martes, 26 de abril de 2016

Antídoto contra la envidia comiquera: Superparodias I

El grosor y fecundidad de los piensos Marvel y DC, así como las hazañas tan propias de un tipo de culturismo eminentemente edípico del que hoy son presos la tita Panini y las titis de ECC, nos han llevado a desistir de la compra de estos sus tebeos. Víctimas de una paginación ilimitada, un grosor infinito, y, sobre todo, unos precios injuriosos con respecto a lo que ha sido aquí en las Españas la historia de nuestra cultura gráfica; cultura gráfica, sepulcro de las esencias del tebeo español pagado siempre en dinero contante y sonante con el que el niño, pero también el mayor, y con él su padre y el padre de este, y el pueblo hispano en pleno, han viciado sus mentes y pulmones durante siglos de encuadernaciones grapadas y ediciones mantenidas al raso de una industria prometeica, tan parecida a la actual en su profusión de inventos y palanganerías.
Es por ello, y no Poyeya, que volvemos a levantar un pulgar acusador en defensa de los hermanos y compatriotas que son víctimas de un bolsillo escaso, cuyos famélicos monederos les impiden conocer la dicha de una lectura total, absoluta y tan estúpida de las hazañas completas del Ant-Man, el Black Panter, los Avengers, la Bat-Man, la Liga de Joteros Americanos Suicidas, o el He-Man... —¿estáis seguros que este travesti es del mismo lote?— Personajes músculo de la edición para el cOmic, y tan gráficos para su cultura, que  han de ser llevados a todos los españoles aun al coste de su depreciación mitofáunica. De suerte que allí donde no lleguen se pueda contar al menos con una medicinal y ejemplar parodia sustitutiva de todos estos ingenios del amigo americano.
Así, para tal fin, le ha sido encargado al dibujante español (y puede que quizás mediante el auxilio de la censura esquilmada de algún compañero guionista) matar y matarse a parodias sin descanso. Hasta las 62 páginas, por lo menos, o algo más allá si la foliación masturbadora así lo requiere, regalando una oferta tan ofensiva como beneficiaria del depauperado espíritu nacional: Nacional Show, en concreto.
Porque el año de 1979 será, y en justicia deberá serlo para todo el pueblo español en el futuro, el año en que la caguemos muy gorda. Y olvidemos si existió en verdad un número cero o fue este número uno titulado La vida sexual de Zuperman la primera entrega de la colección Nacional Show Temas que dediquemos a la Gran Bestia cinematográfica, orientada desde ya a marcar las líneas divisorias y estratégicas del nuevo orden quiosquero mundial.

¡Tiembla Mortadelo, tus días están contados! (Ibáñez, tú serás el siguiente...)




Pues esto es lo que tiene andar a la caza de tebeos en locales insalubres sin más climatización que el zumbido de moscas y otros insectos. Entre la lista de guarrerías, cuadernillos de aventuras con restos de salchichón en alguna de sus páginas, casi normal, a manchas de nocilla (¡y ojalá que lo sean!) en un innombrable ejemplar de Creepy. Hasta el número de teléfono de una niña de nombre María Antonieta, que ahora rondará los 80 años y oculta una fortuna en Panama, afeando la portada de otro tebeo. Sé incluso de un tipo que tiene varios álbumes de Cobi dedicados a Jordi Pujol, Maragall, y un tal Jordi Hurtado.
Pero peor lo mío, que me compré hace dos días el tebeo este de aquí y ni me fijé en la pesada dedicatoria de un loco, que parece justificaba su vida mediante profecías escritas en los márgenes de sus tebeos. Me habían contado algo parecido a un viajero del tiempo, lector de historietas, que dejaba mensajes obscenos cambiando con ayuda de típex los textos de cartelas y globos en colecciones enteras de revistas. Cierto o no, personalmente me inclino a creer que se trate de un mito, un movimiento especulativo de las bolsas de la historieta de la segunda mano barcelonesa y madrileña, el tebeillo cuenta con mi sello de aprobación. Trae firmas poderosas, reconocidas, aglutinando historieta, humor gráfico, textos humorísticos, y hasta fotonovelas picantonas, siempre alrededor de la figura pública number one de la época del nasti de plasti, Superman.
La visión que sobre la superheroica criatura se ofertaba entonces resultaría terapéutica para quienes no han podido digerir su actualidad cinematográfica, yo ni sé a cuánto se levanta hoy una entrada de cine:

"[...] Según los datos recogidos, parecía ser que el supermán era un extraterrestre de aspecto casi humano, abstemio, que no se drogaba y que seguramente era impotente, pues, en una sociedad tan permisiva como la de los Estados Unidos, salía con una chica, reconocía que le iba un ciento, pero no se la picaba.
Aparte de esto, era un rato facha, racista, no era escatológico y existían claros indicios de que era un confite de la policía."

Se entiende que los que no pudieron leerse la última edición del Superman de John Byrne ya van que chutan con este tebeo en sus manos. Igual canta para los que tampoco consiguieron acompañar la última edición de la lacrimógena y famosísima etapa de Jeph Loeb, aunque, en general, todo sea una pena hablando de este guionista, pues P. García les cuenta más o menos lo mismo en "Los diarios íntimos de Clark Kent". ¡Y sin dibujos!



Hasta viene un fotorreportaje sobre la familia gallega de Superman:




Los primos Ventura & Nieto, Manel, y Tha & Bigart defienden el fuerte historietístico con la ayuda puntillosa de Andreu Martín y Mariel, mas alguna otra supermánica muestra de historieta de una única página (anónima, o al menos sin firma). Sexo muy duro el que revela Manel Ferrer, estatuas, dinosaurios, cualquier cosa que no sea una mujer de carne y hueso sirven a las necesidades del kriptoniano. Diferente es el asunto cuando, y es culpa de Ventura y Nieto, Superman entra en intimidad con otra mujer al trapo de la mayor de sus perfecciones como objeto mercadotécnico; que personifica la bajada de pantalones de un geyperman. —La dupla Tha y Bigart se libró del sexo aliándose al absurdo.—
Gin, Perich o Romeu, van a por el chiste. No falta la referencia inexcusable a su adscripción en las filas de las derechonas ideológicas, como buen agente de la CIA que es. Y completa el enlomado tebeo en páginas centrales una especie de juego de la oca al que incluso se juega con dados y todo, según explican unas instrucciones hoy por fin inexplicables. Más varias fotonovelizaciones que con tetas o sin ellas machacan la moral trágica de un espíritu universal al que acompañan también instantáneas publicitarias de lo más bajo, para marcas como Cola Cao, Iberia, y el papel higiénico Albal.



Vale la pena hacerse con este nastideplástico envase dibujado, que evidentemente fue producido en cadena para el acongoje de un público masivo, aunque sea sólo por las historietas de Manel Ferrer y Ventura y Nieto. Del primero existe otra maravilla que siempre recordaré pese a que la creo ya inalcanzable, tampoco la encuentro por la internet, por cierto; se trata de un cuaderno dedicado a machacar al monstruo político de la época (años ochenta) disfrazando a Ronald Reagan de pato Donald.
¿Daré con él antes de que el coleccionismo o las polillas acaben por soplarme los alveolos y sorberme los sesos?






lunes, 18 de abril de 2016

Esquila de un tebeo




Tengo en mis manos una nueva historieta de humor gestada a la mesta de Ominiky Ediciones y sus mayorales. Casa editora española donde llevan pastoreados hasta cuatro títulos a la raya de lo humorístico realizados por autores españoles (en primera hornada de edición) sobre nuevos personajes que gozan ya de continuidad. O al menos de planes para que así sea.
Como el tebeo de esta serie, La oveja samurái, cuya segunda entrega rumían lentamente sus autores mientras el editor, aunque seguramente también otros a través de las cañadas fasteboorricas y ese feo muladar que es el buittrer, se piensa si esquilarlos o esperar a que guionista y dibujante hagan sonar sus cencerros señalando la hora en la que entrarán al descansadero y, por fin, el mandamás de la casa editora pueda acabar de hacer los quesos y sacarse del chozo un nuevo tebeo con denominación de origen comiquera. Un ISBN, depósito legal, y, por desgracia, un precio a pagar por los sufrientes lectores de la cosa. Lectores cuando menos exquisitos en sus gustos, pues, si del cerdo del manga y los superhéroes dicen que se aprovecha todo, de los creadores de la oveja samurái se comería uno hasta sus fosforencias.
Y no diré que también el pelo y las carnes porque incluso aquí en la interné abisal podría haber maduros rezajos de los que confunden el arte, o el desastre, para algunos, de la historieta con el mojón de la novela gráfica. O todos los otros hitos gastronómicos que han ido caminando España desde antaño hasta hoy a través de las vías pecuarias de eso que quisieron llamar cOmic, literatura dibujada, o literatura gráfica (a secas).

Reseña como puedas 2 1/2

"Los cabritos a la izquierda, por favor." (Mateo 25:31-33)

Tal vez Santiago Girón y Fran Carmona buscasen un personaje original cuando dieron con una oveja, por descuido, que quién sabe si realmente no la atropellarían para luego inmortalizarla de esta manera. Sintiéndose así casi obligados a desechar las noventa y nueve ideas geniales más comunes que abarrotan el mercado español de parodias. Pero, en serio, ¿una oveja y no un galápago?
El galápago samurái... Me suena a que eso ya estaba registrado por alguna clase de patente americana de muy larga y ancha tradición.
Y menos mal, porque la res ovina es el más claro ejemplo de lo que eran los antiguos samuráis japoneses. En concreto, los ronin, esas ovejas sin pastor protagonistas de leyendas y todo tipo de opúsculos sobre la ética, la filosofía, y el destripe o degüello por la espalda. Guerreros descarriados de mirada inescrutable y paciencia infinita, sin nombre, comunmente, al igual que el protagonista de esta historia. —La reseña tiene un cierto sesgo cristiano (habemus caspa), soy consciente de ello.
Evidentemente, así como estamos de mediatizados por este ambiente de normalización, mundillo y esperanto, en cuanto nos ponen delante a un bicho armado con un algo afilado creemos que todo el monte es de Usagi Yojimbo. Que afortunadamente no es este el caso:


¿¡Usagi Yojimbo!? La de miopes que trabajamos en esto de pagar por leer tebeos.

Las heroicidades de la oveja samurái son la calderilla de la comicidad que salta a cada chispazo de un choque de katanas contra mazorcas. Poco tienen que ver estos fulgores del humor con los intereses histórico-idiográficos con que se ha distinguido la obra de Stan Sakai, una historieta de temática aventurera, además. Otro tanto el dibujo de personajes zooantropomorfos, no constreñido en aquello que es más importante para la creación de Girón & Carmona, el humor y todos sus achaques, por la ortodoxia de lo épico. Como se hace evidente en la ilustración de portada que aquí he querido mostrar (aunque en color, a diferencia de las cubiertas del libro) a modo de ejemplo de cómo la oveja samurái sintetiza caricaturizándolo el valor y la serenidad que todos esperamos de un guerrero japonés. Con el añadido de la desviación paródica que asimila ese aplomo propio de los samuráis a la impasibilidad de las ovejas.
Así como de sencillo es el invento, también la historia de un héroe cómico que tropieza lo justo para no fracasar. En cuyo desarrollo sus autores se sirven de las más variadas tretas para encumbrar al protagonista, asentando por ejemplo su tragedia personal por las dos primeras páginas de historieta en su infancia. ¿Y cómo?
Mediante una lluvía de palomitas de maíz.
Ya sé que no suena a tragedia, pero realmente el drama es muy gordo. Digamos que las palomitas (¿sin sal?) hacen las veces de hojas del cerezo. Como la humedad y un cabello encrespado, los ojos hinchados y las fiebres primaverales, la narración discurrirá linealmente aunque con algún salto al pasado al intercalar escenas completas dentro del flujo narrativo principal que se van a acabar de anudar o de enredar en una reiteración muy heroica de la batalla mano a mano entre el héroe dentón y su cabrón antagonista.
Esa historia, claro que sí, es la leyenda de un maestro de la espada contada por el que fue el mejor de sus discípulos. O de un último mono tan papanatas como para seguir a esta oveja en su descarriada senda; en cualquier caso, el personaje bien vale la pena. Del contraste entre uno y otro surgirán las más descacharrantes situaciones.




Bien se ve en estas muestras que aquí no se libra ni el narrador.
Ahí está la gracia, la mirada como de un melón del chaval y su visión algo más que candorosa envuelven este cotarro de animalescos personajes reunidos en torno al restaurante El mono feliz. Local no muy lucrativo al que el malo del lugar sin embargo tiene echado el ojo. Aun siendo su propietaria una tan joven y atractiva leoparda por mucho que se llame... bueno, qué importa eso ahora, el caso es que el aquí mono para todo la recuerda a ella y a toda la plantilla del restaurante. Desde su cocinero, un sapillo en el que se juntan el hipo con las ganas de filosofar sobre arte amatorio mientras limpia y prepara pescado, por ejemplo, al camarero topo, tan diligente, tan servicial como ciego e inútil para cualquir tipo de servicio. Además de un guardian más zorro a la hora del escaqueo que en la guarda del propio establecimiento. Las tres trillizas y la misma leoparda, que más que un objetivo romántico se aparece como un grito. Y un grito además capaz de tirar a cualquiera de espaldas.
Quizás por eso sea la única que se resiste al cacique del lugar. Que aunque no sea más que el típico perrillo orejón con muy mala leche aparece caracterizado mediante una asimetría más retorcida que el elefante de aquel famoso poema de William Beeeakeee:

"Elefante-fante, que enciendes tu trompa
por los faroles de la noche,
¿qué palo mortal, quién coño
te pudo cocear así en tu horripilante vesania?"





















Sus esbirros caen por millares gracias al lápiz de Fran Carmona: caballos, cocodrilos, o perros de la raza que sea. Mientras la intriga de forma más o menos previsible avanza encajando el lector estancamientos del relato a la caída de cada nueva galleta repartida por la oveja, y entre la duda de si se cumplirán o no las expectativas de lo que se espera de un héroe, por más animal o chistoso que sea, los escenarios se multiplican dando forma a un soporte visual del lugarejo en que se desarrolla la historia mediante un importante trabajo de representación de la profundidad y la perspectiva. Labor que muy bien podría haber sido desatendida cuando se domina como lo hace Carmona el dinamismo facial de sus criaturas, cuyos ojos y bocas son recreo de caricatura igualado apenas por la exageración de las acciones corporales dentro de los cuadros de lucha, que pueden llegar a recordar las líneas de Preston Blair; siendo además en algunos momentos más cercanos al tipo de peleas características de una historieta de tipo realista como Blacksad que a lo que uno espera de una serie inconfundiblemente humorística.
Algo parecido podría decirse de las páginas a viñeta completa utilizadas para definir a algún personaje o como un modo de vigorizar un instante de la trama ya sin los desvíos de una pura parodia. Y, en fin, no es La oveja samurái un forzado absurdo de los tópicos de las historias de ronins japoneses ya que tampoco lleva a sus espaldas ni resulta del reverso cómico de ningún otro personaje concreto. La inadecuación entre los hechos levantados ojo en mano para el lectoespectador y las cartelas que refieren el pensamiento del mono para todo, alcahuete narrador de la leyenda de la oveja samurái, no abarata la actividad heroica aunque cómica del personaje creado por guionista y dibujante de forma que se origine una doble lectura. No existe imitación o degradación de un personaje, género, modelo narrativo o temática, y sí mucha diversión. Demasiada...



... demasiada diversión, voté por este tebeo para los premios del último Expocómic y no conseguí nada.
Estoy por cubrir una quiniela o comprar un cubo de cupones de cieguitos de la LOMCE, porque no he logrado todavía votar por obra o autor capaces de llevarse un premio.
Y, aunque dé risa, pues para eso está el invento, yo a La oveja samurái la elegiría hasta para llevarse el Premio nacional del cOmic: fracasando fracasaremos, es el lema de esta casa.

sábado, 19 de marzo de 2016

Un ejemplo del animal-dibujante brasiliensis Flavio Colin

UM ÚLTIMO CAUSO

Vou encerrar este singelo depoimento contando mais uma pequena história.
Quando fui morar em Curitiba pela segunda vez, aluguei uma pequena casa de madeira. Certa noite, estaba desenhando —uma HQ, claro—  e pasando nanquim com uma peninha, como sempre faço antes de dar o acabamento com o pincel. Minha esposa já se recolhera, pois fazia frio. A casa estava em silêncio. Tenho, ao lado da prancheta, um grande gaveteiro, onde guardo material, papéis, correspondência, revistas etc. Súbito, ouvi um ruido, leve e insistente, de papel rasgado. Suspendi a caneta e agucei o ouvido. Silêncio. Continuei a passar a peninha, e o ruído recomeçou. Parou. Recomecei. Recomençou. Pensei: "É camundongo". Terminei a página e fui dormir.
No dia seguinte, abri as gavetas e procurei os vestígios do "banquete". Numa delas encontrei grande quantidade de papel picado. As "sobras". Remexendo nas revistas, verifiquei que o camundongo roera, quase até o fim, deixando só a lombada, um número de As Aventuras do Anjo —exatamente O Lenhador Maldito.
Não coloquei veneno, nem armei ratoeira.
 

Aquele camundongo safado tinha paladar...

Ruidoso y oculto orgullo el de Flavio Colin por el oficio noctívago de historietista al comparar su propia voluntad e inventiva con la avidez golosa del ratón y los  papeles desmenuzados de un viejo tebeo. Imagen ante la que cualquier lector —lo sea o no de historietas— se siente arrastrado a trapichear con la fotografía secreta y fantasiosa de alguna especie de sujeto poético así perdido en la noche. Incluso un aficionado brasileño, pues Brasil como mercado historietístico no parece dado a grandes rescates actualmente. Ni siquiera al amparo de reivindicaciones artísticas.
Por eso debe celebrarse que una voluntad y una inspiración tan semejantes a las del propio Flavio Colin acertasen a publicar un tebeo como Caraíba (Desiderata, 2007) en el que realidad y entretenimiento se combinan con un original dominio del dibujo de historietas. Ya las cubiertas diseñadas por Odyr Berardi a partir de ilustraciones tomadas de la obra misma valen más que cualquier reseña o comentario: 



A ese excelente diseño viene a sumarse una rara y exquisita selección de textos escritos por el propio Colin, ya fallecido al publicarse el libro, siendo el primero de ellos una breve y somera introducción sobre el cáracter y las motivaciones del protagonista titulada: "Caraíba, de caçador a herói da floresta". El segundo texto,
titulado como "Colin por ele mesmo", constituye una sección excepcional por su amplitud y su carácter testimonial al dar cuenta el propio dibujante de sus inicios e influencias en el campo del dibujo y el medio de la historieta. A la par de revelarnos sus anhelos, frustraciones, amistades, esperanzas, y, también, sus opiniones acerca de la producción y la industria brasileñas. Notas que ni necesitan de la mediación de un divulgador o comentarista debido a la facilidad con que estas  convergen con la exposición de algunos episodios cruciales dentro de la historia de la historieta en Brasil, logrando que  el relato de Colin constituya un desafío para cualquier aficionado que lo sea ya no de la obra de Colin sino a la historieta en cualquier parte del mundo. Como colofón al libro el responsable del diseño y también historietista Odyr dedica un epílogo al arte del dibujante carioca, que titula "A pedra fundamental de Flavio Colin": un tesoro consistente en la impactante reproducción del lápiz de la primera página de historieta que abre Caraíba, más una comparativa con otra versión de esa misma página y su traslación al formato de tira. Un complemento magistral a la lectura de esta obra y a la labor de los propios editores de este tebeo. 

Caraíba de Flavio Colin

Con un planteamiento argumental inclinado propiamente hacia la aventura determinada por preocupaciones ecologistas, Caraíba es una serie en la que se entremezclan la fascinación del dibujante por la naturaleza y el folclore brasileños. Una fascinación bien conocida mediante la que se proclama cierto sentimiento de propiedad que la naturaleza parece ejercer comunitariamente sobre el hombre a través de sus seres fantásticos, como el Curupira o la Iara,  que mediante el humor antes que por mero dramatismo van a convertir al cazador profesional protagonista de la historia en un nuevo campeón de la floresta.
Lejos de tratarse de un leve e ilusionado ejercicio imaginativo, esta historieta entronca temáticamente con otras de las creaciones del dibujante, como O Curupira (Pixel) o Mapinguari (Opera Graphica), cuyo horizonte se encontraría en la intersección entre el mundo de sus posibles lectores y las visiones mitológicas que, en clave casi divulgativa y favoreciendo una colaboración entre lector y autor, Colin recoge del folclore y los cuentos tradicionales para combatir la pasividad de un público desdeñoso. O, cuando menos, de un mercado nacional indiferente por entonces a temas o asuntos brasileños. Pese a tratarse de una serie de la que llegaron a proyectarse al menos cuatro álbumes de 48 páginas, Caraíba quedó como tal inconclusa tras la entrega de los originales de dos de ellos a un editor belga. Un tal Piet de Lombaerd que contrató Caraíba para su publicación en Europa sin que realmente fuese lanzada al mercado; para colmo, apenas le fueron devueltas al autor las páginas originales correspondientes al primer álbum. Por lo que el material reunido para esta edición —su primera y única hasta que a algún francés le entre morriña y decida publicarla allí— lo componen dos historias de cuarenta y ocho páginas y una de diez. Todas conclusivas, es decir, con principio y fin, marcadas por el periplo aventurero de un único protagonista junto a sus coadyuvantes y la recurrencia de algunos pocos personajes secundarios dentro del escenario único, diferente y fantástico de la amazonía brasileña. Un escenario que también se satisface en presentar a ese otro paisaje completamente humano integrado por una diversidad de gentes y sus actividades cotidianas.
En la primera de las historias se narra el encuentro de Caraíba con el Curupira, geniecillo burlón y menudo que merodea por los bosques mirando por sus criaturas, y no siendo más que una presentación del protagonista no dejará menos impresionado al lector que las dos siguientes. No por la trama, que buenamente pueda resumirse en la conversión de un cazador de fieras profesional implicado en la trata de animales exóticos en un héroe ecológico, sino por las composiciones planas de Colin en las que el perfil de las distintas especies animales llegan a un nivel tal de simplicidad pero a la vez resultan tan ornamentales como justificadas por tratarse de imágenes fundadoras de un entorno real. Un entorno sobre el cual sin embargo se hace imposible imaginar una base fotográfica por la potencia estos dibujos, casi siluetas.
Y eso sabiendo que el dibujante mismo llevaba a orgullo su celo por la documentación, y el haber coleccionado revistas cinegéticas y todo cuanto libro sobre fauna se cruzara en su camino. Aquí va una viñeta a página llena en la que muy bien se podría haber optado por la figura del jaguar para centrar el enfoque de la misma composición, sin embargo el brasileño estaba hecho de otra pasta:



Contra lo que se pueda creer tampoco se trata de la típica página de apertura o cierre de un episodio. — ¡Ni de un grabado!— Estas son todavía más maravillosas y sirven antes que nada para introducirnos en la escena. Apareciendo siempre ligadas a un mismo espacio, el río, a partir del que tan apropiadamente se encauza el relato entre unas historias y otras. De manera que se vuelva innecesaria una perspectiva omnisciente. O el uso de cartelas con carnosas y desmedidas descripciones mucho mejor sustituidas por una frase de carácter espacial y temporal, por más que casi indefinible, muy a tono con una aventura en la selva. Son estas cartelas las que dotan de prominencia a toda primera viñeta por esas páginas de presentación a partir del sencillo dicho: "Floresta amazónica...". La selva toda cuya exuberancia rodea a Caraíba mientras se aproxima a aquel paraje en el que va a aprovechar para desembarcar cumpliendo con alguna de sus tareas, o misiones, sobre las que Colin da cuenta en cada primera viñeta al destacar un elemento emblemático dentro de la trama y argumento para cada historia. Tal como el acto predatorio y la caza lo son en la primera parte del libro centrada en la conversión del protagonista, y en cuya página inicial se nos muestra a un yacaré que atrapa a una garza que a su vez estaba a punto de engullir a un pez que intentaba tragarse a un insecto. Escena que volverá a repetirse en la última parte mediante la enconada lucha entre un tapir, un jaguar y una anaconda, mientras que en la aventura intermedia serán los troncos de unos árboles los que marcan la deforestación como el motivo en torno al cual se centrará la historia. En verdad tal vez puedan considerarse cuentos dentro de cuentos mismos.
Es a partir de esas tres viñetas de cada primera página, la superior, de mayores dimensiones, junto a las dos inferiores con las que se reduce el enfoque  para invariablemente otorgar continuidad a la escena por las dos siguientes páginas o más, que Colin construye el escenario en el que se va a desarrollar una serie completa de acciones que podrían caracterizarse como costumbristas en tanto que tratan de reproducir gestos y movimientos coreográficos de un cazador. O de alguno de los otros muchos pobladores de la Amazonía que el historietista retrata en Caraíba. Siempre eludiendo los típicos bloques-duración, ya que el escenario se prolonga por varias páginas sin que por ello la acción se demore, o, como actualmente se ha vuelto demasiado corriente, la narración se estanque al acopiar dosis mínimas de información viñeta tras viñeta con las que evitarse abordar un más complejo empleo de la elipsis, y ello merced a un dibujo caricatural, recargado, y eminentemente descriptivo como el del dibujante brasileño. Mediante el que Colin consigue acelerar detalles de la expresión corporal y gestual de los personajes, por ejemplo, al ocultar por toda una viñeta junto a una enorme onomatopeya la mayor parte del rostro de Caraíba (justo el lado izquierdo) mediante la nube producida a un disparo de su fusil. Si bien esta habilidad del historietista resulta patente ya en el dibujo estilizado de una vegetación selvática que reconocemos vigorosa y abundante. Un elemento que, por lo demás, Colin se esfuerza en diferenciar a lo largo del relato al sustituir algunas figuras por otros nuevos patrones de piezas vegetales asimismo representativas de otros nuevos territorios dentro de la Amazonia.




 

Otro ejemplo muy curioso, aunque no haya acertado esta vez a robar un escaneo con que poder ilustrarlo, le recordaría a más de un lector español cierta obra de Miguel Calatayud (el Peter Petrake nada menos) por como se constituye cierta cohesión lograda en páginas de viñeta única entre las onomatopeyas y algunos de los diseños empleados por Colin para indicar un impacto psicológico o una conmoción física.
Ese espacio biosférico de la caricatura como soporte del dibujo es al tiempo base para la narración y proveedor a su vez de un relato que Colin abona humorísticamente contra la ignorancia y la rapacería que están tras la degradación del medio natural. No son pues el extranjero traficante de pieles Ted Smuggler, las fuentes industriales de contaminación, o los turistas, los únicos personajes y situaciones satirizados a los que se responsabiliza por la destrucción de la naturaleza, sino también a los propios pobladores y las relaciones que estos establecen con la vida vegetal y animal; a ejemplo de la denuncia del tipo de caza irresponsable que llevan a cabo los antiguos compañeros de Caraíba. Pues el hombre se manifiesta en la historia una y otra vez siendo el elemento de variación fundamental de la naturaleza, una en la que no necesariamente sea imposible mejorar las condiciones de vida de sus pobladores. Como cómicamente se ejemplifica en el emporio chamanístico organizado en torno a la figura del pajé degustador de soufle´au grand manier y entendido en habanos que rehabilitará los vínculos de Caraíba con el folclore nacional. Pues como dice el propio autor:
 

"A idéia é denunciar a devastação da Amazônia, mas sem pretensões eruditas e didáticas. Não sou antropólogo, naturalista, zoólogo ou botânico. Quero protestar satirizando, mas me baseando em pessoas e fatos reais, para dar certa autenticidade ao trabalho."
 

Cuan igualmente importantes parecen las propias relaciones de los individuos con sus semejantes que Colin retrata de la manera que ya hiciera en su famosa serie Vizunga (tira publicada en la Folha de São Paulo entre 1962 y 1964 protagonizada también por un cazador), mostrando a veces aspectos escenográficos que son focalizados a partir de los fundamentos de una obra casi documental. En la que el autor registrara los pasos de una cacería de manatíes o la matanza masiva de yacarés. Tan costumbristas como puedan serlo los amoríos del héroe, que tanto recuerdan a algunas de las mejores páginas de Estórias Gerais (titulado Tierra de historias para su edición española), y que no por transmitir una ternura inmediata abandonan el registro caricatural característico del dibujante Flavio Colin. Aspecto no menor, pues los habitantes de la Amazonia que Colin nos muestra son tan diversos como puedan serlo los distintos grupos étnicos y las clases sociales que constituyen Brasil.



 
Ya en la representación del folclore brasileño, para quienes gustan de desentrañar las relaciones entre medios de comunicación y folclore, Flavio Colin se las ingenió para pergeñar episodios alegóricos en los que en gran medida se eluden los contenidos inefables, o más surreales, en favor de la simple y eficaz aventura mediante el cruzamiento de problemas medioambientales y sociales con aquellos otros bien conocidos cuentos recopilados por Alberto da Costa e Silva sobre los que Caraíba arma su relato. Se trata de hecho de una imagen en cierta manera debilitada de el Curupira y la Iara, lo que posibilita que la obra sea abordada por lectores de cualquier edad, si bien no dejan de concurrir en ella grandes monstruos menos particulares como el ararua y la boiúna todavía con un visual en cierto grado terrorífico. Muestra de que la hierofanía y el intercambio entre la vida y la muerte no dejan de ser abordados de forma bien directa en esta serie...

 

 























... si bien el humor tamice los componentes macabros de la intermediación de estos seres fantásticos que acercan al hombre a su medio para restituirlo nuevamente en la naturaleza. Asegurando gracias a esta mezcla de tradiciones populares y preocupación medioambiental también su supervivencia y su evolución. Aunque sea armando a un ejército de monos contra la deforestación. (¡Y qué secuencia esa!)
Un despliegue que en el campo de la imaginación tuvo en Flavio Colin a un maestro realmente primoroso. Aquí en Caraíba desarrolló algunos diseños de personajes que deberían considerarse dignos de ser perpetuados en una mutlitud de copias. No en vano el mismo Curupira llegaría a protagonizar su propia serie de historieta.



ATENCIÓN AMIGOS COLECCIONISTAS:

Me gustaría haber podido rematar la cutrereseña con una nota optimista asegurándoos que este tebeo se publicará algún día en España. (Imaginad aquí vuestro efecto sonoro de decepción favorito.)
De verdad que me gustaría, pero mi puer aeternus no gasta pantalones... tampoco es que ni él ni yo tengamos mano en el chanchullo de la edición. De hecho se dice del chaval que nació con un muñón donde debía haber crecido la mano izquierda que señala los pasillos hacia el retrete editorial.

Y dicen además que de recién parido salió birollo y todo él verde; como yo nunca le miro a los ojos no sabría decir si es verdad. Apenas se sabe de él que es rubio natural por los pelos rizados que sacan del desagüe de la ducha todas las mañanas de los sábados. Que ni opositando para sietemesino. Ya os digo, el pobre no nos va a poder ayudar a cambiar la olleta caldosa de modernez perpetua y libros de engorde en que se cocina nuestro diversificadísimo mercado español para la cosa esta del tebeo y el color todo de la historieta. 
Aún así, y gracias a la garantía de todo este desplome cultural, os hemos preparado una coñofundación de esas que vienen llenas de recompensas (legañas, espumarajos, y muchísima lencería agujereada en segunda mano por el puer aeternus de la leche): www.caraiba.verkamelo.es
 

Que la ira sea con vosotros mientras tanto.

domingo, 27 de diciembre de 2015

Consuelos de a dos euros para coleccionistas chiquitos

Labrarse un futuro como coleccionista no sólo está al alcance de Agapito Cientos de Flanes y sus gentes:

Si hoy (¡ahora!) no puedes permitirte la planchágina de Tintín que todo empleado de ultrabanca  busca lucir en el techo de su dormitorio, o algún otro desastre original producido a la mando de tu dibujante favorito, al menos deberías de ser capaz de conformarte buscando esas primeras obras que seguro provocarán el rebuzno interior de deseo entre tus vecinos y amigos de blog cuando escanees las bisoñas artes del ya maestro ..........; rellena la línea de puntos y lánzate a la rebusca por los templillos de la segunda mano. Mira que el tipo haya alcanzado lo más alto que en esta profesión de vagos y guionistas pueda llegar un dibujante, por este orden: yate de cinco cubiertas, baño de invitados con pista de padel incorporada, y cuentas ocultas en Suiza, Latveria y Cantimpalo de Wisconsín (el barrio chino en Gibraltar sur). Además, naturalemente, de ese pasaje familiar pre-apocalipsis hacia la cara vuelta de la luna que las ONUs Unidas expiden en secretos solo a las más distinguidas personalidades del mundo libre.
Y, por fin, asómate y pregunta en Chollocolección a cuánto va el peso de papel fino bien amarillento. Sueño o pesadilla, todo depende de ti.
Busca entre las ofertas más desquiciantes aquellas que mejor se adapten a tu bolsillo. Pregunta a tus mayores por aquellas colecciones más selectas, pero, sobre todo, intenta que no te cobren demasiado por esta información. Procura si puedes enterarte dónde hicieron lapices por vez primera tus artistas favoritos, por si acaso, no olvides prepararte para lo peor. Ya sabes, el magro de tebeo anda por las nubes.
De hecho, si puedes pagar de aquel magro volador es muy probable que  seas uno de esos señores mayores que han cogido el gusto a broncearse bajo filminas de Tintín y las chirimoyas azules. O un agente de bolsa desinvirtiendo fondos de pensiones japoneses en bocetos carísimos jamás vistos en publicación alguna. Como ocurre con el ya famoso 'Tintin va solo al baño de la estación de autobuses' que subastaron en las mazmorras de Christo's hace un rato. Aun así no te hagas cruces, tal vez podamos hacer algo de tu colección si nos alejamos de los Blasco, Ibáñez, de la Fuente y compañía, a los que todos admiran y persiguen. De todos modos no eran unos autores muy hipters, y nuestro objetivo prioritario (muchísimo más asequible) son los Boyz n the Hood de Toutain.

¿Quiénes o qué eran los mozos del ghetto de Toutain?


Algunos de los hijos que lo fueron de la calle de los años ochenta, cuando no existía más red social que las colas en los cines y los urinarios de las discos, sobrevivieron al catacroc del cOmic por pura juventud mientras penaban quioscos por ver de colar unos dibujos en las revistas de historietas donde publicaban los famosos de entonces. Que también había otras así como de provincias, y hasta institucionales,  muy raras e interesantes para un coleccionista poco amante de su alma. Pero son sin duda las de Toutain las publicaciones que más fácilmente colmarán el vacío espiritual de esos aficionados menos agraciados —monetariamente hablando, se entiende; ya que  por pura estadística todo el que lee tebeos es guapamente guapo— que anhelan entrar en la orden de los espigadores o raqueiros de historietas abusadas. Coleccionistas de a poquito que sueñan con tener una cole completa de Zona 84, por ejemplo, a menos de cuatro euros pueden chulearse de atesorar en su colección una historietita primigenia cthutulhiana que quizás haría enrojecer al artista de hoy. Para ello ni es preciso agitar montoneras de arrope comiquero ni pincharse con grapas oxidadas, o mancharse los ojos con las también tetánicas portadas de Totem el Comix, sino que basta una patada para agostar cualquier pila o arsenal de revistillas y ver asomar de entre el montón alguna de las muchas entregas  de los míticos concursos que promocionaban las cabeceras del emporio Toutain.
Cuentan estos tebeos con una gran ventaja sobre las batidas de fanzines, donde también suele el aficionado andar a la rebusca de la firma de un artista-pichón, pues el índice o sumario de contenidos nos ahorrará esfuerzos tremebundos a la hora de distinguir la línea, o el llamado estilo, del maestro tiempo antes de su detonación profesional. Pues ni todas las publicaciones comerciales de entonces contaban con un sumario en el que poder encontrar el nombre de los autores de cada una de las historias que pudieran contener en su interior. Por lo demás, estos excesos del BOOM aquel, cuando a nivel empresarial ya no existía ni asomo de ningún bombazo historietístico, tampoco dejan de ser tebeos con los que pasar una buena tarde comprobando los intereses que casi como una moda arrastraban los dibujantes aficionados. Moda que, por descontado, también arrastraban los lectores de aquella época todavía un poco imprecisa de los años ochenta del cascado siglo del tecnocuplé. No es tan complicado.
"¡Ánimo muchachos, escoged bien a vuestra víctima y daros al coleccionismo de las españoladas de Toutain!"

P.D.

Si es por mí podéis tiraros a vendimiar uno de los tebeos volteables Totem el Comix Especial concurso/Zona 84 Especial concurso. Quizás la cosecha 1989, con todo un señor Jesús Merino adaptando a George R.R. Martin. Abel Ippólito, Fran Bueno, Manuel Mota, José Gimeno, o un Munuerix de lo más espeluznante:
 











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Puede que estos consejos no sean tan divertidos como la "Guía Puto Roger Corman para la producción masiva y barata de tebeos de todo género" [1], pero bastarán para hacerse con una virola sobre la que apoyar vuestra colección y pinchar a otros aficionados y colegas coleccionistas. Sin duda, ahora que los tebeos son cada vez más anchos y caros, con tiradas tan irritantemente minúsculas que vuelven imposible planes de ahorro a dos o tres años vista para su adquisición, merece también la pena consolarse con solo dos euros.
¡Ay, qué tristeza de crisis coleccionista!

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[1] Oficio dibujante (Astiberri Ediciones, 2012), José Luis Munuera. —No es un tebeo, pero trata el tema al pelo.