lunes, 18 de abril de 2016

Esquila de un tebeo




Tengo en mis manos una nueva historieta de humor gestada a la mesta de Ominiky Ediciones y sus mayorales. Casa editora española donde llevan pastoreados hasta cuatro títulos a la raya de lo humorístico realizados por autores españoles (en primera hornada de edición) sobre nuevos personajes que gozan ya de continuidad. O al menos de planes para que así sea.
Como el tebeo de esta serie, La oveja samurái, cuya segunda entrega rumían lentamente sus autores mientras el editor, aunque seguramente también otros a través de las cañadas fasteboorricas y ese feo muladar que es el buittrer, se piensa si esquilarlos o esperar a que guionista y dibujante hagan sonar sus cencerros señalando la hora en la que entrarán al descansadero y, por fin, el mandamás de la casa editora pueda acabar de hacer los quesos y sacarse del chozo un nuevo tebeo con denominación de origen comiquera. Un ISBN, depósito legal, y, por desgracia, un precio a pagar por los sufrientes lectores de la cosa. Lectores cuando menos exquisitos en sus gustos, pues, si del cerdo del manga y los superhéroes dicen que se aprovecha todo, de los creadores de la oveja samurái se comería uno hasta sus fosforencias.
Y no diré que también el pelo y las carnes porque incluso aquí en la interné abisal podría haber maduros rezajos de los que confunden el arte, o el desastre, para algunos, de la historieta con el mojón de la novela gráfica. O todos los otros hitos gastronómicos que han ido caminando España desde antaño hasta hoy a través de las vías pecuarias de eso que quisieron llamar cOmic, literatura dibujada, o literatura gráfica (a secas).

Reseña como puedas 2 1/2

"Los cabritos a la izquierda, por favor." (Mateo 25:31-33)

Tal vez Santiago Girón y Fran Carmona buscasen un personaje original cuando dieron con una oveja, por descuido, que quién sabe si realmente no la atropellarían para luego inmortalizarla de esta manera. Sintiéndose así casi obligados a desechar las noventa y nueve ideas geniales más comunes que abarrotan el mercado español de parodias. Pero, en serio, ¿una oveja y no un galápago?
El galápago samurái... Me suena a que eso ya estaba registrado por alguna clase de patente americana de muy larga y ancha tradición.
Y menos mal, porque la res ovina es el más claro ejemplo de lo que eran los antiguos samuráis japoneses. En concreto, los ronin, esas ovejas sin pastor protagonistas de leyendas y todo tipo de opúsculos sobre la ética, la filosofía, y el destripe o degüello por la espalda. Guerreros descarriados de mirada inescrutable y paciencia infinita, sin nombre, comunmente, al igual que el protagonista de esta historia. —La reseña tiene un cierto sesgo cristiano (habemus caspa), soy consciente de ello.
Evidentemente, así como estamos de mediatizados por este ambiente de normalización, mundillo y esperanto, en cuanto nos ponen delante a un bicho armado con un algo afilado creemos que todo el monte es de Usagi Yojimbo. Que afortunadamente no es este el caso:


¿¡Usagi Yojimbo!? La de miopes que trabajamos en esto de pagar por leer tebeos.

Las heroicidades de la oveja samurái son la calderilla de la comicidad que salta a cada chispazo de un choque de katanas contra mazorcas. Poco tienen que ver estos fulgores del humor con los intereses histórico-idiográficos con que se ha distinguido la obra de Stan Sakai, una historieta de temática aventurera, además. Otro tanto el dibujo de personajes zooantropomorfos, no constreñido en aquello que es más importante para la creación de Girón & Carmona, el humor y todos sus achaques, por la ortodoxia de lo épico. Como se hace evidente en la ilustración de portada que aquí he querido mostrar (aunque en color, a diferencia de las cubiertas del libro) a modo de ejemplo de cómo la oveja samurái sintetiza caricaturizándolo el valor y la serenidad que todos esperamos de un guerrero japonés. Con el añadido de la desviación paródica que asimila ese aplomo propio de los samuráis a la impasibilidad de las ovejas.
Así como de sencillo es el invento, también la historia de un héroe cómico que tropieza lo justo para no fracasar. En cuyo desarrollo sus autores se sirven de las más variadas tretas para encumbrar al protagonista, asentando por ejemplo su tragedia personal por las dos primeras páginas de historieta en su infancia. ¿Y cómo?
Mediante una lluvía de palomitas de maíz.
Ya sé que no suena a tragedia, pero realmente el drama es muy gordo. Digamos que las palomitas (¿sin sal?) hacen las veces de hojas del cerezo. Como la humedad y un cabello encrespado, los ojos hinchados y las fiebres primaverales, la narración discurrirá linealmente aunque con algún salto al pasado al intercalar escenas completas dentro del flujo narrativo principal que se van a acabar de anudar o de enredar en una reiteración muy heroica de la batalla mano a mano entre el héroe dentón y su cabrón antagonista.
Esa historia, claro que sí, es la leyenda de un maestro de la espada contada por el que fue el mejor de sus discípulos. O de un último mono tan papanatas como para seguir a esta oveja en su descarriada senda; en cualquier caso, el personaje bien vale la pena. Del contraste entre uno y otro surgirán las más descacharrantes situaciones.




Bien se ve en estas muestras que aquí no se libra ni el narrador.
Ahí está la gracia, la mirada como de un melón del chaval y su visión algo más que candorosa envuelven este cotarro de animalescos personajes reunidos en torno al restaurante El mono feliz. Local no muy lucrativo al que el malo del lugar sin embargo tiene echado el ojo.
Aun siendo su propietaria una tan joven y atractiva leoparda por mucho que se llame... bueno, qué importa eso ahora, el caso es que el aquí mono para todo la recuerda a ella y a toda la plantilla del restaurante. Desde su cocinero, un sapillo en el que se juntan el hipo con las ganas de filosofar sobre arte amatorio mientras limpia y prepara pescado, por ejemplo, al camarero topo, tan diligente, tan servicial como ciego e inútil para cualquir tipo de servicio. Además de un guardian más zorro a la hora del escaqueo que en la guarda del propio establecimiento. Las tres trillizas y la misma leoparda, que más que un objetivo romántico se aparece como un grito. Y un grito además capaz de tirar a cualquiera de espaldas.
Quizás por eso sea la única que se resiste al cacique del lugar. Que aunque no sea más que el típico perrillo orejón con muy mala leche aparece caracterizado mediante una asimetría más retorcida que el elefante de aquel famoso poema de William Beeeakeee:

"Elefante-fante, que enciendes tu trompa
por los faroles de la noche,
¿qué palo mortal, quién coño
te pudo cocear así en tu horripilante vesania?"





















Sus esbirros caen por millares gracias al lápiz de Fran Carmona: caballos, cocodrilos, o perros de la raza que sea. Mientras la intriga de forma más o menos previsible avanza encajando el lector estancamientos del relato a la caída de cada nueva galleta repartida por la oveja, y entre la duda de si se cumplirán o no las expectativas de lo que se espera de un héroe, por más animal o chistoso que sea, los escenarios se multiplican dando forma a un soporte visual del lugarejo en que se desarrolla la historia mediante un importante trabajo de representación de la profundidad y la perspectiva. Labor que muy bien podría haber sido desatendida cuando se domina como lo hace Carmona el dinamismo facial de sus criaturas, cuyos ojos y bocas son recreo de caricatura igualado apenas por la exageración de las acciones corporales dentro de los cuadros de lucha, que pueden llegar a recordar las líneas de Preston Blair; siendo además en algunos momentos más cercanos al tipo de peleas características de una historieta de tipo realista como Blacksad que a lo que uno espera de una serie inconfundiblemente humorística.
Algo parecido podría decirse de las páginas a viñeta completa utilizadas para definir a algún personaje o como un modo de vigorizar un instante de la trama ya sin los desvíos de una pura parodia. Y, en fin, no es La oveja samurái un forzado absurdo de los tópicos de las historias de ronins japoneses ya que tampoco lleva a sus espaldas ni resulta del reverso cómico de ningún otro personaje concreto. La inadecuación entre los hechos levantados ojo en mano para el lectoespectador y las cartelas que refieren el pensamiento del mono para todo, alcahuete narrador de la leyenda de la oveja samurái, no abarata la actividad heroica aunque cómica del personaje creado por guionista y dibujante de forma que se origine una doble lectura. No existe imitación o degradación de un personaje, género, modelo narrativo o temática, y sí mucha diversión. Demasiada...



... demasiada diversión, voté por este tebeo para los premios del último Expocómic y no conseguí nada.
Estoy por cubrir una quiniela o comprar un cubo de cupones de cieguitos de la LOMCE, porque no he logrado todavía votar por obra o autor capaces de llevarse un premio.
Y, aunque dé risa, pues para eso está el invento, yo a La oveja samurái la elegiría hasta para llevarse el Premio nacional del cOmic: fracasando fracasaremos, es el lema de esta casa.

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