciones.
Por suerte, todo en el superrobot se afirma al más temible cuidado de la aventura.



Completado el cuerpo de Astron, Kris Zullo, dibujante de un estilo personal y un grafismo menos realista del que aquí hace uso, logra integrar al robot protagonista con una puntillosa y eficaz vigilancia del contraste del tono y color dentro de la escenografía junto al resto de personajes. Evitando el desequilibrio entre trazo y colores con el que pudiera afearse la disparidad entre el cuerpo metálico del protagonista y los personajes secundarios. Labor nada sencilla en cuanto las siguientes secuencias elaboradas por Srbek y Zullo van a variar de una viñeta a otra en muy distintos planos. Siempre al más puro servicio de la narración. Pocas veces omitiendo fondos o recurriendo a los primeros planos, que incluso pueden acabar sirviendo para subrayar la línea de lectura dentro del recuadro de una página, además de para marcar un determinado énfasis sobre el protagonista. La única composición acomodada en forma de página viñeta sirve precisamente como presentación en público del diseño final, y ya completamente operativo, de Astron ante una audiencia formada por periodistas dentro del mismo recinto universitario. No en otro lugar. Una gran rueda de prensa televisada que además de servir para acabar de introducir la ambigua y difícil cuestión del nacimiento de una inteligencia artificial completamente autónoma, y las reservas alrededor del peligro que pueda llegar a suponer para la humanidad, le descubre al lector los poderes del superrobot a partir de una detallada presentación de las particularidades de su cuerpo robótico. Sin demorar o obstruir la narración. La composición de cada viñeta y la planificación de esta secuencia introducen el que será el episodio final de la aventura con fluidez, en una combinación de espacios pasivos y activos mediante los que se invierte la exposición de los poderes de Astron y las suspicacias de los periodistas. Combinación que pasa del plató de un programa de televisión donde se da paso a la rueda de prensa a la sala de estar de una familia de clase media. Hasta el interior de un hogar precario dentro de un complejo de favelas, escenario arquetípico para el tramo final de la obra.
La amenaza está allí desde hace mucho, el paisaje que cualquier habitante de Brasil conoce se encuentre o no expuesto a la desgracia: barriadas enteras de viviendas construidas sobre terrenos de alto riesgo propensos a los deslaves. Lluvias torrenciales. Deslizamientos de tierras. Y pobreza, ningún oscuro cataclismo al que combatir, sino el escenario de un mundo más amplio que tampoco forma parte de un pasado biológico remoto. Pues podría ser semejante a otros muchos, y equiparable con los desastres en los que la desigualdad social constituya un factor clave en cualquier otro páis distinto de Brasil.
Astron actua como un héroe y la acción lo ocupa todo para que Kris Zullo pueda exhibir el corpachón imponente del protagonista mientras despliega sus capacidades y artilugios durante el salvamento de los residentes de la favela. Contrapicados, escorzos, onomatopeyas que colman las viñetas hasta superar el mismo recuadro. También las expresiones y el habla de los personajes secundarios difieren respecto a los diálogos de los dos episodios precedentes adecuándose con verosimilitud tanto a la propia situación de emergencia como a la distinta condición y clase social de cada uno de ellos.

Como se adelantó, la trayectoria editorial de Astron O super-robô! no llegaría más allá de esta primera aventura, no obstante, pese a concluir con un final feliz en el que el superrobot acaba salvando el día en Morro da Pedreira, quedaron todavía sembrados algunos elementos en segundo plano durante la historia que guardaban estrecha relación con el tema central del nacimiento de Astron y las inteligencias artificiales. Una subtrama con la que seguramente los autores contaban para plantear nuevas historietas del personaje. No pudo ser, lamentablemente este tebeo no cambió el rumbo de dibujante y guionista obligándoles a trabajar por años en sus aventuras. Los lectores brasileños de menor edad y hasta esos pocos adultos sin complejos que acompañan la buena historieta sin atender a categorías ni etiquetas— no pudieron seguir disfrutando nuevas historias del robot cargado por el rayo. Todavía tendrán que imaginarlas. Y entonces, pueda ser que descubran que el nacimiento del superrobot como una estrella acabase cambiando el curso de la historia para elevar al pueblo brasileño tal como parece anunciar el nombre del profesor Nicodemos. 
Precisamente en un país donde la enseñanza pública y los profesores son atacados por grupos quizás cada vez más numerosos de ignorantes dichosos, y, también, fundamentalistas, que en realidad están muy alejados de poder representar el tipo de rectitud moral que aseguran defender, incapaces pues de apreciar un tebeo en el que se muestra al fuego penetrar en el metal para que nazca un robot de atributos dorados. Un personaje que podría haber resultado útil para cambiar a algunas pocas personas. Y para creer a partir de su historia que las universidades, y la enseñanza, son un motor de cambio que no se debiera obstruir a base de prejuicios y miedo.
Como provechoso podría haber sido para la industria de los quadrinhos, en tanto que se aleja en tono y forma de los tebeos que los niños brasileños suelen tener más fácilmente a su alcance.Y no es que este y otros de los títulos y colecciones lanzados por Nemo siguiendo este mismo formato (el álbum grapado con cubiertas semirrígidas) no se vendieran bien. Todo lo contrario. Así que resulta difícil adivinar las razones que llevaron a no ver redoblada esta apuesta lanzando más entregas de Astron O super-robô, como ocurrió con la colección Mitos recriados em quadrinhos [2].



Astron responde:

"DOULHES MINHA PALAVRA DE QUE SÓ QUERO O BEM DAS PESSOAS. 
E A PERGUNTA: "SUAS INTENÇÕES SÃO BOAS", TALVEZ VOÇES HUMANOS, DEVESSEM FAZÊ-LA A SI MESMOS MAIS VEZES."



[1] Digresión-rollo marca ACME (en honor a los trabajadores técnicos y editoriales de los tebeos Disney de Abril en Brasil).
[2] Con mas de 10.000 y 100.000 ejemplares vendidos de algunas de sus entregas. 

jueves, 18 de enero de 2018

Hacia la especulación tebeística... ¡Al ataque!



El detrito de la especulación tebeística es cosa seria. Cuando no son las firmas y autores tras de una publicación, a lo peor puede serlo el mismo nombre de esta el que eleve el precio del despojo de manera exorbitante. Así ha ocurrido con algunas revistas y tebeos producidos al gorgojo de un programa o de una estrella de la televisión en otros países. No importa el nombre de los autores ni la calidad de esas historietas. Siempre ha sido así... ¿también en España?
Ni siquiera los payasos de la tele (Gabi, Fofó, Miliki y Fofito; Suárez, Felipe, Aznar y Zapaterajocito) llegaron a gozar de una cabecera del todo propia que fuera hoy capaz de servir de señuelo para nuestros especuladores.
Es por ese motivo que nunca llegó a desarrollarse dentro de nuestro mercado historietístico un mercadillo de la segunda mano para los tebeos del arrope comiquero similar al de otros países de más terco capitalismo como los existentes en Norteamérica [1] o Alemania [2]. Si bien es cierto que nos llegó tarde la televisión. Y, al parecer de algunos de nuestros más desconocidos críticos, Franco pudo haber impedido personalmente el florecimiento de una historieta y una chuleta gráfica acorde a los televisivos tiempos tras la tardía implantación del ente en nuestra piel de tordo. Un país flaco pero culón. En el que nada ni nadie parecía moverse sin la llamada del Pardo. Sacrosanto germánico lugar en el que por no leer no debían de hacerlo ni con las etiquetas de los botes de champú, si es que existían por entonces, y el único tebeo que entraba en casa (y por la puerta de servicio, además) eran los cuadernillos de Roberto Alcázar y Pedrín. Que el mismo Don Franco Corleone se encargaba de guionizar, aunque desde la distancia, con mucho cariño y sin la necesidad de llegar a escribir alguna vez un guión propiamente dicho, según nos ha dado a entender la más moderna crítica en una de sus últimas revelaciones. De lo que actualmente resulta un mercadillo de la especulación reducido al mínimo, con cifras ridículas apenas superiores a los cincuenta euros la pieza para los pocos títulos anteriores a los años cuarenta que hoy nos resisten vendados bajo plásticos protectores.
Ya no es posible lavar más blanco.

UNA SOLUCIÓN QUIERO: Robustecer los panderos, demoler el Pardo.

Necesitamos crear un mercadillo adulto de la nada. Ahora o nunca. Antes de que se nos adelanten de tal forma que todos acabemos comprando tebeos españoles a través de terceros países y pujando contra coleccionistas malasios por un número de Pulgarcito en EBAY.
El peligro de que nuestro patrimonio historietístico acabe en manos extranjeras desperdigado fuera de suelo patrio no es una posibilidad sin más. Ya está sucediendo. Remesas de viejas revistas son acumuladas en trasteros de los Estados Unidos a diario con el único fin de servir a un espectáculo televisivo infame. Desde China y Taiwan se tejen redes de tráfico de TBOs que van incrementando su precio de país en país hasta que vuelven a ser puestos a la venta en el nuestro por un valor casi veinte veces superior al inicial gracias a internet y a través de portales como To & To Compro. Un dinero que no redunda en nuestro mercadillo sino en manos extranjeras. Y que, además de extranjeras, pudieran ser verdes y alienígenas [3].
Entonces, vamos a esperar hasta que podamos decir aquello de:

"Cuando vinieron buscando tebeos, no hice nada, porque yo ya tenía los que quería. Cuando vinieron a por sellos, no dije nada, porque no coleccionaba sellos. Cuando finalmente vinieron a por nuestras novelas gráficas no quedaba nada verdaderamente digno por lo que protestar."

Más que nunca necesitamos que nuestro mercadillo alcance por fin su mayoría de edad, y la única forma de conseguirlo es lograr un incremento prodigioso de los precios en el tebeo de arrope. Mediante el que se acabe equiparando el quilo cOmic que se extrae hoy de nuestras montoneras del tebeo de pulgas con el de la chuleta gráfica al uso dispensada en los centros comerciales y las librerías del generalísimo capital. No será fácil, huérfanos como estamos de grandes especuladores dispuestos a implantar esos precios absurdos a tebeos con nula o escasa demanda. Por ello, llamamos a filas a los grupos de investigación contemporáneos que en España son hoy, a los críticos modernos interesados en la más pura y sustanciosa tangencialidad, y, en general, a todos los despilfarradores del intelecto humano interesados en las desventuras gráficas y su panorama eterno para que intentemos todos juntos localizar entre nuestra tebeografía los nombres de monstruos famosos de la televisión, la prensa rosa, el cine, la literatura o cualquier otra manifestación perteneciente a la cultura circunscrita con que poner en valor y aumentar el aprecio (y el costo) de todos los tebeos españoles.       
Como primer ejemplo damos hoy noticia de nuestro más reciente hallazgo, monstruoso, actual y, también, gracias al ente público, eterno:


Chicos de carpeta (pág. 666)


El descubrimiento de la participación de Javier Cárdenas —de niño simplemente Javier el del cardenal, por los morados conseguidos al dejarse atrapar su cabeza entre los barrotes de la verja del colegio con cierta frecuencia; eso del cuello no es cosa de los genes, aunque sus opiniones y gustos puedan achacarse a una infancia físicamente comprometida por sus compañeros de clase en la revista ¡Al ataque! multiplicará por dos o dos y medio el coste de cualquier ejemplar en Chollocolección. Por lo demás, a partir de ahora esta publicación franquicia de un tosco programa televisivo dejará de ser aquella revista en la que publicaron Jan o Beroy para pasar a ser la revista de Cárdenas. Que también podría haber sido conocido como el monstruo de Arús, si alguien vivo pudiera acordarse del nombre del doctor que dio vida televisiva a este monstruo contemporáneo.

¡¡¡QUE SUBAN LOS PRECIOS!!! Aquí hay monstruo.



Phoskitos ¡Al ataque!, ¿a cuánto el bote de Merda d'artista?
Guionista: presuntamente; dibujante: desconocidísimo.

























Aportación al mundo de la historieta del Javier Cárdenas ese.





[1] Al menos del lado bueno.
[2] Ya lo dijo un ruso en Leningrado, "del alemán se aprovecha todo". Todo es bueno en Alemania. 
[3] Consúltese a este respecto el artículo del coleccionista y erudito Enrique D'Vidente: "Tebeos a las puertas de Tannhäuser" (revista Año Cero. Especial cien años del TBO).