martes, 26 de julio de 2016

Tebeos como ballenas y comix ¡a la vista!




La sacudida del comix pasó en nada, o eso creo, se ha dicho alguna vez que los editores acabaron con las estrellas del underground —aunque también la subida generalizada en todo el país del precio de la barra pan, los dos donuts, y la litrona retornable—, de ahí que apenas nos  haya quedado de esa etiqueta vestigial sino los respingos de coleccionistas y los botes seguidos de las aleluyas con que se celebran en los dispensarios para la segunda mano comiquera los encuentros con esos vestigios en X. Ya sea en forma de fanzines como de revistas, o los todavía más raros cuadernos y libros monográficos, que los hubo, publicaciones en cualquier caso con una difusión limitada. No tanto por disponer entonces de una distribución las más de las veces exclusivamente local, sino sobre todo por haber quedado restringidas al conocimiento y publicidad difundidos a través de redes sociales minoritarias, asociaciones intersticiales o meros colectivos con intereses afines.
Imagino que así debió de ocurrir con esta entrega especial que el Ecologista dedicó por entero a la publicación de historietas (y que sus dibujantes cedieron de forma desinterada, según se afirmaba en créditos: "Todos los cómix publicados en este número, han sido realizados para el Ecologista de forma desinteresada por sus autores, o bien cedidos de los que ya realizaron."), un tebeo de verás bueno de apalpar si uno tiene la suerte de encontrarse un ejemplar raído, donde quiera que los guarden, por cuanto ni siquiera parece demasiado difícil imaginar el propósito o la finalidad con que se dio a la luz un número como este dentro de una publicación con un enfoque y sobre una temática tan concretos. Por más que existiesen varias revistas y publicaciones entre las que quizás se compartía hasta un mismo ideario profesional respecto a la labor periodística, como, por ejemplo, la mucho más célebre revista El viejo topo, con sus siempre cumplidas secciones de historieta y artículos sobre el medio. Posible allá en tiempos cuando el cOmic, no tanto la historieta y quienes durante  décadas habían estado realizándolas mejor o peor pero de forma profesional, estaba de moda y todo era o un dulce sueño o una pesadilla inconcreta de jóvenes nuevos autores. Libres, por cierto, y tan bien librados, aunque no fueran el arte ni la historieta alechugada sobre sí misma tema constante y casi único en eso de los rebullidos comix, que lo mismo podían pasar de ser reclamados al servicio de un asunto tan específico como la defensa de las ballenas a servir de denuncia social y política reflejando la contaminación de los acuíferos o la campaña política a la alcaldía  de Madrid.
Reflejos de la mundanal suciedad gracias a los que uno se da cuenta que la cosa ya era seria mucho antes de que ninguna pasosa sotabarba con rebañaduras poéticas decidiese engordar sus sienes alrededor del medio.  El formato, el mundillo o la industria...  Que ya no sé cómo quieren llamarlo a esto de la historieta por los tebeos.
Si va a ser casualidad que justo  tras leer la ultima página de la revista uno se encuentre ante el cuponazo de suscripción a el Ecologista. Por suerte la historieta no era algo normal todavía; la dignificación se aguantaba por la tilde puesta al cOmic, y el resto todavía hasta servía para algo.

El cómix por dentro 

(Para que lo compres si lo ves y te alcanza)

 

En su momento la ilustración de portada debió de ser considerada no sólo acertada sino muy conveniente; y, además, los lectores seguro reconocían allí al personaje que la protagonizaba.
Todavía en España en 1980, hacen varias décadas contando con los dedos, y yo tengo dos dedos más de lo normal, la ecología y el compromiso medioambiental consistían ante todo en un movimiento, una lucha, y no esa algo abstracta conciencia demediada entre las ideas sobre el gasto energético y el consumo responsable que venden en los ayuntamientos de cualquier pueblo o ciudad. Y aun muchos partidos políticos autodenominados verdes. La ecología era justicia y denuncia tanto como el anarquismo pudo ser religiosamente redentor para los cuerpos a principios de aquel siglo, ser ecologista y hacer declaración de ello no era comprar una determinada marca de yogures o reutilizar andrajos de viejas ropas como forma de aseo personal. Ni siquiera esconderse en una aldea a sembrar ajos. Puesto que se tenía todavía en cuenta que cualquier reclamación debía ser colectiva a la vez que una acción emancipadora. Proteger, salvar, proclamar cualquier causa ecologista implicaba denunciar ciertas servidumbres pero ante todo luchar contra una dominación, un poder de ningún modo indeterminado y sí muy concreto aunque cambiase o fuera nombrado de muchas formas distintas.
Ecología y ecologistas no eran algo normal en 1980 (año de tan felicísima publicación).
Tampoco el comix y ese puntito de aire popular y violento que serviría para singularizar las obras de esta especie como centones de la historieta por sus muchos préstamos e influencias, así como el gusto o la necesidad entre sus autores por atravesar distintos géneros provocando una distancia entre el discurso y los temas de sus historias que los librasen de lo convencional hasta hacerlos resultar extraños. Al menos tanto como las iniciativas ecológicas lo son respecto a lo que no existe, al hombre solo, ese individuo normal sobre cuyas espaldas pesan hoy la contaminación atmosférica y el agujero de la capa de ozono, la desaparición del lince ibérico, la buena marcha del comercio justo y toda la fea y mala cochambre en el planeta así en general y en cualquier parte. Un punto entonces común de ambos mundos, la ecología y el comix, el de ser un asunto colectivo antes que individual, que tal vez hoy se haya diluido por la perfección del arte y el ingenio narrativo (que seguro que sí, ¡je!) y el cacareo sobre las posibilidades del medio llevadas siempre a ningún lado.
Eso en cuanto al cOmic, lo del ecologismo está en manos de los hipsters y sus bolsas de fécula de patata.
Seguro que ni habiendo nacido en Madrid un  hipster reconocería al hombre público y su Thompson con cargador circular en esta portada, que es quizás el mayor atractivo del tebeo: Enrique Tierno Galván. Personaje de una historieta paródica de género policíaco en la que las pesquisas de un duro investigador privado desmigajan las circunstacias del pacto político que posibilitó la ascensión de Tierno Galván a la alcaldía madrileña. Una historia violenta al parecer publicada diariamente en El Periódico durante 1979, siendo firmada por Saco, que conserva todo el atractivo de ver transitar bajo la máscara y el comercio entre hampones hollywoodianos a los contendientes políticos surgidos tras la muerte de aquel al que llaman "el Padrino". —No habrá aclaración para los hipsters sobre este punto; y tampoco robaré ninguna imagen para que se desvelen en la noche soñando con cosas terribles; por descontado que aparece el Fraga travestido como todo un pasmarote y en mitad de la calle.
Una curiosidad no mucho menor pueda ser, al menos para esas cosas que a la banda deseñada importan (y no estoy traduciendo del portugués por un complejo francés hacia la cosa del medio, se supone que este es algún término complejo que utilizan algunas buenas gentes al hablar en lengua gallega) la presencia del eje Fene - Cabanas - Pontedeume. No hablo de RENFE, tan poquita cosa por allí, sino de los dibujantes gallegos Xaquín Marín, Oti, y Pepe Barro, autores contra la mansedumbre del cOmic aquí avecinados al comix gracias a la llamada de Adega, César Portela o la Sociedade Galega de Historia Natural, que figuran como integrantes de la Junta de fundadores provisional en los créditos de publicación de este tebeo.
De los tres son bien conocidas sus preocupaciones medioambientales, a buen seguro que todos continúan estando fichados en algún perdido archivo de gentes peligrosas por comprometidos, incluso por extraños, aunque sin duda el más reputado en el ámbito de la historieta sea el humorista Xaquín Marín. Con dos historietas aquí, ambas con una doble rotulación en gallego y castellano: A caza da balea / La caza de la ballena, y El progreso. Algo afeada esta segunda por el hecho de no haberse publicado enfrentadas la una a la otra las dos páginas de que se compone, tal y como serían recopiladas después en el libro Dos pés a testa (1986, Galaxia). El mismo en que también se recopilaron las otras dos páginas de A caza da balea, y que por venganza contra los editores incapaces de reeditarlas me he decidido a no escanear ni a robar siquiera una viñeta o dibujo. Y por si su eficacia narrativa provocase el colapso entre algún cuerpo policial de hipsters.

 



Creo haber visto esta otra, la de Pepe Barro, así puesta de tapadillo en algún online por ahí; ¡ojo!, que lo mismo que digo ahora que era una historieta mañana voy y repito que se trataba de una única viñeta y la recojo levantándola más allá de las nubes hasta el humor gráfico. El tema de la obra es muy ochentero, a la vez que eminentemente gallego. Como sabrán reconocer los recolectores de hilillos en ascenso vertical.
De Oti tenemos aquí la tira: una y vertical, más o menos dice aquello de "Cuando una flor se abre...", justo en la última página. Pues son las tres con las que se acaba el tebeo (sin contar las cubiertas; la contra fue aprovechada para publicar la única historieta en color de este número especial a la búsqueda de apoyo económico y, por tanto, de nuevos suscriptores) que recogen tiras e historietas de autores desconocidos, muy elementales en su mayoría, pero que tampoco quedan lejos al menos en su temática e intenciones al resto de las obras con que apechuga el Ecologista:
Por ejemplo la satírica versión sobre la caza de ballenas firmada por Aceytuno, recordemos que la fecha de portada no es otra que el mes de octubre del año 1980, o año Paul Watson:






















Arpón frío sobre cachalote en forma de historieta que sería recuperada en 1990 por la revista El llapiceru en su núm. 4.
También de ballenas y hombres tiraron Romeu y su niño Miguelito por una única página seguro recuperada en alguna antología posterior, si es que realmente no fue publicada con anterioridad.
Sobre la suciedad y la cochambre universal salió al paso un tal Helios, al que trato de tal por puro desconocimiento, con una curiosa historieta que tal vez se prometía episódica al finalizar en su cuarta página con un sugestivo: "Fin del espisodio..". Que bien pudiera ser tanto una cita sarcástica con que resumir el ciclo de la vida de una ciudad de ratas empantanada por la contaminación ambiental cuya destrucción obligaría a huir a sus habitantes hacia la aún más desgraciada realidad exterior como un auténtico aviso sobre la continuidad de la serie. A saber...
Y a saber si el (también) tal Espinosa que firma una historieta de cuatro páginas con susto final titulada La prueba no pueda ser Pedro Espinosa: Zero Comics, Comix Internacional, Cimoc, Cairo, Más Madera, el Jueves.
Hay dos firmas en esa historia, "P.ESPINOSX", en la página inicial, y, "ESPINOSA80", en la última página. Aunque como pistas no sirvan de mucho sin una imagen, creo que tampoco sería extraño que de verdad se tratase del mismo autor teniendo en cuenta que el dibujante Rafa Estrada participó también de este mismo especial; con otra historieta corta de ciencia ficción, 2001, en la que una pala recogía la basura orbital del sistema solar más conocido de la historia. Y a todos nosotros entre los desperdicios.
No menos curioso y enigmático resulta encontrarse con cierto nombre entre los agradecimientos a los autores, tanto a los participantes como a los que queriendo colaborar con el Ecologista finalmente no consiguieron ver su obra publicada: "M. Fontdevila". De ser él, quién sabe, quizás se colase un chiste o alguna pequeña historieta ecológica por algún número hoy ya olvidado de esta publicación.
Y estaría bien poder encontrarlo.
Quizás sería suficiente buscar la redacción de el Ecologista y preguntar allí:

Leer Una buhardilla en Madrid, historieta de Barbi (Fernando Llorente, uno entre los barbudos miembros del equipo de grafistas y maquetadores de la publicación), podría ser un buen primer paso detectivesco hacia la resolución de los enigmas despertados tras el ojeo de este número especial y ecológico. Aunque como ya estaban bajo vigilancia, según cómicamente parece querer atestiguar la propia historieta de Barbi, quizás sería mejor ir a preguntar directamente por la presencia de obra fontdevilana dentro de el Ecologista en el Ministerio de Interior.

Pero vosotros a lo vuestro, ¡a por el tesoro barato del arrope!

[¡Vaaale... También hay algo de Max.]

miércoles, 15 de junio de 2016

Una antología futbolera: Entre 4 Linhas



Otro de esos tebeos brasileños que no se sabe si están fritos o no están fritos hasta que llegan a nuestra mesa. Pero que para un lector extranjero no deja de contar con el actractivo de reunir, entre guionistas, dibujantes, ilustradores y humoristas gráficos, a más de cuarenta autores encargados de atiborrar con un único ingrediente (fútbol y nada más que fútbol) las ciento veintiocho páginas de que consta este invento editado por la Editora Quadrinhópole bajo la producción de ZNORT Studio.

Entre 4 Linhas. Quadrinhos e futebol

La suerte del ingenio historietístico y una buena idealización del producto majaron el garbanzo de una publicación que se aprovechaba inteligentemente de la Copa del mundo de fútbol celebrada en Brasil hace apenas dos años, un fanático apoyo para su lanzamiento. Ese tipo de meneo que uno esperaría de un grupo editor potente y no de una editorial gestada poco más que del disparo a la panza de una revista de igual nombre, ahora reconvertida en plataforma para la difusión de la producción historietística nacional del país y sus autores.
Lo que me lleva a imaginar que el pancismo a la española también debe de ser una constante de los grandes editores en Brasil; y es muy probable que como aquí tengan por allá sus sellos y colecciones especializados en la publicación de una clase de libros ilustrados sobre los más variados temas (guías de esperanto para embarazadas o catálogos de bigotes para bebés) de tal forma que viñetas y simples dibujos sirvan para desarrumar el texto, y, por tanto, la carga de su lectura sobre el consumidor adulto.
Afortunadamente, Entre 4 Linhas cuenta con algo más que su excelente presentación: las acometidas sobre el tema furborl de sus autores son variadas. Desde luego el humor de cualquier clase y la memoria personal ligada a través del fútbol a la infancia asisten a sus autores. Aunque por igual está presente la política como gol y engaño de los poderosos sobre el pueblo. El género de la ciencia ficción, la fantasía, el costumbrismo, hasta los superhéroes. Ni siquiera falta una historieta infantil —escogida como muestra debido a la incomparecencia de esta clase de historietas en el mercado español, ¡buf!—, Leleco, personaje creado por Antonio Lima que contó con un cuaderno monográfico publicado por la editorial Escala en 2001. Pero que además formaba parte de un proyecto de búsqueda de posibles cabeceras lanzadas a modo de prueba, llegando a contar con hasta 30.000 ejemplares de tirada por título:























En esta antología futbolística se recogieron dos de esas historias del personaje Leleco compuestas por tres y dos páginas, Trocando as bolas y Vai e ven, esta última sin textos o diálogos, ambas constituyen un buen ejemplo de lo que todavía son muchas de las historietas infantiles en Brasil: personajes enmarcados en la sociedad y la realidad brasileña, una ambientación dulcificada por elementos naturales, y preferencia por aquellas historias en las que se transforma un simple lance (en este caso futbolístico) en una cita jocosa y de naturaleza moral. Un todo protagonizado por una pandilla de amigos entre los que se establece un cierto antagonismo que puede servir para transmitir la hostilidad necesaria con que hacer avanzar el relato de forma previsible pero diferente de cada vez, como sucede con las historias de este pequeño cancerbero tal vez demasiado bien ataviado que responde al nombre de Leleco.
Ya me gustaría poder ver en España series o personajes capaces de proporcionar una lectura tan agradable.
Un punto fuerte de Entre 4 Linhas, al menos desde la perspectiva de los lectores brasileños, debió de ser la inclusión de una historieta que actuaba como avance de una película. Mundo Cão viene a ser, pues, una especie de previa de la película del mismo nombre pasada al medio de la historieta, con dibujos de Walkir Fernandes, y guión de Marcos Jorge, el director de la peli, y Lusa Silvestre, son seis páginas sobre las que no avanzo ni un milímetro por si se estrenase en España. Es del género criminoso y policial.
Vale la pena mencionar el rescate de un personaje histórico dentro de la historieta nacional en Brasil, un futbolista marrullero y alcohólico creado por Paulo Paiva hacia finales de la década de 1970 que no recibiría hasta varios años después su nombre definitivo: Maciota. Con varias páginas y tiras capaces verdaderamente de producir una risa fiera y cruel en quien tenga la oportunidad de poder leerlas. Junto a una introducción sobre la serie escrita por el editor de las estrellas brasileñas Franco de Rosa.



Ilustración doble de portada, obra de Ibraim Roberson.

No sorprenderá menos encontrarse a Joe Bennet, dibujante de músculo en las casas Marvel y DC, firmando una historieta en la que volvía a dibujar a aquella famosa familia de superhéroes cocreada junto al guionista e investigador Gian Danton, A Insólita Família Titã. —Tomo así el nombre del tebeo en el que fueron recopiladas sus aventuras (¡no hace mucho!); y ahora imagina qué pasaría si un muchacho algo encanijado y crónicamente enfermo que vive en una favela adquiriese superpoderes y decidiera compartirlos con sus dos mejores amigos. ¡Ah, ni te lo imaginas!, si al menos conocieras que sus autores leían el Miracleman de Alan Moore cuando en el inicio de sus carreras creaban historietas para revistas pornográficas y de horror.
La crítica y la sátira también ocupan un muy buen lugar, así es improbable un lector pase por alto una historieta como la titulada O clássico dos nossos dias en la que Leonardo Melo, al guión, y Antonio Eder, como su dibujante, listan y catalogan todos los desafíos y problemas que su país enfrentaba al celebrar la Copa del mundo. Primero desde las alturas de un estadio de fútbol, llegando a pie de campo para ver pasar la bola entre políticos, policías, maestros de escuela, médicos, altas personalidades, y mirar cómo el balón entra en la portería de un cualquiera que no puede hacer nada por evitar el gol. La celebración triunfal y salida a hombros de un ejecutivo o un político, y el público que no abandona porque, cuentan las pancartas, el juego no ha terminado. 

Claro que hay más, historietas, tiras, chistes gráficos, incluso una ilustración del argentino Salvador Sanz, pero mejor sería acabar alabando la fidelidad del diseño de este libro respecto a su título. La misma portadilla recuerda la camiseta cruzada por una línea diagonal y el logotipo del título a modo de escudo que bien pudiera imitar la equipación de una escuadra real de cualquier rincón del mundo. Del mismo modo, su índice de contenidos y de autores se dispone como un terreno de juego cuyas dobles páginas forman las dos mitades del campo de juego.
Las introducciones de los propios ideadores del proyecto, sus editores, y un texto del crítico Sidney Gusman ayudan a estimar la pertinencia de una antología temática como esta ligada al fútbol. Porque, ahora cuesta admitirlo...

"¡A mí nunca me ha gustado el fútbol!"

Pero Entre 4 Linhas casi estuvo a punto de hacerme cambiar de idea. (Mercadotécnica frase bloguera)

martes, 26 de abril de 2016

Antídoto contra la envidia comiquera: Superparodias I

El grosor y fecundidad de los piensos Marvel y DC, así como las hazañas tan propias de un tipo de culturismo eminentemente edípico del que hoy son presos la tita Panini y las titis de ECC, nos han llevado a desistir de la compra de estos sus tebeos. Víctimas de una paginación ilimitada, un grosor infinito, y, sobre todo, unos precios injuriosos con respecto a lo que ha sido aquí en las Españas la historia de nuestra cultura gráfica; cultura gráfica, sepulcro de las esencias del tebeo español pagado siempre en dinero contante y sonante con el que el niño, pero también el mayor, y con él su padre y el padre de este, y el pueblo hispano en pleno, han viciado sus mentes y pulmones durante siglos de encuadernaciones grapadas y ediciones mantenidas al raso de una industria prometeica, tan parecida a la actual en su profusión de inventos y palanganerías.
Es por ello, y no Poyeya, que volvemos a levantar un pulgar acusador en defensa de los hermanos y compatriotas que son víctimas de un bolsillo escaso, cuyos famélicos monederos les impiden conocer la dicha de una lectura total, absoluta y tan estúpida de las hazañas completas del Ant-Man, el Black Panter, los Avengers, la Bat-Man, la Liga de Joteros Americanos Suicidas, o el He-Man... —¿estáis seguros que este travesti es del mismo lote?— Personajes músculo de la edición para el cOmic, y tan gráficos para su cultura, que  han de ser llevados a todos los españoles aun al coste de su depreciación mitofáunica. De suerte que allí donde no lleguen se pueda contar al menos con una medicinal y ejemplar parodia sustitutiva de todos estos ingenios del amigo americano.
Así, para tal fin, le ha sido encargado al dibujante español (y puede que quizás mediante el auxilio de la censura esquilmada de algún compañero guionista) matar y matarse a parodias sin descanso. Hasta las 62 páginas, por lo menos, o algo más allá si la foliación masturbadora así lo requiere, regalando una oferta tan ofensiva como beneficiaria del depauperado espíritu nacional: Nacional Show, en concreto.
Porque el año de 1979 será, y en justicia deberá serlo para todo el pueblo español en el futuro, el año en que la caguemos muy gorda. Y olvidemos si existió en verdad un número cero o fue este número uno titulado La vida sexual de Zuperman la primera entrega de la colección Nacional Show Temas que dediquemos a la Gran Bestia cinematográfica, orientada desde ya a marcar las líneas divisorias y estratégicas del nuevo orden quiosquero mundial.

¡Tiembla Mortadelo, tus días están contados! (Ibáñez, tú serás el siguiente...)




Pues esto es lo que tiene andar a la caza de tebeos en locales insalubres sin más climatización que el zumbido de moscas y otros insectos. Entre la lista de guarrerías, cuadernillos de aventuras con restos de salchichón en alguna de sus páginas, casi normal, a manchas de nocilla (¡y ojalá que lo sean!) en un innombrable ejemplar de Creepy. Hasta el número de teléfono de una niña de nombre María Antonieta, que ahora rondará los 80 años y oculta una fortuna en Panama, afeando la portada de otro tebeo. Sé incluso de un tipo que tiene varios álbumes de Cobi dedicados a Jordi Pujol, Maragall, y un tal Jordi Hurtado.
Pero peor lo mío, que me compré hace dos días el tebeo este de aquí y ni me fijé en la pesada dedicatoria de un loco, que parece justificaba su vida mediante profecías escritas en los márgenes de sus tebeos. Me habían contado algo parecido a un viajero del tiempo, lector de historietas, que dejaba mensajes obscenos cambiando con ayuda de típex los textos de cartelas y globos en colecciones enteras de revistas. Cierto o no, personalmente me inclino a creer que se trate de un mito, un movimiento especulativo de las bolsas de la historieta de la segunda mano barcelonesa y madrileña, el tebeillo cuenta con mi sello de aprobación. Trae firmas poderosas, reconocidas, aglutinando historieta, humor gráfico, textos humorísticos, y hasta fotonovelas picantonas, siempre alrededor de la figura pública number one de la época del nasti de plasti, Superman.
La visión que sobre la superheroica criatura se ofertaba entonces resultaría terapéutica para quienes no han podido digerir su actualidad cinematográfica, yo ni sé a cuánto se levanta hoy una entrada de cine:

"[...] Según los datos recogidos, parecía ser que el supermán era un extraterrestre de aspecto casi humano, abstemio, que no se drogaba y que seguramente era impotente, pues, en una sociedad tan permisiva como la de los Estados Unidos, salía con una chica, reconocía que le iba un ciento, pero no se la picaba.
Aparte de esto, era un rato facha, racista, no era escatológico y existían claros indicios de que era un confite de la policía."

Se entiende que los que no pudieron leerse la última edición del Superman de John Byrne ya van que chutan con este tebeo en sus manos. Igual canta para los que tampoco consiguieron acompañar la última edición de la lacrimógena y famosísima etapa de Jeph Loeb, aunque, en general, todo sea una pena hablando de este guionista, pues P. García les cuenta más o menos lo mismo en "Los diarios íntimos de Clark Kent". ¡Y sin dibujos!



Hasta viene un fotorreportaje sobre la familia gallega de Superman:




Los primos Ventura & Nieto, Manel, y Tha & Bigart defienden el fuerte historietístico con la ayuda puntillosa de Andreu Martín y Mariel, mas alguna otra supermánica muestra de historieta de una única página (anónima, o al menos sin firma). Sexo muy duro el que revela Manel Ferrer, estatuas, dinosaurios, cualquier cosa que no sea una mujer de carne y hueso sirven a las necesidades del kriptoniano. Diferente es el asunto cuando, y es culpa de Ventura y Nieto, Superman entra en intimidad con otra mujer al trapo de la mayor de sus perfecciones como objeto mercadotécnico; que personifica la bajada de pantalones de un geyperman. —La dupla Tha y Bigart se libró del sexo aliándose al absurdo.—
Gin, Perich o Romeu, van a por el chiste. No falta la referencia inexcusable a su adscripción en las filas de las derechonas ideológicas, como buen agente de la CIA que es. Y completa el enlomado tebeo en páginas centrales una especie de juego de la oca al que incluso se juega con dados y todo, según explican unas instrucciones hoy por fin inexplicables. Más varias fotonovelizaciones que con tetas o sin ellas machacan la moral trágica de un espíritu universal al que acompañan también instantáneas publicitarias de lo más bajo, para marcas como Cola Cao, Iberia, y el papel higiénico Albal.



Vale la pena hacerse con este nastideplástico envase dibujado, que evidentemente fue producido en cadena para el acongoje de un público masivo, aunque sea sólo por las historietas de Manel Ferrer y Ventura y Nieto. Del primero existe otra maravilla que siempre recordaré pese a que la creo ya inalcanzable, tampoco la encuentro por la internet, por cierto; se trata de un cuaderno dedicado a machacar al monstruo político de la época (años ochenta) disfrazando a Ronald Reagan de pato Donald.
¿Daré con él antes de que el coleccionismo o las polillas acaben por soplarme los alveolos y sorberme los sesos?






lunes, 18 de abril de 2016

Esquila de un tebeo




Tengo en mis manos una nueva historieta de humor gestada a la mesta de Ominiky Ediciones y sus mayorales. Casa editora española donde llevan pastoreados hasta cuatro títulos a la raya de lo humorístico realizados por autores españoles (en primera hornada de edición) sobre nuevos personajes que gozan ya de continuidad. O al menos de planes para que así sea.
Como el tebeo de esta serie, La oveja samurái, cuya segunda entrega rumían lentamente sus autores mientras el editor, aunque seguramente también otros a través de las cañadas fasteboorricas y ese feo muladar que es el buittrer, se piensa si esquilarlos o esperar a que guionista y dibujante hagan sonar sus cencerros señalando la hora en la que entrarán al descansadero y, por fin, el mandamás de la casa editora pueda acabar de hacer los quesos y sacarse del chozo un nuevo tebeo con denominación de origen comiquera. Un ISBN, depósito legal, y, por desgracia, un precio a pagar por los sufrientes lectores de la cosa. Lectores cuando menos exquisitos en sus gustos, pues, si del cerdo del manga y los superhéroes dicen que se aprovecha todo, de los creadores de la oveja samurái se comería uno hasta sus fosforencias.
Y no diré que también el pelo y las carnes porque incluso aquí en la interné abisal podría haber maduros rezajos de los que confunden el arte, o el desastre, para algunos, de la historieta con el mojón de la novela gráfica. O todos los otros hitos gastronómicos que han ido caminando España desde antaño hasta hoy a través de las vías pecuarias de eso que quisieron llamar cOmic, literatura dibujada, o literatura gráfica (a secas).

Reseña como puedas 2 1/2

"Los cabritos a la izquierda, por favor." (Mateo 25:31-33)

Tal vez Santiago Girón y Fran Carmona buscasen un personaje original cuando dieron con una oveja, por descuido, que quién sabe si realmente no la atropellarían para luego inmortalizarla de esta manera. Sintiéndose así casi obligados a desechar las noventa y nueve ideas geniales más comunes que abarrotan el mercado español de parodias. Pero, en serio, ¿una oveja y no un galápago?
El galápago samurái... Me suena a que eso ya estaba registrado por alguna clase de patente americana de muy larga y ancha tradición.
Y menos mal, porque la res ovina es el más claro ejemplo de lo que eran los antiguos samuráis japoneses. En concreto, los ronin, esas ovejas sin pastor protagonistas de leyendas y todo tipo de opúsculos sobre la ética, la filosofía, y el destripe o degüello por la espalda. Guerreros descarriados de mirada inescrutable y paciencia infinita, sin nombre, comunmente, al igual que el protagonista de esta historia. —La reseña tiene un cierto sesgo cristiano (habemus caspa), soy consciente de ello.
Evidentemente, así como estamos de mediatizados por este ambiente de normalización, mundillo y esperanto, en cuanto nos ponen delante a un bicho armado con un algo afilado creemos que todo el monte es de Usagi Yojimbo. Que afortunadamente no es este el caso:


¿¡Usagi Yojimbo!? La de miopes que trabajamos en esto de pagar por leer tebeos.

Las heroicidades de la oveja samurái son la calderilla de la comicidad que salta a cada chispazo de un choque de katanas contra mazorcas. Poco tienen que ver estos fulgores del humor con los intereses histórico-idiográficos con que se ha distinguido la obra de Stan Sakai, una historieta de temática aventurera, además. Otro tanto el dibujo de personajes zooantropomorfos, no constreñido en aquello que es más importante para la creación de Girón & Carmona, el humor y todos sus achaques, por la ortodoxia de lo épico. Como se hace evidente en la ilustración de portada que aquí he querido mostrar (aunque en color, a diferencia de las cubiertas del libro) a modo de ejemplo de cómo la oveja samurái sintetiza caricaturizándolo el valor y la serenidad que todos esperamos de un guerrero japonés. Con el añadido de la desviación paródica que asimila ese aplomo propio de los samuráis a la impasibilidad de las ovejas.
Así como de sencillo es el invento, también la historia de un héroe cómico que tropieza lo justo para no fracasar. En cuyo desarrollo sus autores se sirven de las más variadas tretas para encumbrar al protagonista, asentando por ejemplo su tragedia personal por las dos primeras páginas de historieta en su infancia. ¿Y cómo?
Mediante una lluvía de palomitas de maíz.
Ya sé que no suena a tragedia, pero realmente el drama es muy gordo. Digamos que las palomitas (¿sin sal?) hacen las veces de hojas del cerezo. Como la humedad y un cabello encrespado, los ojos hinchados y las fiebres primaverales, la narración discurrirá linealmente aunque con algún salto al pasado al intercalar escenas completas dentro del flujo narrativo principal que se van a acabar de anudar o de enredar en una reiteración muy heroica de la batalla mano a mano entre el héroe dentón y su cabrón antagonista.
Esa historia, claro que sí, es la leyenda de un maestro de la espada contada por el que fue el mejor de sus discípulos. O de un último mono tan papanatas como para seguir a esta oveja en su descarriada senda; en cualquier caso, el personaje bien vale la pena. Del contraste entre uno y otro surgirán las más descacharrantes situaciones.




Bien se ve en estas muestras que aquí no se libra ni el narrador.
Ahí está la gracia, la mirada como de un melón del chaval y su visión algo más que candorosa envuelven este cotarro de animalescos personajes reunidos en torno al restaurante El mono feliz. Local no muy lucrativo al que el malo del lugar sin embargo tiene echado el ojo. Aun siendo su propietaria una tan joven y atractiva leoparda por mucho que se llame... bueno, qué importa eso ahora, el caso es que el aquí mono para todo la recuerda a ella y a toda la plantilla del restaurante. Desde su cocinero, un sapillo en el que se juntan el hipo con las ganas de filosofar sobre arte amatorio mientras limpia y prepara pescado, por ejemplo, al camarero topo, tan diligente, tan servicial como ciego e inútil para cualquir tipo de servicio. Además de un guardian más zorro a la hora del escaqueo que en la guarda del propio establecimiento. Las tres trillizas y la misma leoparda, que más que un objetivo romántico se aparece como un grito. Y un grito además capaz de tirar a cualquiera de espaldas.
Quizás por eso sea la única que se resiste al cacique del lugar. Que aunque no sea más que el típico perrillo orejón con muy mala leche aparece caracterizado mediante una asimetría más retorcida que el elefante de aquel famoso poema de William Beeeakeee:

"Elefante-fante, que enciendes tu trompa
por los faroles de la noche,
¿qué palo mortal, quién coño
te pudo cocear así en tu horripilante vesania?"





















Sus esbirros caen por millares gracias al lápiz de Fran Carmona: caballos, cocodrilos, o perros de la raza que sea. Mientras la intriga de forma más o menos previsible avanza encajando el lector estancamientos del relato a la caída de cada nueva galleta repartida por la oveja, y entre la duda de si se cumplirán o no las expectativas de lo que se espera de un héroe, por más animal o chistoso que sea, los escenarios se multiplican dando forma a un soporte visual del lugarejo en que se desarrolla la historia mediante un importante trabajo de representación de la profundidad y la perspectiva. Labor que muy bien podría haber sido desatendida cuando se domina como lo hace Carmona el dinamismo facial de sus criaturas, cuyos ojos y bocas son recreo de caricatura igualado apenas por la exageración de las acciones corporales dentro de los cuadros de lucha, que pueden llegar a recordar las líneas de Preston Blair; siendo además en algunos momentos más cercanos al tipo de peleas características de una historieta de tipo realista como Blacksad que a lo que uno espera de una serie inconfundiblemente humorística.
Algo parecido podría decirse de las páginas a viñeta completa utilizadas para definir a algún personaje o como un modo de vigorizar un instante de la trama ya sin los desvíos de una pura parodia. Y, en fin, no es La oveja samurái un forzado absurdo de los tópicos de las historias de ronins japoneses ya que tampoco lleva a sus espaldas ni resulta del reverso cómico de ningún otro personaje concreto. La inadecuación entre los hechos levantados ojo en mano para el lectoespectador y las cartelas que refieren el pensamiento del mono para todo, alcahuete narrador de la leyenda de la oveja samurái, no abarata la actividad heroica aunque cómica del personaje creado por guionista y dibujante de forma que se origine una doble lectura. No existe imitación o degradación de un personaje, género, modelo narrativo o temática, y sí mucha diversión. Demasiada...



... demasiada diversión, voté por este tebeo para los premios del último Expocómic y no conseguí nada.
Estoy por cubrir una quiniela o comprar un cubo de cupones de cieguitos de la LOMCE, porque no he logrado todavía votar por obra o autor capaces de llevarse un premio.
Y, aunque dé risa, pues para eso está el invento, yo a La oveja samurái la elegiría hasta para llevarse el Premio nacional del cOmic: fracasando fracasaremos, es el lema de esta casa.